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A casi dos décadas de aparición de internet en los hogares, es un hecho que las nuevas tecnologías han causado profundas mutaciones en la mayoría de ámbitos de la vida social. La educación, la política, la salud, el comercio y las relaciones humanas han experimentado cambios que, sin duda, son positivos. Sin embargo, estos también han traído ciertos desequilibrios o prácticas que no han sido recibidos con tanto optimismo.

Ejemplo y personificación de este cambio de perspectiva es Sherry Turkle, profesora de psicología del MIT, quien en 1995 publicó Life on screen (“La vida en la pantalla”). En su libro analizaba desde su especialidad las primeras experiencias de vida en línea, aunque en ellas no supo ver unos peligros que este año plasmó en el libro Alone together. Why we expect more from technology and less from each other (“Solos y juntos. Por qué esperamos más de la tecnología y menos de los demás”).

Esta obra se une a una creciente tendencia crítica respecto de la vida digital, que se ha agudizado en los últimos años con el boom de las redes sociales.
Estas redes sociales, en la medida en que forman parte de la cotidianeidad, modifican profundamente la vida y las relaciones de quienes las utilizan. Los datos son arrolladores: una de cada 13 personas en el mundo es usuario diario de Facebook. De entre los usuarios de 18 a 34 años, casi la mitad entra a la red social de Mark Zuckerberg minutos después de despertarse y el 28% lo hace antes de irse a dormir.


(Lea la nota completa en Cromo, el portal de ciencia y tecnología de El Observador.)
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