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A diferencia de lo que siempre se ha dicho y enseñado, en La Redota, esa inigualable hazaña conocida también como el Éxodo del Pueblo Oriental –tal como la nombró el historiador Clemente Fregeiro–, no todos eran orientales. Entre las más de 10.500 almas que marcharon junto a Artigas al Ayuí había una gran cantidad de criollos, indios, mulatos, zambos, pardos, negros libres y esclavos, pero también un número muy importante de argentinos –provenientes de Buenos Aires, Corrientes, Córdoba y Santa Fe–, paraguayos, brasileños, españoles y portugueses. Es más, según una investigación histórico-genealógica llevada adelante por Enrique Yarza y Omar Doglio, en aquella marcha que forjó primero una identidad colectiva y luego un perfil nacional, viajaba también un francés, Roberto Chantrillon –casado con Juana Micaela Herrera, una criolla de Guadalupe– y hasta la viuda y los hijos de Jacinto Torres, un puertorriqueño.

“Yo siempre estuve convencido que fueron todos orientales los que caminaron tras Artigas, pero ahora, analizando genealógicamente la lista o censo que el propio Artigas mandó a hacer en diciembre de 1811, estando ya en el Ayuí, me doy cuenta que aquello fue un crisol de razas y que no solo se trataba de gente humilde, que era la mayoría, proveniente de la masa rural, sino que también habían muchos hacendados ricos, como es el caso de las familias de Felipe Flores, Pablo Rivera e incluso la familia de Manuel Godoy y María Salazar, pobladores de Capilla Nueva, quienes llevaron consigo nada menos que tres carruajes y 18 esclavos, de los cuales diez son varones y el resto negras”, señaló a El Observador Yarza, abogado, licenciado en Historia y vinculado desde hace más de 20 años a la genealogía.

Según Yarza, este padrón de las familias constituye un excelente documento en el que se da cuenta de quiénes eran los cabeza de familia (padre y madre) con sus nombres y apellidos, la cantidad de carruajes en que viajaban y cuántos hijos mayores y menores los acompañaban, así como también el número de hijas mujeres, aunque sin especificar como en los varones si eran mayores o menores de edad. A su vez, en el padrón se registró el número de esclavos que tenía cada familia.

Entre las rarezas que Yarza encontró al analizar el censo de 1811 descubrió un curioso caso de homonimia (dos o más personas que llevan un mismo nombre), el de Blas Basualdo, que según el investigador no es el capitán de milicias que operó bajo las órdenes de Artigas acompañándolo en la retirada al Ayuí en calidad de jefe divisionario.

“El Blas Basualdo de la lista no es el héroe histórico al que Artigas llamaba Don Blas, era otro, un hombre natural de San Isidro, vecino de Canelones. Su homónimo el prócer nació en Santiago del Estero, era vecino de Tacuarembó y tuvo una notable actuación en el litoral argentino, falleciendo en Entre Ríos en 1815”, remarcó Yarza, haciendo hincapié en lo insustituible que es la genealogía en estos casos.

Por eso, haberse embarcado en este trabajo significa para Yarza algo muy importante, primero porque puede analizarse las particularidades étnicas y sociales que exhibía la sociedad de la época –y en particular la de la gente que acompañó a Artigas–, y segundo porque la genealogía permite enseñar la historia de otra manera.

“La genealogía trabaja con la gente común, analiza familias, pueblos. En este sentido, entendemos que la historia no la hacen solo los grandes personajes, la hace todo un pueblo. Artigas solo no hubiera hecho nada. Para esto la genealogía es muy útil, porque además permite que un niño o un adolescente no vea el Éxodo como un hecho ajeno y que lo trasciende, porque en esos nombres anónimos puede reconocer el de un antepasado”, sostuvo Yarza.
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