Poema a la madre perdida
En Mia Madre, Nanni Moretti explora la enfermedad de la progenitora uniendo el dolor de lo inminente con lo absurdo del cine
Fuera de los muros de aquel Vaticano apócrifo que Moretti había ideado, su madre, Agata Apicella, fallecía. Superado Habemus Papam, Moretti lidió con la pérdida en su usual manera cinematográfica: ubicándose delante y detrás de la cámara. Hizo lo que ya había hecho con títulos anteriores, que hablaban tanto de él como de todos los demás.
Las imágenes eran recortadas y empastadas, una atrás de la otra. En la sala de montaje, el actor Michel Piccoli se removía en su asiento, cubría su cara y ahogaba sus gritos entre las palmas, haciendo suya la angustia de un cardenal que se negaba a convertirse en Papa. Ya en una de las últimas fases de su duodécima película, Habemus Papam (2013), un golpe de realidad arrancó al director italiano Nanni Moretti de la ficción.Sin embargo, en el resultado final, Mia Madre, el cineasta es otro. Relegándose un rol secundario, Moretti lega el protagonismo a Margherita (Margherita Buy), una directora de cine con afinidad por las problemáticas sociales que debe enfrentarse al paulatino decaimiento de su madre, Ada (Giulia Lazzarini).
El padecimiento, empero, no subsiste en soledad, sino que Margherita, recientemente separada de su pareja, también lidia con una hija adolescente y con un proyecto cinematográfico sobre huelgas laborales que ya no la motiva.
"Debes pararte al lado del personaje", repite a sus actores ad infinitum, sin que ella misma sepa qué quiere decir con la directiva, como si Moretti se mofara de su propia profesión desde la silla de director.
Al estancamiento artístico que padece Margherite en su filme Noi siamo qui pronto se suma otra problemática: el actor italo-estadounidense Barry Huggins (John Turturro), desbordante de histrionismo, con un pésimo acento e incapaz de recordar sus líneas.
El equilibrio buscado
Mientras que el dramatismo proviene del padecimiento de Ada y las reacciones de Margherita y su hermano Giovanni (Moretti), Huggins marca el contraste. Dentro y fuera del set ficticio, Huggins despliega una personalidad avasallante que lleva de la sonrisa a la carcajada.
Sin embargo, ese maridaje entre lo personal y lo profesional no logra sostenerse solo a través de diestras actuaciones y un montaje equilibrado. La conjunción, en cambio, le resta homogeneidad a Mia Madre, y diluye un peso emotivo que la inclinaría, naturalmente, a un drama puro.
A mitad de camino de ese género y la comedia, la angustia ante la inevitable pérdida de la madre se intercala con instantes que desentonan levemente, escenas jocosas y ridículas que buscan mostrar al cine como una evasión de la realidad.
Sin Turturro, Mia Madre sería una exploración del duelo de profundidad similar a una de las mejores piezas de Moretti, La habitación del hijo (2001), en la que el dolor un padre de familia que pierde a su hijo es tan inesperado como punzante.
Aquí, la desazón no solo está matizada por el humor, sino que es distinta, progresiva, plagada de flashbacks y escenas oníricas que confunden, hacen dudar de la realidad, como si el mundo entero se derrumbara junto a la madre.
No obstante, en el delicado balance entre tragedia y comedia, realidad y quimera, Buy no flaquea. En su rostro se plasma la distancia insondable e irremediable con la madre, el vacío de la rutina artística y, sobre todo, el desconcierto de que ser un adulto no supone ninguna certeza.
Lazzarini, en tanto, logra encarnar la desazón de la vulnerabilidad con solo fruncir el ceño. Por momentos no entiende lo que sucede o no atina a las palabras que necesita, y es ahí cuando la exprofesora de latín verdaderamente siente el puño de su enfermedad.
Por su parte, el personaje de Moretti se dedica al cuidado de Ada, sin preocuparse por abandonar una profesión que tampoco le apasiona. Así, cumple con entrega el rol que, de forma estereotípica, correspondería a su hermana, brindando sensibilidad y abnegación de una manera medida.
Aunque la actuación deTurturro se destaca, desmesurada, su personaje por momentos parece accesorio, mero contrapunto cómico. Solo entre la familia, la complejidad hubiese sido otra, menos centrada en una trama de entretejidos y más al servicio del diálogo natural, de las actuaciones honestas. Sin embargo, al rodar los créditos, la oda a la madre sigue resonando en cada butaca. Sigue siendo universal.