ver más
En abril de 1997 viajamos a China con una importante delegación empresarial, que llegaba alentada por la corriente comercial que había ido expandiéndose, a partir de nuestro restablecimiento diplomático en febrero de 1988. Era una China muy distinta a la que había conocido en mis dos visitas anteriores. En Shanghái, la Nueva Área de Pudong, del otro del lado del río Huangpu, se había transformado en un Manhattan financiero, coronado con una torre de comunicaciones de 480 metros.

Dentro de ese marco de optimismo, el Presidente Jiang Zemin, viejo militar, perseguido en los tiempos de la Revolución Cultural, no ahorró expresiones de alegría y hasta terminó bailando un tango –a la china, por supuesto– con una secretaria de nuestra delegación, en la fiesta de despedida. Lo más importante, sin embargo, fue cuando en nuestra entrevista personal hizo alusión a Deng Xiaoping: "Qué hombre sabio, el camarada Deng, me llamó la atención todo lo que habló con usted en su visita oficial". Evidentemente, había leído las notas que registraron aquel encuentro y en la perspectiva del tiempo (habían pasado casi diez años), le admiraba su sabiduría. Había muerto en febrero de ese año, dejando una China en plena expansión. El propio Jian revelaba un gran agradecimiento por Deng, pues le había apoyado como Alcalde de Shanghái y luego lo había promovido a la Presidencia.

La entrevista a que aludía el Presidente Jiang Zemin había ocurrido en noviembre de 1988 y transcurrió en plena apertura económica. El Primer Ministro era Li Peng, el más joven del elenco gubernamental y representativo del sentimiento conservador de quienes aún seguían recelando de la explosión capitalista que se vivía. Insistía, sin embargo, en aclarar que la pausa sostenida por él en ese avance, si bien era necesaria, no significaba un cambio de rumbo. Nos explicó, con mucho énfasis, que la rápida expansión económica había producido un fenómeno para ellos totalmente inédito, la inflación, que les resultaba muy perturbador y obligaba a una actitud prudente. Por detrás de esas jerarquías, Deng seguía reteniendo el poder desde la poderosa Comisión Militar.

La entrevista con él, en una enorme y desangelada sala, clásica de la arquitectura comunista, duró una hora y media, fumando sin parar, con una salivadera adelante, que cada tanto usaba. Muy pequeño, vestido con el clásico atuendo "mao", aprovechó los tres minutos en que podía estar la prensa, para señalar que su entrevista era para conocernos y hacernos amigos, ya que las cosas de gobierno debían tratarse con Li Peng, Primer Ministro, y Zhao Ziyang, antiguo Primer Ministro y por entonces Secretario General del Partido. Las referencias de Deng tuvieron una particular repercusión en los diarios de Hong Kong, que le atribuían el carácter de un importante mensaje ratificatorio para los mencionados. (Todo gesto o palabra, en China siempre tiene algún significado a descifrar).

El Presidente Jiang Zemin, viejo militar, perseguido en los tiempos de la Revolución Cultural, no ahorró expresiones de alegría y hasta terminó bailando un tango –a la china, por supuesto– con una secretaria de nuestra delegación, en la fiesta de despedida.

No bien se retiraron fotógrafos y periodistas, comenzó él mismo la charla con un relato muy personal de la vida política de China. "Aquí ha ocurrido de todo", dijo. Recordó entonces la larga década de persecución que le impuso la Revolución Cultural ejecutada por la "banda de los 4" (encabezada por Jiang Qing, la viuda de Mao). Fue una hegemonía cruel que retornó el país al comunismo más primitivo, con persecuciones generalizadas sobre los viejos cuadros maoístas. A Deng le significó la pérdida de sus cargos y una larga década de trabajos forzados en una fábrica. "Tuve que ver cómo a un hijo lo tiraban por una ventana y lo dejaban inmóvil para toda su vida". Se felicitaba de que en los últimos diez años hubiera podido emprender este proceso de cambios. "Naturalmente, tenemos problemas, algunos nuevos, pero estamos en la buena dirección. Espero que en la década del 90 superemos el hambre y el nivel de subsistencia mínima en toda China y que entre el 2010 y el 2020 podemos ser un país de ingresos medios. Recién a partir de entonces se podrá comenzar a pensar en la compatibilidad del sistema de mercado con el socialismo. Por ahora no podemos afirmar que el sistema socialista sea mejor que el capitalista; recién luego de esas etapas podremos discutir esa cuestión".

Ante ese relato de los horrores de la Revolución Cultural, le pregunté cómo era posible que mantuviera el gran retrato de Mao en la Plaza de Tiananmén. Fue muy claro: "Sus errores, en el final de su vida, ya muy viejo, no le quitan su condición de fundador del Partido y de nuestra China contemporánea. Él fue un gran chino y un gran socialista. Así deberemos recordarlo. Ahora bien... el culto a la personalidad, su imagen por todos lados, fue más una ofensa que un honor para el camarada Mao". Le preguntamos entonces por qué no estaba su retrato en espacios públicos y sentenció que no cometería el mismo error que Mao. Es curioso que Deng nunca ocupó los mayores cargos de gobierno y ejerciera el poder desde el partido o desde la Comisión militar. Siempre fue reformista y su pragmatismo se definió de modo memorable en su célebre frase sobre gatos y ratones: "No importa si el gato es negro o blanco, lo que importa es si caza ratones". Esto lo declaró en 1960 y el dicho fue invocado por la "banda de los 4" como prueba de su inclinación "al capitalismo".
Cada respuesta estaba precedida de un largo silencio y una pitada en su inamovible cigarrillo.

Como era lógico, hablamos de sus relaciones con Rusia y Japón. "Rusia es un país de anarquistas, es difícil de manejarlo sin la fuerza. Japón es distinto, es una sociedad militarista, aunque hoy no posea una gran fuerza militar. Por eso nuestro destino es la armonía, el equilibrio". Esta idea de "armonía" aparecería con frecuencia en nuestras conversaciones con los principales líderes chinos.
La expresan como una especie de destino manifiesto, algo que está en su cultura, en su idea de civilización.

Como era lógico, hablamos de sus relaciones con Rusia y Japón. "Rusia es un país de anarquistas, es difícil de manejarlo sin la fuerza. Japón es distinto, es una sociedad militarista-

Estábamos en pleno auge de Gorbachov y su "perestroika". Resultaba obligado preguntar sobre él. Para nuestra sorpresa, dijo que lo veía "perdido, aunque él no lo advirtiera. Él cree", sostuvo, "que es posible hacer la reforma económica y la reforma política a la vez. No sabe que la reforma política se come a la económica y luego se come a sí misma. Aquí será todo distinto. Primero avanzaremos con la economía". Cuando hablaba de esa digestión, su pequeña mano derecha acompañaba la sentencia con un gesto de engullir.

Este concepto me retornó muy vívido en la memoria cuando, poco tiempo después, ocurrieron los disturbios de la Plaza de Tiananmén y se produjo una durísima represión, con centenares de muertos, cuyo número preciso aún es un enigma. Allí apareció Deng de nuevo, públicamente, para agradecer a sus generales, demostrando que el poder seguía en sus manos y que la línea de apertura no cambiaría de rumbo, en esa secuencia de etapas que él había descrito. Ahí cayó en desgracia Zhao Ziyang, con quien también nos habíamos entrevistado luego de la reunión con Deng. Zhao había sido –como líder del gobierno– el ejecutor del proceso de reformas impulsado por Deng y figura fundamental del régimen. En ese momento era Secretario General del Partido Comunista, desde cuya jefatura también intentó, sin éxito, un proceso de reformas que apuntaba a separar al Partido del Estado. Su caída se produjo porque ante los disturbios en Tiananmén, se reunieron de urgencia Jiang, Li Peng, Zhao y obviamente Deng. Resolvieron aplicar la ley marcial, con lo que no estuvo de acuerdo Zhao, quien incluso al día siguiente estuvo en la propia plaza, provocando así la ira de sus colegas y su defenestración.

El recuerdo que tengo de Zhao es el de un hombre muy inteligente, que miraba hacia temas del desarrollo tanto o más que hacia la política propiamente dicha. Explicó el tema de la inflación y con mucha gracia, dijo que en una "economía capitalista cuando la demanda supera a la oferta, suben los precios y hay inflación; en una economía socialista, en cambio, aparecen las colas". Pese a todo, afirmó que prefería lidiar con la inflación y no sufrir con las colas, que seguían siendo la realidad en Rusia. Luego de su caída desaparecería absolutamente de escena, entre preso y confinado en su casa, manteniendo sin embargo un enorme prestigio entre los núcleos más avanzados de China, muy especialmente en Hong Kong. Razón por la cual la noticia de su muerte, en 2005, se manejaría con mucha cautela por el régimen, temeroso de que pudieran producirse manifestaciones populares.

La charla con Deng que evocamos fue muy abierta. No escatimaba subrayar los errores de sus
antecesores. En cierto momento, cuando hablaba del 2020, dijo: "Naturalmente, yo no veré nada de esto. Usted sí, porque es joven como Gorbachov". Me preguntó la edad y luego siguió: "Pese a todo, voy a vivir hasta el 97, para ir a Hong Kong, cuando se reintegre a China". "Espero que me invite", le repliqué. Desgraciadamente, no pudo llegar por pocos meses. Esa trascendente devolución la había consolidado de modo directo con la Primera Ministra británica Margaret Thatcher. Allí definió su concepto de "un país, dos sistemas", para asegurar que esos territorios seguirían rigiéndose por sus leyes.

Deng murió a los 92 años. Zhao a los 86. Deng sigue siendo considerado el padre de la China moderna. Algunos intelectuales más liberales referencian a Zhao. Fueron los hombres del destino. El mundo fue distinto a partir de ellos. También lo fue para nosotros, uruguayos, que encontramos en la nueva potencia un socio lejano pero poderoso. En nuestra mirada hacia el mundo, ese relacionamiento ha sido uno de los episodios más relevantes de la política exterior de nuestra República.

Presentación

El próximo miércoles 16 de diciembre a las 19.30, con entrada libre, se presenta en el Hotel Radisson el libro "Retratos desde la memoria", un conjunto de relatos de personajes ya desaparecidos que el expresidente Julio María Sanguinetti (1985-1990 y 1995-2000) escribió con motivo de su cumpleaños número 80. En la ocasión, conversará con el periodista Néber Araújo. También participará del lanzamiento el actor y profesor Diego Delgrossi.
Temas:

china clásico Gobierno inflación Japón Presidencia Rusia economía

Seguí leyendo