24 de marzo de 2026 9:45 hs

La guerra de la alianza entre Estados Unidos e Israel contra Irán entra en su cuarta semana, superando las expectativas de un conflicto relámpago; una previsión que predominó más en analistas y redes sociales que en la planificación estratégica original.

El conflicto ha trascendido lo estrictamente bélico y ya no responde a la mera capacidad de resistencia militar iraní. La coalición aliada neutralizó las capacidades convencionales de Teherán, y persiste la incertidumbre sobre si se extenderá hacia la infraestructura energética.

Donald Trump ha ampliado los objetivos iniciales de la operación, superando la neutralización del arsenal y el programa nuclear. En este escenario, el cambio de régimen se perfila como una opción prioritaria para los funcionarios estadounidenses.

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Bajo esta premisa, se observa una desarticulación total del organigrama estatal iraní. Las estructuras de gobierno, políticas y religiosas han sido desmanteladas, afectando de manera crítica a los aparatos de inteligencia militar.

A Irán le queda su poder coactivo local. Por ello, el cambio de régimen no generó movimientos, rebeliones populares ni de minorías étnicas. La Guardia Revolucionaria se ha movilizado, sobre todo, a las zonas donde podrían surgir estos focos de conflicto.

Sin una salida negociada a la vista, los remanentes del régimen apuestan al "todo o nada". Prolongan el conflicto para que su limitada capacidad de daño se amplifique a través del impacto psicológico, especialmente en mercados globales y la opinión pública occidental.

El ataque iraní del viernes contra la isla Diego García —a casi 4.000 km de distancia— resultó militarmente inofensivo. No obstante, la operación buscó enviar un mensaje a las temerosas elites en las capitales europeas sobre el alcance geográfico de las armas de Teherán.

Es evidente que el objetivo del régimen es la supervivencia. Para lograrlo, intenta elevar el costo político y electoral de sus enemigos o involucrar a otros actores; una estrategia de desgaste para compensar su inexistencia en el campo de batalla convencional.

En este marco, Teherán se apoya en voceros aliados en Occidente para alimentar el relato de una resistencia sin sustento fáctico y el "atrevimiento" de lanzamientos casi simbólicos, omitiendo la incapacidad iraní para articular una respuesta bélica integral.

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Presidente de EEUU, Donald Trump, y de China, Xi JInping.

La guerra no termina hasta cuando termina

La realidad suele quedar sepultada bajo la "niebla de guerra" y también la incontinencia verbal de Trump.

A esto se suma la urgencia informativa por generar tráfico en redes y portales de noticias, creando hitos donde muchas veces no existen.

Bajo esta distorsión, al inicio de esta crónica, el presidente estadounidense lanzó un ultimátum de 48 horas exigiendo la reapertura inmediata del estrecho de Ormuz, bajo amenaza de atacar la infraestructura eléctrica iraní.

Sin embargo, antes del cierre de este texto, Trump anunció "con agrado" haber mantenido conversaciones con representantes iraníes —sin especificar interlocutores— y el acuerdo de una tregua de cinco días en los ataques contra plantas de energía.

Trump fue más allá: afirmó que fueron los iraníes quienes iniciaron el diálogo, calificándolo de "muy positivo". Asimismo, manifestó expectativas de poner fin al conflicto si Teherán renuncia definitivamente a su programa nuclear.

En la red Truth Social, el presidente estadounidense manifestó que el tono de las conversaciones fue "profundo, detallado y constructivo". Resulta llamativo que, en su propia versión, estos contactos se habrían iniciado antes del ultimátum.

Según detalló el mandatario de EEUU en declaraciones posteriores, la continuidad del diálogo se dará mediante contactos telefónicos como preámbulo a una posible cumbre presencial en el futuro inmediato. De lo contrario, advirtió, la ofensiva militar persistirá.

Teherán desmintió rápidamente esas afirmaciones. Luciano Mondino, experto en temas bélicos, señaló en la red social X: “Nunca hay que medir a Trump por lo que dice, sino por lo que hace y cómo va colocando señuelos antes de actuar”.

Ciertamente, seguir a rajatabla las palabras de Trump solo puede confundir y nunca queda claro cuánto hay de una personalidad desbocada y cuánto de una estrategia de inteligencia utilizada para engañar eficazmente al enemigo. Pero menos hay que creerlea los iraníes.

Estados Unidos tendrá la última palabra sobre el fin de las hostilidades, pero necesita materializar ese cierre en un hito o relato convincente. El objetivo es que dicho desenlace resulte creíble y capitalizable ante su electorado en vísperas de los comicios.

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Alerta para China, oportunidad para América Latina

Paralelamente, los datos de la economía global confirman que el sistema no enfrenta una disrupción pasajera, sino una vulnerabilidad sistémica.

Según el último reporte de Rystad Energy se ha perdido el 40% de la producción regional de crudo.

Los analistas advierten que la recuperación no será un rebote rápido ni inmediato; por el contrario, la normalización parcial tomará meses y persiste el riesgo de que una parte considerable del suministro mundial tarde un tiempo prolongado en restablecerse

En este nuevo orden energético, nuevos mercados hallaran una oportunidad sin precedentes.

La necesidad de la seguridad de suministro será la prioridad y otorga valor estratégico a América Latina. Washington ya dejó claro quién manda allí.

Este escenario fortalece a EEUU frente a China, eje central de la contienda.

Al controlar el flujo del Golfo —como antes en Venezuela—, Washington golpea la seguridad energética de Beijing, principal cliente de Irán y su mayor competidor global.

La gran mayoría del crudo iraní exportado iba a China, en muchos casos más del 80–90% del total.

La diplomacia de los hechos consumados parece haber devuelto a Washington el control estratégico del tablero.

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