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En la Junta Departamental de Montevideo reinaba el más absoluto silencio, pese a que todos los curules se encontraban en sala. Apenas algún bostezo, o un ronquido rompían cada tanto la monotonía del lugar. "En fin", dijo un edil, "¿alguien tiene algo que proponer?". Los pocos que permanecían despiertos se miraron unos a otros. Uno de ellos levantó la mano, "¿podemos bajar un gradito el aire acondicionado?". Los presentes se dispusieron a votar. "Por la afirmativa", dijo la presidenta Cecilia Cairo. Todos levantaron la mano. "Por unanimidad se baja un gradito el aire acondicionado", sentenció la presidenta, tras contar los votos al boleo.

En eso, entró un secretario de la intendenta Ana Olivera, y entregó un papelito a la presidenta. "Manda decir la señora intendenta que por disposición municipal no se puede tener el aire acondicionado a menos de 20 grados", avisó Cairo a sus colegas. "¿Qué hacemos, lo volvemos a subir o votamos por dejarlo así?", preguntó uno de los ediles, levantando la vista de la sección deportiva de un diario. "Y, si la intendenta dice que lo tenemos que subir, vamos a tener que subirla", respondió otro. Un tercero pidió la palabra, "muchachos, no puede ser que nosotros nunca propongamos nada, al final solo hacemos lo que nos manda la Intendencia". "Bueno& todos los habitantes de esta ciudad no tienen más remedio que hacer lo que la Intendencia les manda", dijo un cuarto. "Lo peor es que la Intendencia hace lo que le manda Adeom", retrucó otro edil acurrucado en el fondo, sin dejar de resolver un crucigrama que lo tenía a mal traer desde hacía una semana. El legislador que había propuesto bajar el aire acondicionado se remangó la camisa.


La sala volvió a quedar en silencio, interrumpido nada más por algún que otro pedido de café, y el chirrido de los dedos de una edila contra los enormes vidrios de la sala, mientras se entretenía empañándolos con el aliento para luego escribir su nombre en ellos.

La presidenta golpeó su taza de té con la cucharita para llamar la atención de todos, "gurises, me parece que vamos a tener que proponer algo, porque la gente anda diciendo que no hacemos nada". "Propongo que no escuchemos lo que dice la gente", gritó uno de ellos. "En realidad hace tiempo que no lo hacemos, solamente escuchamos lo que dice la Intendencia", reconoció el del suplemento deportivo. La edila que escribía su nombre en el vidrio de la sala dejó de hacerlo y opinó, "¿y si declaramos ciudadano ilustre a alguien?". A la presidenta le gustó la idea, "me parece bien& ¿se les ocurre algún nombre?".


Los concejales volvieron a quedar en silencio. Al rato, uno de ellos habló, "en realidad ya hemos declarado ciudadanos ilustres a casi todos los habitantes del departamento". La presidenta no tuvo más remedio que asentir con la cabeza. "Podemos empezar a declararnos ciudadanos ilustres entre nosotros", sugirió otro. "Yo primero", gritó el del suplemento deportivo. La de los dedos en el vidrio aportó una idea, "yo propongo que se declare ciudadana ilustre a mi tía Haydée, la semana pasada fue el cumpleaños y no le pude regalar nada". La presidenta tomó nota, "a ver, gurises, los que estén por la afirmativa para declarar ciudadana ilustre a la tía Haydée, que levanten la mano". Todos alzaron sus manos, a excepción de la sobrina de Haydée, que no votó su propia moción por obvias razones de implicancia personal. "Queda entonces aprobada la declaración de ciudadana ilustre. Que se cite a la tía Haydée para el miércoles que viene acá en la Junta", sentenció la presidenta.


La sala volvió a quedar en silencio. Unos minutos después, sonó la chicharra anunciando el fin de la sesión. Lentamente, edilas y ediles fueron abandonando el lugar. "Qué lo parió, con todo este laburo las sesiones se nos van volando", dijo uno de ellos, mientras doblaba el suplemento deportivo.

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