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Unos 500 médicos de especialidades quirúrgicas se desafiliaron ayer del Sindicato Médico del Uruguay, el gremio más grande, el de más historia y el más representativo entre los profesionales de la medicina. Al separarse del SMU dieron un paso más en una trayectoria lineal que vienen recorriendo desde su fundación.

Pero por previsible y lógica, la movida no pierde trascendencia. Desafiliarse del SMU es terminar con el doble discurso y cristalizar la tensión histórica en una fractura.

La SAQ (ahora “el” Sindicato Anestésico Quirúrgico) se creó a principios de la década de 1990 como la comunión de 14 sociedades científicas de la rama quirúrgica. Desde entonces algunas sociedades integrantes declararon que tenían objetivos gremiales más allá de lo científico. De a poco la SAQ fue adquiriendo más “representatividad”. Logró sentarse en algunos ámbitos de discusión junto al SMU y a la Federación Médica del Interior (FEMI). También logró instalar un sistema que les permite cobrar por cada acto en vez de percibir un salario global, como el resto de sus colegas.

El SMU, testigo inquieto de ese avance, puso este año el dedo en la llaga: la cuestión de la “representatividad”. Porque a pesar de ese crecimiento, el SMU es el sindicato autorizado por el Ministerio de Trabajo para sentarse a negociar con las mutualistas y el gobierno en los Consejos de Salarios, y en 2012 se los hizo saber.

Primero fue durante el conflicto de los cirujanos (agosto-setiembre). Los quirúrgicos quedaron humillados cuando el problema se desactivó tras una alianza política entre el SMU y el gobierno.

Luego fue con la firma del convenio laboral que da inicio a los cargos de alta dedicación y pone fin al multiempleo médico: la reforma laboral en la que el SMU viene trabajando desde 2009 y que los anestésico quirúrgicos aseguran que los perjudica.

De hecho, es posible que de aquí a 15 años, cuando los nuevos cargos funcionen para todas las especialidades, se configure la igualdad laboral que tanto pregona el corporativismo médico, pero que despoja a estos especialistas del pedestal salarial en el que se ubicaron con esfuerzo.

El convenio que se firmó en noviembre fue el chivo expiatorio para detonar la bomba. Separarse del SMU y crear un sindicato aparte es, en realidad, una declaración en contra de un mercado más benevolente con los médicos jóvenes y con las especialidades menos prestigiosas. Es, en definitiva, rechazar la reforma más grande que la enmarca: el Sistema Nacional Integrado de Salud del Frente Amplio, con las implicancias políticas que tiene.

¿Cómo sigue esto? Es probable que el núcleo que se fue del SMU consiga imponerse, quedar por fuera de la reforma y mantener sus ingresos. Es posible, también, que el SMU y el gobierno se las ingenien para continuar el plan con el resto de los médicos. Las consecuencias de esta separación seguro tendrán más que ver con una interna de colegas enfrentados y con la imagen ya bastante dañada de los médicos ante la ciudadanía.
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