Las fiestas de aquel año eran tan buenas como cabe esperar en cualquier pueblo de España: fuegos artificiales, música, comilonas populares y hasta una actuación del humorista Juan y Medio en la Plaza de la Constitución. Entre todas las actividades, el Ayuntamiento de Guadix montó una caseta-taller para que los menores pudieran probar en sus carnes un tentador privilegio de adultos: un vistoso tatuaje. Uno no permanente, eso sí, uno hecho con henna, ese tinte natural de larga tradición que ya usaban egipcios y nubios hace siglos. Del centenar largo de personas que pasaron por aquella caseta, alrededor de 30 acabaron en urgencias: el tatuaje les había abrasado la piel, dejándoles dolorosas marcas y lo que es peor, una secuela para toda la vida que les impedirá trabajar en determinadas profesiones en el futuro.
Tatuajes de henna, una "ruleta rusa" para la piel
El tinte de los tatuajes no permanentes suele estar adulterado con un compuesto que provoca graves reacciones alérgicas que se mantienen para toda la vida. Las autoridades sanitarias alertan de los peligros asociados a la henna negra