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El Observador recorrió este arroyo capitalino -que hace casi dos décadas el intendente Mariano Arana visualizó con cisnes en sus aguas- y reunió relatos de quienes habitan en sus orillas, aún repletas de basura y residuos de todo tipo. En los barrios periféricos que bordean el arroyo los vecinos cuentan historias de violencia y miseria, pero también de amor y esperanzas.

Los US$ 20 millones que la Intendencia de Montevideo invirtió en el arroyo contribuyeron a que sus niveles de contaminación bajaran, aunque aún son altos y una espuma inquietante flota en sus aguas, y a ello contribuyen las pequeñas y grandes industrias que vierten sus desechos, tanto como los criaderos de chanchos que abundan en un tramo de su recorrido y la propia acción de los vecinos que resisten los planes municipales para ordenar la recolección de residuos.

En su cuenca viven unos 325 mil personas, casi una cuarta parte de la población capitalina. En un tramo abundan los ranchos y en otro las residencias señoriales y edificios históricos como el Hotel Paso del Molino, que en un tiempo supieron visitar Carlos Gardel y Jorge Luis Borges.

Lée la crónica completa mañana sábado 27 en El Observador

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