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En la noche del lunes pasado, un joven de 26 años que prefirió no ser identificado, sufrió un secuestro exprés cuando volvía a su casa en Parque Batlle, según informó El País. Bajó del auto, abrió la puerta de metal de un taller mecánico donde deja su Peugeot 206 y al regresar fue reducido por dos criminales de entre 20 y 30 años, con revólveres en sus manos.

“¡Tirate al piso!”, ordenaron, según relato la víctima a El Observador. El joven siguió las instrucciones, los secuestradores lo vendaron con una bufanda y lo acostaron en el asiento de atrás de su auto, al lado de uno de ellos. El otro comenzó con la tarea que terminaría frustrando el secuestro y seguramente salvándole la vida al joven.

“A los ponchazos iban llevando el auto porque dos por tres se les quedaba”, contó la víctima. “Yo les decía, llévense todo, pero déjenme, ¿para qué me necesitan?”. Ellos le respondieron que se quedara tranquilo porque lo liberarían, pero que era su trabajo.

El secuestrado contó que los delincuentes no perdieron la línea en ningún momento y siempre se manejaron en buenos términos. Que incluso uno le pidió que no se ponga mal y que cuando todo terminara le pagarían el taxi. De todos modos, ante uno de los pedidos de que lo suelten, uno de ellos le subió el tono de voz y le dijo que si no se quedaba tranquilo lo iba a “hacer calentar”.

El trayecto traqueteado, entre frenos y aceleradas desmedidas, provocó un ruido que el joven no se explica cómo no llamó la atención de la gente, que terminó rompiendo el auto a 40 minutos de comenzado el secuestro.

Habían recorrido solo 20 cuadras, cuando los secuestradores se vieron obligados a pedirle ayuda al secuestrado, desvendarlo, y colocarlo en el asiento del conductor. Desde ahí, en medio de un fuerte olor a quemado, el joven no logró mover el vehículo porque habían quemado el embrague. Por esto, decidieron empujar el auto “como cuatro cuadras” y llevarlo hasta otro lugar más oscuro.

Consultado sobre si en todas estas actividades no intentó escapar o defenderse, dijo que no, que lo pensó “porque la cabeza la tenía a mil (…), por instinto de supervivencia”.

En ese momento, los delincuentes se sentaron adentro del auto e intentaron contactar a alguien por celular, supuestamente unos secuaces que estaban también robando autos esa noche. Ante la frustración del robo, con el auto roto, movido a fuerza humana, los ladrones se sentaron en el auto y se prendieron un cigarrillo de marihuana. “Pitaron”, contó la víctima.

El siguiente paso fue colocarlo al joven amordazado en la valija del auto. Le dijeron que uno de ellos se iba a ir a buscar otro auto para remolcar el roto, y que el otro se iba a quedar vigilando. Le sacaron toda la ropa y sus pertenencias, lo dejaron solo de bermuda y le dijeron que no haga ruido: “Si salís, te pegamos un par de cuetazos”, advirtieron.

El 206 conecta la valija con el cuerpo del auto, y por esto, el joven se planteó que si pasaba un buen rato y nada sucedía, procedería a romper la placa que carga los parlantes e intentar escapar. Pero esto no fue necesario. En un momento escuchó que un auto estacionó, que alguien con luces se acercó y que al abrir el baúl vio que era la Policía, que se sorprendió al ver a la víctima.

En ese momento empezó otro calvario para el joven que fue hacer todos los trámites legales frente a la Policía y al seguro. Ironizó que se había vuelto del bar temprano para ir a trabajar temprano y terminó sin dormir por dos días.

Reflexionando sobre el hecho, dice que lo que le “impresionó” fue que ninguna persona lo haya visto, o que no hayan hecho algo en varias de las situaciones. Especialmente cuando lo trasladaron a la valija, los transeúntes vieron como “metían a un tipo en cuero y nadie hizo nada. Es tremendo”.
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