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En el corazón de Carrasco, en la calle Mones Roses 6415, existe una casa de té sencilla y hogareña –edificada en 1922, fue el hogar del primer lechero del barrio–, donde el perfume floral, la variedad de colores y la perfección estética cautiva a los visitantes. Es que Lavender (www.lavender.com.uy), es hoy una casa de té inmersa en un vivero, o un vivero que tiene una casa de té, como quiera verse; y que ahora suma una revista de jardinería. El matrimonio de Maureen Cummins (57) y César García (57) lidera el emprendimiento junto a dos de sus tres hijas: Catalina (30) y Lucía (28).

La idea de iniciar este emprendimiento nació cuando la familia vivía en el Pinar. Cummins es Licenciada en Letras y García trabajaba en la granja de su familia. Se instalaron en una zona casi virgen, en la que predominaban los pinos auto sembrados. Comenzaron a diseñar su propio parque y, para hacerlo, investigaron y adquirieron el know how de lo que es la jardinera ornamental.

Compartían el gusto por esa actividad y manejaron la posibilidad de crear un vivero. Pero no fue hasta el día que vieron en Carrasco un terreno en venta que decidieron hacerlo.

Apuesta a lo desconocido

Una primavera, hace 18 años, abrió sus puertas Lavender. Comenzó como un vivero de 500 metros cuadrados y, por la estación en que inauguraban, con el rosal como planta protagónica. En ese momento, en el mercado se vendían por color, no por nombre ni variedad. En Lavender se le dio un enfoque diferente al clasificar las plantas, lo que produjo que se distinguiera en el mercado local como un vivero más especilializado.

La estrategia fue trabajar duro, cuidando siempre la calidad y los detalles. García contó que los primeros pasos fueron sacrificados, ya que implicaba esfuerzo físico y actividad constante. Además, al tener poco espacio para depositar la mercadería debían proveerse de poca cantidad, pero de forma permanente. Para Cummins crear el vivero fue una aventura. “La gente siempre piensa que es un lindo trabajo, y lo es, pero también requiere de mucho sacrificio”, recalcó. Añadió que en el rubro había mucha competencia, y buena, por lo que tuvieron que esforzarse para ser mejores.

Por su parte, García decidió apostar a su emprendimiento y abandonar el trabajo que tenía en ese momento. “Uno a cierta edad quiere hacer lo suyo, y nosotros lo hicimos de alguna manera con éxito y buenas acompañantes. Teníamos buenos equipos”, expresó mirando a su familia.

Más adelante, surgió la posibilidad de adquirir el terreno lindero y agrandar el vivero. Fue así que Lavender se duplicó y alcanzó los 1.000 metros cuadrados.

Tea Room

El predio vecino tenía una casita pintoresca, considerada una reliquia. Cuando tomaron la decisión de comprarlo, visualizaron dos opciones para esa edificación: un vivero para plantas de interior o una casa de té, como se estila en Europa. Se inclinaron por esta última, porque era un deseo que el matrimonio compartía de años.

Consultaron a sus hijas y a Lucía, quien estudiaba Administración de Empresas, le interesó hacerse cargo de la propuesta. Así, en marzo de 2009 se inauguró el Tea Room.

Sin tener conocimiento del negocio gastronómico, se zambulleron en una nueva aventura. “Si hubiese sabido en lo que me metía, lo hubiese pensado más. Porque cuando no tenés ni idea es todo fácil, no tenés miedo”, aseguró Lucía.

El público acogió la propuesta de forma muy rápida. En ese entonces, no había una casa de té con esas características. Era un nicho de mercado que supieron atender y el éxito fue casi inmediato.

El Tea Room se destaca por ser un lugar acogedor con un estilo vintage. Inmerso en el vivero, se compone de paredes vidriadas para que se disfrute la vista del predio. En cada mesa hay tazas de estilo inglés de distintos juegos, que adquirieron en remates y en Tristán Narvaja. La idea era que armonizaran pero que tuvieran diseños diferentes. Se buscó trasmitir un espíritu hogareño. “Que al venir digan ‘esa tacita la tenía mi abuela’. Generar un lazo entre el objeto y su casa”, manifestó Cummins.

La carta se compone de comida casera. Las especialidades son los scones, ya sea los de queso como los de lavanda, y las tortas. Lucía ideó una tarta en base a una crema de sambayón, que al público le gustó tanto que se decidió denominarla Torta Lavender. “La gente viene y la pide. Al tener el nombre de la casa le imprime una certeza que está bueno”, apuntó la encargada del salón de té.

Lo que más se consume es el Té Completo Individual que incluye té o café, sandwiches, medialunas, scones y torta. Cuesta $350 entre semana, y $390 el sábado.

“Lo interesante fue que cuando nos instalamos pegamos fuerte en el rubro y mucha gente se entusiasmó, y quiso poner un negocio similar. Nosotros fuimos los número uno”, recordó Cummins.

La competencia empezó a aflorar así que tuvieron que buscar cómo sobresalir. Un año después de abierto el Tea Room, añadieron almuerzos, tipo lunch. Comenzó con ensaladas, tartas y sándwiches. Después se amplió a pastas, carne, sopas y sugerencia de la semana. Dentro de las tartas, la de queso agridulce es la vedette, y es una receta familiar.

“Siempre le queremos dar el toque casero, rústico, de comida gustosa y sana”, aseguró Lucía.

Una revista de estación

Catalina García es licenciada en Comunicación y desde que se recibió tenía la idea de lanzar una revista pero, por una razón u otra, lo retrasaba. En 2011 se casó y como todavía no tiene hijos, creyó que era el momento ideal para comenzar con su proyecto. El pasado 21 de marzo lanzó la primera edición de Lavender, una revista de jardinería que contará con cuatro ejemplares correspondientes a cada estación del año. En la producción participa su amiga y compañera de carrera, Rosina Carrasco, y en el diseño su prima, Elisa Fernández.

Se vende por unidad en el salón de té o por suscripción por el año entero a través de la web. “La idea es que sean contenidos cálidos, humanos, que acerque a nuestro cliente”, dijo Catalina. En un inicio se pensó solo para suscriptores de Montevideo, pero ahora se está analizando abarcar también el interior.

La receptividad del público fue favorable desde el inicio. Empezaron a generar expectativa en las redes sociales previo al lanzamiento y consiguieron suscripciones.

Clave del éxito

Para la familia García Cummins el apoyo del público es un elemento esencial para los logros de la marca Lavender. De entrada fueron reconocidos por clientes que les trasmitieron su entusiasmo y respaldo. “El ánimo de la gente fue alimentando las ganas de seguir haciendo cosas”, sostuvieron.

Otra de las claves fue el crecimiento de la competencia. Esto provocó que se esforzaran más y crecieran: “Es sano que haya competencia. Hoy estamos mejor que nunca y la competencia aumenta”. También recalcó la importancia del grupo humano que compone a la empresa. Realizan un buen trabajo, de calidad y además son los responsables de la atención al público. Esto es fundamental, según Cummins.

Por último, identificó la retroalimentación de los productos que engloba Lavender. “El público viene a comprar sus plantas y toma el té. Ahora también adquieren la revista. Es un mix que hace que se nutra la marca”, dijo.

Domingos en familia

El domingo es el único día de la semana que Lavender permanece cerrado. Si bien saben que es un día en el que podrían tener éxito, priorizaron el descanso en familia.

El hecho de ser una empresa familiar produjo acercar más a los miembros que la componen.

Cuando las hijas eran chicas, el matrimonio hablaba del negocio, pero ellas no querían saber de nada. ‘Ay siempre hablando de plantas’, se quejaban.

Pero al crecer fueron interesándose de a poco en la empresa, según Cummins.

Sin embargo, la firma familiar tiene algunos aspectos complicados. Los domingos también se habla de trabajo. Les resulta difícil desprenderse del tema. Inclusive almuerzan en familia y opinan hasta los consuegros.

“Hay que tener cuidado, porque puede llevar al desgaste. Hay que poner límites, pero no es fácil”, manifestó César García.

Lo que más motiva a la familia García Cummins del emprendimiento es aportar su ‘granito de arena’ para brindar un poco de bienestar en la vida de las personas.

“Quien llega a comprar una planta está feliz, son muy pocos los que vienen por obligación. Y el espíritu de esa persona se trasmite y contagia”, aseguró Maureen Cummins.

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