Una ciudad en cenizas
El dolor invadió cada rincón de Santa María, golpeada por el incendio en la disco
El taxista rescató a cuatro personas y no sabe si sobrevivieron. El chico del hotel perdió un amigo. En la plaza una señora cuenta la historia de su sobrino, y la chica que vende agua dice que su vecina se salvó del fuego. En el bar alguien cuenta la historia de una amiga que perdió un hijo y que va a plantar un árbol. Todos en Santa María tienen una historia. Todos, absolutamente todos, son protagonistas de una tragedia que llenó de cenizas negras la ciudad.
Es la primera vez que Daniela se anima a acercarse al lugar donde estaba la discoteca, esa zona donde fue el desastre y que ya se está convirtiendo en santuario. “Junté fuerzas y vine recién hoy. Ya había ido al centro municipal, donde estaban los cuerpos, a dar un donativo. Fue muy difícil. Hay que tener mucho coraje para venir”.
Sobre el mormazo que imponen los 35 °C hay un silencio que incomoda. Serán unos 30 los que en ese momento están ahí, callados, mirando para adelante. Está la fachada de la discoteca con su puerta cerrada y paredes boqueteadas por la desesperación. Y en el piso, sobre la calle, un rosario de flores, carteles y dedicatorias. La gente está parada del lado de la sombra. Se escuchan sollozos, solo susurros. Hay lentes oscuros, ojos vidriosos y ojeras enrojecidas por el calor y el dolor. Llegan matrimonios, jóvenes, militares, niños. Están un rato, miran, ¿rezan?, recuerdan. Se van mirando para abajo.
El jueves de tarde la Policía y los Bomberos se acercan al lugar para una nueva reconstrucción. Ya es la segunda pero todavía no hay una versión única de los hechos ni una atribución unívoca de responsabilidades. Algunos culpan a los dueños que mantenían una discoteca donde apenas había una salida. Otros se enojan con los músicos de Gurizada Fandangueira, que vaya uno a saber qué se les cruzó por la cabeza cuando compraron una bengala que cuesta apenas tres reales (menos de US$ 2) y la encendieron en su show. Todo el mundo se enoja y opina.
Katia, quien atiende en la rotisería que queda a una cuadra de Kiss, también tiene su teoría. “Creo que la responsabilidad es de la Policía y de los Bomberos, porque los locales tenían permiso. ¿Por qué se lo dieron, si no estaban en condiciones?” y cuenta lo mismo que repiten varios ese día: que uno de los dueños se quiso ahorcar. “A partir de ahora, cuando vaya a una discoteca, voy a ver dónde está la salida”, aprendió. Su cuñado perdió ocho amigos y su primo, que iba a festejar el cumpleaños el domingo, canceló el evento porque se le murieron cuatro compañeros.
Ese domingo también hizo luto la familia de Enrique, que tiene apoyado sobre el mostrador del hotel donde trabaja el diario de ese día, abierto en la página que contiene la lista de muertos. Señala la imagen de uno de ellos, su compañero de fútbol, que murió esa noche. Enseguida agrega que su padre, bombero, fue uno de los que ayudó a retirar los cuerpos. “Él no quería ir porque yo tengo 22 y mi hermana 18, los que estaban ahí eran como nosotros, nuestros amigos. Pero fue y sacó a algunos. Es difícil, muchos estaban pisoteados, tenían la cara reventada, estaban quemados. Es muy triste, horrível”.
Con respecto a lo que pasó en Kiss, Luis Manuel tiene una idea diferente. Él trabajaba en la barra de la discoteca y con eso se pagaba los estudios. Hace poco se recibió de psicólogo. “Hay que estar adentro para saber de verdad qué fue lo que pasó, porque se está agrandando todo. Como todos los locales, tenía algunas irregularidades. Pero, por ejemplo, dicen que debía tener un aparatito en el techo que cuando detecta humo echa agua, pero eso no es obligatorio acá. Aparte, los dueños no desaparecieron, como dicen por ahí. Kiko estaba ahí, ayudando a la gente a salir”.
Él lo vivió desde adentro y lo cuenta con pausa. Veía todo negro y rojo, no encontraba la salida, quedó trancado contra una barra metálica. Pudo salir porque trabajaba cerca de la puerta, pero en el camino tuvo que empujar a unas chicas. “Si no lo hacía, hoy no estaba acá”, cuenta. Está sentado en la cama del Hospital de la Caridad. En su sala hay unas 10 personas, todas sobrevivientes de la misma muerte. Hay jóvenes y no tanto. Una señora duerme, a uno le golpean en la espalda para que expectore. Otra está acostada y con pocas ganas de hablar. Al costado, una rubia de unos 20 años tipea a toda velocidad en la laptop que apoya sobre la cama. Mira para un lado y otro, se corre el nebulizador que humea, tipea de nuevo. Está sola y como desquiciada. Las enfermeras dicen entre susurros que no siempre es bueno que tengan computadora porque quedan muy pendientes de lo que le pasó a sus amigos y esto podría agravar su cuadro.
Luis Manuel, que está con su novia y su tía, espera recibir el alta. “Cuando salí de la discoteca tenía todo negro, la cara, los brazos, debajo de las uñas, todo. Y tosía y salía algo negro, como cenizas, pero no eran cenizas”, cuenta.
En la cama de al lado hay una compañera de la barra, ella tiene un catéter y la acompaña su padre.
Todo el personal del hospital está dedicado a atender a los mismos pacientes. Por los pasillos hay también voluntarios, muchos de ellos psicólogos, para contener a los que lo necesiten. Otros se encargan de recibir las donaciones que llegan y se acumulan en la entrada: frazadas, alimentos, bebidas.
Otros voluntarios están en el predio de al lado, donde hay capillas velatorias. En ese momento se realiza el funeral de Gustavo Marques, el penúltimo en morir. Las escenas de dolor son repetidas: su madre, viuda, ya enterró a su hijo Deivis el martes.
De nuevo reina el silencio y los pocos que hablan lo hacen sobre la discoteca, sobre el dueño que se quiso matar y sobre la falta de responsabilidad. Jóvenes, militares, mujeres, hombres, médicos y voluntarios. Algunos lo conocían, muchos no, pero está repleto y todos tienen los mismos ojos vidriosos y las mismas caras coloradas y húmedas. Antes de que lleven el cajón rumbo al cementerio, un hombre empieza a sacar lo que había arriba y lo reparte entre los presentes. Una flor a una señora, varias rosas a otra, la camiseta a un tercero. Por último, saca la bandera de Gremio que cubre el féretro y varios hombres llorosos cargan con él. Cuando salen de la capilla estalla el aplauso fuerte, al mismo tiempo que recomienzan las lágrimas. La madre, de unos 60, llora desconsolada. Y se anima a ir al entierro.
Otros ni se plantearon ir al camposanto. Es el caso de Elizabeth, quien perdió a su sobrino Roger, de 19 años. El chico había ido a bailar con su novia bastante tarde, a eso de las dos y algo. No estuvieron ni 10 minutos en el boliche cuando los agarraron las llamas. “No fui a la discoteca, hay que ser muy valiente para eso. Tampoco fui al entierro. Hace poco murió un hijo mío, de 17 años, y todo esto me da mucho dolor, no lo puedo enfrentar”, cuenta la mujer antes de quebrarse.
En frente del hospital y de la sala velatoria Renata está instalada con una mesa de plástico y dos sillas. Tiene 24 años, es estudiante y quiso ocupar su tiempo para no pensar tanto en la muerte de sus siete amigos. “Quiero luchar por ellos, creo que ellos hubieran hecho lo mismo por mí si hubieran estado en el mismo lugar”. Se unió a una iniciativa de alumnos y profesores de la Facultad de Derecho de la Universidad Federal de Santa María y ahora busca firmas para exigirle a las autoridades que cumplan con la ley, “porque en Brasil hay mucha corrupción” y “si se cumpliera la ley esto no habría pasado”.
Ella, aunque esa noche no fue a bailar a Kiss, también es testigo de lo que pasó. Estaba con amigos en su casa, bastante cerca de la zona del incendio. “Escuchamos ruidos de ambulancias, nueve en 20 minutos. Eso no era normal y salimos a ver qué pasaba. Había mucho humo, vi gente salir toda negra, todos llorando desesperados, llamando por teléfono, buscando a sus amigos”.
No durmió y a la mañana siguiente entró a Facebook. Ahí vio quiénes habían ido a bailar la noche anterior y comparó con la lista de fallecidos. “Fue el peor día de mi vida. Vi las caras de todos esos jóvenes que no están más”, dice. Y de nuevo la misma palabra, “es horrível, horrível. Nunca había imaginado algo así, nunca”. Horrível.
236
Muertos. El fallecimiento el jueves de noche de Matheus Raschen, de 20 años, elevó a 236 el número de muertos. Estaba internado en Porto Alegre con quemaduras de tercer grado en el 40% de su cuerpo.
69
Graves. Aún 69 pacientes permanecen internados en estado grave y con respiración asistida en las unidades de cuidados intensivos de varios hospitales de la región.
La espuma venenosa
Una espuma altamente inflamable que en tres minutos llenó de un denso humo venenoso la discoteca Kiss fue uno de los factores determinantes de la tragedia. La Policía también señaló a los extinguidores rotos y a una única y obstruida salida.
Detenidos y bajo sospecha
La Policía también detuvo a los dueños de la discoteca y a dos miembros de la banda, que se sospecha fueron quienes comenzaron el fuego con una bengala. El jueves, el alcalde de la ciudad suspendió la licencia de todas las discotecas y lugares musicales por 30 días.
“La espuma fue la causa de la muerte. Si no hubiera estado allí, probablemente tendríamos solo un pequeño incendio en la discoteca”. Marcelo Arigony, comisario