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Cuando la escritora estadounidense Siri Hustvedt comenzó su carrera literaria, a comienzos de la década de 1990 con Los ojos vendados, era inevitable que se hablara de ella como “la mujer de Paul Auster”, como si su matrimonio con el autor de La trilogía de Nueva York fuera la mejor vidriera para hablar de su obra.

Pero ahora, luego de títulos como El hechizo de Lily Dahl, Todo cuanto amé y Elegía para un americano –por solo citar tres de sus novelas–, Hustvedt ya no necesita que su obra, que incluye también libros de ensayo y poesía, como En lontananza, Los misterios del rectángulo, Una súplica para Eros, La mujer temblorosa o la historia de mis nervios y Leer para ti, sea presentada como la de “la mujer de...”.

Su solvencia, su tono y, sobre todo, su imaginación, son herramientas suficientes para hablar de ella como una de las grandes novelistas contemporáneas, capaz de hacerle sombra hasta a su propio marido, con quien comparte su vida desde 1981.

En El verano sin hombres, su más reciente novela –publicada por Anagrama–, Hustvedt plantea cómo sería la vida de una mujer de 55 años de edad sin tener a su lado a un hombre que la acompañe y contenga. De hecho, la propia autora ha definido a esta novela narrada en primera persona por Mia Fredricksen como una “comedia feminista”.

Todo comienza cuando Boris Izcovich le menciona a Mia la palabra “pausa”. Ella, luego de 30 años de matrimonio sin adulterios y una hija encantadora, enloquece, sin más. Porque lo que Boris quería decir con una “pausa” era mucho más. “La pausa era francesa y tenía un pelo castaño lacio y brillante. Sus pechos eran notables y auténticos, no operados. Llevaba gafas rectangulares estrechas y poseía una mente excelente. Era joven, por supuesto, veinte años más joven que yo, y sospecho que Boris estuvo un tiempo deseando a su colega antes de decidirse a explorar sus zonas más prominentes”.

Con esto, Mia enloquece, sí, pero su locura solo es una breve psicosis, por lo que decide refugiarse durante el verano en Bonden, la ciudad de su infancia, donde todavía vive su madre, una anciana muy activa e independiente. Allí, la protagonista decide alquilar una casa y relacionarse con sus vecinos: una joven recién casada con dos niños y un marido que le despierta sospechas de maltrato.

En Bonden, Mia visita a su madre y a su grupo de amigas de la residencia geriátrica, quienes le irán contando algunos secretos de la feminidad de otras generaciones. A su vez, en aquel sitio, Mia no solo recupera los recuerdos de su infancia sino también la pasión por la poesía, ya que se dedica a dirigir un taller con un grupo de estudiantes.

Si bien la crítica internacional ha señalado que en El verano sin hombres existen muchos aspectos autobiográficos de Hustvedt (Mia y Boris, igual que ella y Auster, viven en Brooklyn, tienen una hija actriz y la protagonista es poeta), la autora se ha encargado de decir, no sin enojo, que no, que nada que ver, que escribir ficción es como recordar lo que nunca ocurrió.

De hecho, durante la presentación de la novela en Barcelona –sede de Anagrama–, la escritora fue mucho más enfática: “Ya estoy harta de que siempre piensen que soy la protagonista del libro, no es así, no sé cómo decirlo. No sé si se le hace la misma pregunta a un hombre que escribe. ¡Es suficiente! ¡No es mi vida!, me lo he imaginado, tengo una imaginación fantástica, una imaginación soberbia”.

Hustvedt señaló que ha construido una novela feminista, en la que el personaje principal descarga toda su rabia contra la diferencia entre los sexos, pero en la que también mira con asombro las complejas relaciones que establecen las mujeres en su adolescencia o cómo viven el final de sus vidas cuando ya son ancianas.

En suma, en El verano sin hombres Hustvedt construye una historia simple y llena de ironía, sin las complejidades de sus obras anteriores, lo que le ha servido para conseguir los elogios de The New York Times, que la calificó como una novela “cómica, vital y brillante, aunque trate temas de vida o muerte”.
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