Poco metafórica y más directa. Así se podría definir a la ceremonia de clausura de los Juegos Olímpicos número 30 de la historia, desarrollados en –quizá– la capital del mundo que más conserva su esencia ante el avance de la globalidad. Y ese fue uno de los grandes mensajes de la ceremonia de clausura que el domingo pasado, desde las 10 de la noche, hora británica, mostró al mundo: que es uno de los grandes polos desde los que se ha definido toda una cultura popular que ha permeado por años y acompañado a gran parte de los ciudadanos del mundo.
La música es un elemento clave de eso. Entonces, es difícil aguantar la sinergia olímpica y no seguir pensando en términos de competencia. Pero si hubiera medallero en cuestiones como la producción musical –como dijo ayer el periodista Richard Williams, del diario The Guardian– el Team GB británico habría recibido una medalla más.
Bastó con escuchar a Emeli Sandé y Our House de Madness, la primera banda de rock que sonó en esa representación de un día cualquiera en la ciudad de los pubs (A day in the life de los Beatles, que por cierto, también sonó). Además, la enorme rueda gigante llamada London Eye y el Big Ben fueron instrumentos musicales de percusión. Todo fue música, luego todo fue cultura pop. Hasta Winston Churchill, que se apareció entre las edificaciones. Eso como previa de un bombástico y recargado despliegue musical. Es lógico y era previsible: es de Londres de donde viene gran parte de la música que ha marcado la banda sonora de la vida de varias generaciones llegadas al mundo.
La suma de los artistas fue lo que terminó de definir a la clausura de los JJOO como el evento musical del año. Fue su articulación con el desarrollo de la ceremonia y la cotidianidad londinense expresada en mini coopers, taxis ingleses, monumentos y política lo que la volvió irrepetible. Fue en ese escenario –el del mundo, diría Shakespeare– en el que Londres encontró la manera de decirle al mundo que es una ciudad única. Que es la mejor de todas.
Lo del domingo fue el colofón de un festejo que el Team GB comenzó unas horas antes: Adidas, proveedor de ropa del equipo, armó un video en el que varios medallistas cantaban Don’t stop me now, de Queen, como forma de festejar la tremenda participación del equipo (terceros en el medallero global).
La ostentación (musical y además deportiva) continuó durante toda la ceremonia: la sofisticación y modernidad vigente de los (¿veteranos?) Pet Shop Boys se dio la mano con One Direction, el nuevo producto de las grandes factorías de boybands del Reino Unido. De ahí al flechazo de Ray Davies con Waterloo Sunset y así de ahí en adelante. Todo convive: géneros, personalidades y estilos.
Aun más notorio fue que algunos artistas se contagiaran de la fiebre olímpica. Sin ir más lejos, las Spice Girls fueron uno de los picos altos de la fiesta y Liam Gallagher cantó Wonderwall para una audiencia realmente masiva por primera vez desde que Oasis dejó de existir como banda.
Otros artistas (o sus egos) resistieron incluso ante la posibilidad de tocar en una fiesta de los cinco anillos, hoy día uno de los símbolos a los que pocos dicen que no. Pese a lo conjeturado, los miembros de Pink Floyd no se reunieron, los Rolling Stones declararon no estar en forma como para tocar todavía y se especuló con el estado de salud del reverenciado David Bowie (“si Bowie no apareció en un paquete de eventos en el que hasta la reina accedió a tirarse en un paracaídas con un vestido rosa algo anda mal”, dijo el periodista del Guardian). La prensa inglesa, quizá acostumbrada a tener a todos esos artistas a la mano, definió a la fiesta como “más cacofónica que sinfónica”.
Al estilo del clásico programa de TV Top of the pops o los especiales de Jools Holland que hoy pueden verse en HBO, la música en vivo se fue sucediendo. A continuación, O2 elige los momentos claves de esta fiesta.
Himnos y reencuentros en una despedida olímpica
La ceremonia de clausura de los Juegos Olímpicos ofreció un pastiche musical que intentó reflejar tanto la historia como la actualidad. Los infaltables homenajes, el regreso de divas del pop y los eternos rockeros fueron parte de la celebración. Como toda mezcla de estilos, tuvo momentos fuertes y de los otros.
Para no olvidar. Dos de las más importantes figuras de la música inglesa tuvieron su momento en la ceremonia. Freddie Mercury se hizo visible gracias a la tecnología, proponiendo un juego de interacción entre el cantante (en 3D) y su público. El momento de encuentro con los clásicos (“Eo, eso”). Si bien este fue uno de los momentos más altos de la ceremonia, lo arruinó un poco la interpretación de We Will Rock You con los miembros de Queen. John Lennon también apareció mientras sonaba Imagine, mientras la imagen de su rostro se armaba a partir pequeñas piezas.
El regreso del Girl Power. Spice Girls, grupo ícono de los 90´, que ayudó a rejuvenecer la imagen de Inglaterra hacia el mundo, volvió a los escenarios sin necesidad de demasiado despliegue. Lo importante eran sus personajes y sus famosos gritos, que repitieron. Fue una vuelta triunfal con Wannabe y Spice Up Your Life.
El coro popular. Con su nueva agrupación Beady Eye, Liam Gallagher se encargó de hacer cantar al estadio entero con el himno más importante de Oasis: Wonderwall. Incluso se pudo ver a la atleta estadounidense Lolo Jones cantando efusivamente a coro.
Electrónica psicodelia. El DJ Fatboy Slim subió a escena precedido por el actor Russell Brand interpretando I Am The Walrus de The Beatles. Luego de ese momento lisérgico, los mayores éxitos del DJ sonaron mientras un pulpo de neón se infló sobre el escenario. Cultura electrónica británica, otro producto de exportación mundial.
Homenaje fallido. Además de meca de la música, Reino Unido también lo es de la moda. Al ritmo de Fashion de David Bowie –era la segunda vez que se lo homenajea en las celebraciones olímpicas aunque no apareció– se pudo ver a modelos como Kate Moss y Naomi Campbell vestidas por diseñadores locales. La pequeña introducción protagonizada por Bowie solo produjo confusión e hizo desear que apareciera el mismísimo Duque Blanco sobre el escenario.
La tendencia radial. Los nuevos talentos tuvieron un gran papel protagónico en esta celebración. Así como en la apertura el rapero Dizzie Rascall tuvo su momento de gloria, aquí la cantante Jessie J apareció cantando la innecesaria y excesiva cantidad de cuatro canciones, acompañada por los también novatos Tinie Tempah y Taio Cruz. Emeli Sandé repitió su participación para estas celebraciones, siendo responsable de abrir y cerrar la primera parte, sin provocar demasiada emoción. Si bien Muse no son para nada nuevos, intentaron aportarle una visión moderna a la canción olímpica, también sin demasiado éxito. Su show solo logró enfatizar la redundante grandilocuencia de su canción Survival.
Los clásicos. Al igual que The Kinks, The Who, fue una de las bandas que forjó la cultura popular inglesa. Ellos en particular formaron parte de la cultura mod, que fue representada durante la interpretación de Pinball Wizard (un tema de ellos) por los Kaiser Chiefs. Por su parte, Townshend y Daltrey (acompañados por Zak, el hijo de Ringo Starr en batería) realizó el clásico Baba O’Riley y un medley que culminó con el infaltable e icónico My Generation. Por su parte, Pink Floyd tampoco faltó. O al menos, no faltó del todo, porque Wish You Were Here fue tocado por el joven Ed Sheeran junto a un miembro original de la banda, el baterista Nick Mason.
Pop y más pop. Si la organización no pudo conseguir a Elton John, el siguiente en la lista tenía que ser George Michael. Su pegadizo éxito Freedom ‘90 tuvo sentido en la ceremonia. No así su segunda canción, White Light, que pareció forzada dentro de la lista.
Hola, años 80. Los representantes más importantes del ska en Reino Unido, Madness, interpretaron su mayor éxito, Our House, que incluyó a su saxofonista colgado de un arnés. Otra banda, pero de tecnopop, Pet Shop Boys, hizo lo propio con West End Girls. Momento de baile en Stratford al comienzo de la fiesta.