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La pantalla está negra. De pronto, una voz con gran acento italiano pronuncia en inglés: “I believe in America. America has made my fortune…”. Una luz cenital dibuja una cara, la cara de quien acaba de comenzar a hablar. Un sutilísimo movimiento de cámara hacia atrás dibuja la cabeza pelada del hombre de bigotes y del que en la oscuridad reinante solo divisamos el cuello blanco de su frac, casi como un personaje de un cuadro de Franz Hals.

A medida que la cámara retrocede, se escucha la violenta historia de cómo tres jóvenes golpearon y violaron a la hija del hombre que está hablando. De a poco, comienza a aparecer la mano y el hombro de quien lo escucha. El hombre pide justicia por su hija, quiere que quienes la golpearon paguen por lo que hicieron, pero no pronuncia la palabra mágica de fidelidad hacia esa presencia que lo escucha, lo envuelve con su oído, con su mirada, acaricia un gato en su falda y maneja los hilos de la situación. Finalmente el hombre le dice: “Godfather”, inclina la cabeza y le besa la mano.

Los primeros segundos de Marlon Brando en El padrino son tan geniales que dan hasta asco. Determinan el resto de la película, plantean al personaje, perfilan la estructura del poder, fundan la trama del destino de la famiglia, un hilo de sangre filial y derramada, de pasaje de generaciones.

Ayer se cumplieron 40 años exactos del estreno de El padrino en Estados Unidos. Para toda la historia del cine, hay un antes y un después de ese inicial: “I believe in America”. Ese fue el principio de un mito que cuatro décadas después sigue generando fanáticos.

Como aniversario de un filme que mantiene una vigencia pavorosa, la sala del Alfabeta recibe a partir de hoy la obra maestra de Francis Ford Coppola. ¿Se puede rechazar esta seductora propuesta? La respuesta, obviamente, es no.

Mojón de mojones
El padrino generó una nueva forma de concebir el cine: el lenguaje –el ítaloamericano–, con la fuerza del guión del escritor Mario Puzo, la música de Nino Rotta, la fotografía de Gordon Willis. Y el elenco, de quien el sabio Stanley Kubrick dijo que era el mejor que había visto en la historia de Hollywood: Brando a la cabeza como jefe, un joven y casi debutante pero poderoso Al Pacino, un austero Robert Duvall, el explosivo James Caan, el discreto John Cazale y la ingenua Diane Keaton. Lo increíble es que El padrino consigue todo esto como homenaje reformulado del cine gansteril de las décadas de 1930 y 1940.

Sus frases de cabecera, que se esgrimen entre los fanáticos, integran un decálogo mafioso que trasvasa el ámbito del cine: “Le hice una propuesta que no pudo rechazar”, “Esto no es personal, es negocio”, “Tienes que tener a tus amigos cerca pero más cerca a tus enemigos”.

La película genera un grado de adhesión casi futbolero. ¿Alguien cae mejor que Don Vito en el atentado? ¿Alguien recibe mejor los tiros que Sony en el peaje? ¿Hay en el cine algún asesinato mejor que el del chofer, cuando Clemenza está orinando y le pide al asesino que no olvide el canoli? ¿Quién ha dado un tiro mejor que el que mata a Virgil Solozzo? En definitiva, ¿se ha filmado una película mejor que esta?

Para los que son más jóvenes que la película y nunca la vieron en el cine, esta es la gran oportunidad de verla en sus dimensiones originales. Para los que pudieron admirarla en aquel lejano marzo de 1972, es la oportunidad de volver a las salas. Lleven pañuelos.
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