Uno pela papas y otro lava zanahorias. A otro le toca estar atento al agua que está hirviendo sobre la cocina. Y otro ya va sirviendo el postre en las bandejas. A las 12 se sirve el almuerzo. Ese día tocaba ensalada fría y lentejas. Se sirvió puntualmente porque ya había hambre en el cuadro. Esta rutina no difiere a la de cualquier comedor pero en esa cocina de jóvenes uniformados de rojo y negro se cuecen muchas habas. Quienes trabajan en Gastrocoop son discapacitados motrices e intelectuales que ya no recuerdan lo que pensaban al inicio: que trabajar por su cuenta iba a ser una utopía.

Gastrocoop es contratada a través del Mides y dirige hoy tres cantinas con una plantilla de 36 personas. Atienden el comedor Tarará Prado, un centro que brinda alojamiento a los usuarios de la Administración de los Servicios de Salud del Estado (ASSE) del interior que llegan para atenderse en el Hospital de Ojos Saint Bois por un lado y por otro la atención de personas en situación de vulnerabilidad social. Además, tienen a su cargo la cantina del Hospital Policial y el comedor de la fábrica de tubos y accesorios plásticos Nicoll en La Paz. Cada lugar impone sus propios desafíos.

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María Eugenia Menda tiene 27 años. Hace 20 que perdió una pierna por un cáncer. “No hubo más remedio”, dijo sin resignación. En 2007 formó una cooperativa gastronómica con otros discapacitados motrices e intelectuales egresados del Instituto Psicopedagógico Uruguayo (IPPU). Al principio fue ayudante de cocina y hoy está al frente de la gestión del comedor del centro Tarará Prado. “Es muy gratificante que nos podamos valer por nosotros mismos”, expresó a El Observador. Este trabajo le sirvió para independizarse y formar una familia. Como en el caso de la mayoría de sus compañeros es su primer empleo.

La cantina abre a las 6 de la mañana y cierra a las 10 de la noche y trabajan alli 10 personas. La elaboración del menú debe atender las necesidades particulares de los pacientes. Sin sal para los hipertensos y los pacientes renales, sin azúcar para los diabéticos y todo bien digerible para los que ellos llaman pacientes “blandos”, es decir, aquellos sin dientes. “Los veteranos saben cómo comprarte. Los diabéticos son re pillos”, bromeó Menda. Pero no tienen chance. Los cocineros siguen a rajatabla las indicaciones de la nutricionista. Los alimentos dulces y salados están separados en heladeras distintas y hay carteles que recuerdan las cantidades exactas de las preparaciones, por ejemplo, solo 25 gramos de café por cada litro de agua.

En Tarará Prado se elabora desayuno, almuerzo, merienda y cena para 70 pacientes, en promedio por turno, aunque se ha llegado a atender a 120.

El horario de atención en la cantina del Hospital Policial también es extenso para cubrir las 3.500 personas que circulan a diario por las instalaciones. Y, además, está abierta al público todos los días del año. La atienden nueve cooperativistas. Pero el ajetreo es mayor en la fábrica Nicoll, donde 10 cocineros preparan las cuatro comidas de 150 obreros y el último turno cierra a las 2 de la mañana. Allí no hay ningún “blando” y la comida debe ser más suculenta. “Nada de lechuguita. Dame un puchero”, se río Sandra Da Silva, coordinadora de Gastrocoop, sobre las exigencias de los obreros.

El camino de Da Silva, también discapacitada motriz, fue similar al de Menda, aunque su primera experiencia laboral fue cajera en un comercio. Al entrar a Gastrocoop arrancó pelando papas. Hoy dirige la cantina del Hospital Policial y coordina el proyecto “Alternativa de Vida” en IPPU, financiado por la Unión Europea, para ayudar a otros discapacitados a formar su propia cooperativa. “Darse cuenta que hay otras personas con otras limitantes y tratar de ayudarlos a salir adelante es lo más reconfortante. Yo crecí en Gastrocoop”, manifestó.

Da Silva, de 30 años, ya superó sus propias metas, pero tiene otro reto por delante. Es miembro de una nueva comisión del PIT-CNT, que será oficialmente lanzada el martes 20, que busca que el compromiso de las empresas para que “les abran las puertas” a los discapacitados. Otro objetivo es que el Instituto Nacional de Empleo y Formación Profesional (Inefop) fomente su capacitación e inserción laboral.

Los sueldos de los cooperativistas están por encima del promedio del rubro gastronómico. El peón de cocina gana $ 11.220 (nominales), el ayudante $ 12.475 y el cocinero percibe $ 15.079. Todos realizan aportes patronales. “Es nuestro compromiso dar la posibilidad de que puedan trabajar por un sueldo digno, que no sean explotados”, afirmó Da Silva. El dinero proviene del Mides y el INDA proporciona los productos para la cocina. No obstante, muchas veces se tiene que echar mano a los ahorros para comprar electrodomésticos nuevos.

A Roberto Solís, fundador de Gastrocoop y chef supervisor, no le importan las restricciones. “La sociedad todavía no ha aceptado que ellos pueden, pero vale la pena jugársela por esta gente”, señaló.
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