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"Hablé con un miembro de una banda de 19 años en Manchester que le acababa de propinar un cabezazo a un policía, y con un chico de 15 años en Glasgow que estaba a la espera de un juicio por desfigurar para siempre a otro adolescente con un palo de golf. Ninguno de los dos tenía padre”. Gavin Knight, escritor inglés y autor de estas líneas, trabajó dos años junto a la Policía en los barrios más marginados del Reino Unido. Y, tal como abundan los ejemplos por estos días, intentó ilustrar como las causas últimas de la violencia que se disparó en Londres el sábado 6 no responden a un único factor, sino a muchos, y que no se trata de un fenómeno de hoy, sino que se remonta años atrás.

Abril de 1980, Saint Pauls, Bristol. La Policía efectúa una redada en un café en el corazón de la ciudad y el alboroto no tarda en llegar. Entre la tensión social y el altísimo índice de desempleo, todo acaba con un día y medio de violencia y 130 arrestos.

Abril de 1981, Brixton, Londres. En el barrio de mayoría negra, que acumulaba un sinfín de problemas sociales y económicos, un negro es apuñalado y miles llegan a la escena antes que la Policía. Cinco mil terminan participando en los enfrentamientos y 365 personas resultan heridas.

Pasan los años, y los disturbios, y de vuelta Brixton, Londres. En diciembre de 1995 la historia se repite: muere un joven negro, esta vez, mientras estaba en custodia policial. Cientos de personas se enfrentan con las autoridades y más de 20 terminan tras las rejas.

Con un salto de más de 15 años la situación cambia y se tensa con la introducción de un recorte millonario en el Estado. En noviembre de 2010, Walter Oppenheimer, corresponsal de El País madrileño en Londres, decía de la marcha de estudiantes contrarios al plan de ajustes recién aprobado por David Cameron: “la protesta quizá sea el germen de un movimiento más amplio y que hasta ahora ha cristalizado en acciones concretas aquí o allá”. Y, como germen que fue, hoy creció hasta convertirse en una enorme y violenta planta.

Por esos meses, el Estado de bienestar británico había abandonado las características que le concedían tal nombre para convertirse en un país con medio millón de puestos públicos menos y con viviendas sociales más caras, de acuerdo a la crónica de Oppenheimer. Y todo esto para alcanzar la ansiada reducción del gasto público de 21.600 millones de euros al año.

Más cerca en el tiempo, en los últimos días de junio de este año, los funcionarios del Estado se rebelaban contra los recortes y Cameron afrontaban su primera huelga en el sector público.

Dos meses más tarde, Londres ardió.

La llama se encendió en Tottenham con la muerte de un joven de 29 años, y padre de cuatro, a manos de la Policía el jueves 4. Los vecinos, devastados por la pérdida e indignados por la investigación más oscura que clara del caso, salieron a protestar de forma pacífica frente a la comisaría del barrio el sábado 6.

No se sabe cuándo ni cómo, esa noche pasó a la historia como el comienzo de los disturbios más violentos en la historia moderna de Londres.

Hoy, la justicia trabaja sin descanso y ya ha procesado a 800 de los más de 1.600 detenidos –la mitad son menores de edad– y Cameron volvió de la Toscana italiana, como el resto de los parlamentarios que también acortaron sus vacaciones de verano, para reunirse más de una vez con su comité de crisis, sacar 16 mil policías a las calles y arremeter contra el uso de Twitter. Hoy, ya son cinco los muertos como consecuencia de la violencia; son millones los daños por los incendios y saqueos y son miles los londinenses que salieron a las calles a barrer los destrozos ajenos.

Un uruguayo, Horacio Bolz, todavía recuerda las sirenas y los ruidos de helicópteros que sintió desde su apartamento en las tardes del lunes y del martes.

Bolz, de 19 años, solo tiene un mes y medio en Londres. Mientras estudia música en un instituto local vive en Islington, a pocas cuadras de la estación King´s Cross y es fiel un representante, entre cientos, de cómo, durante los días de furia, la paranoia se apoderó de la ciudad.

Lo más cerca que llegó a estar de los disturbios fue a cinco minutos a pie, pero eso no evitó que una de las primeras noches casi durmiera en la escuela, con la prohibición de abandonar las instalaciones hasta las 9 de la mañana del día siguiente. Para su suerte, eso no sucedió.

Andrea Solari es de Montevideo y el jueves pasado cumplió un mes en tierras británicas. La estudiante de la Universidad Católica de Uruguay asegura que en las calles de lo único que se habla estos días es de los disturbios. La gente puede aparentar estar tranquila y en calma, pero el tema de las revueltas está siempre presente.

En lo personal, más allá de algún que otro metro demorado o el encontronazo con varias tiendas cerradas, no vivió demasiados sobresaltos. Pero eso no evita que esté en un estado de alerta permanente, porque con cualquier persona con la que entabla la más insignificante conversación, siempre termina con un nuevo motivo para no bajar la guardia. Y el boca a boca termina funcionando como un germen del miedo.

“Por ejemplo: el otro día llegué a mi residencia y uno de los chicos me cuenta que vio en la calle como un auto paraba en un semáforo, se bajaba uno de los que iban adentro y le pegaba en la cara a una persona de los que estaba esperando en la esquina. Después se subía al auto y se iba. La verdad que quedé helada con ese cuento y al día siguiente, cuando me subí al metro, agarré el diario y leí un titular que decía ‘Un conductor mata a tres personas que se protegían de los disturbios y se da a la fuga’. Me quedé sin palabras”, cuenta Solari a El Observador.

A Scott Burton, un londinense de 25 años, los disturbios lo encontraron bastante cerca, pero, “por razones obvias”, eligió no arrimarse demasiado. Sí se acercó a los barrios más desvastados en los días siguientes al estallido de violencia, cuando eso parecía “una zona de guerra”: “edificios desvastados por el fuego, ventanas rotas, calles enteras bloqueadas”.

Pero no todo es miedo e incertidumbre entre los testigos de la violencia. Christine Parreno nació en el Reino Unido hace 20 años, hija de padres filipinos. Estudiante de Literatura Inglesa en el King’s College de la capital inglesa, se reconoce parte de una “minoría étnica, pero eso jamás afectó mi vida como londinense”.

La joven destaca como “en la misma zona que 200 personas ocasionaron estragos, 500 aparecieron con palas y escobas para limpiarlos”. Sí, no borra el daño ni paga los gastos, pero es algo. Y resume, casi a modo de moraleja: “Creo que, aunque estos días fueron horribles, esto va a unir más a los londinenses y va a alimentar nuestro sentido de comunidad”.
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