Uruguay nació sin moneda propia

Una historia del dinero en Uruguay (III)

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25 de octubre de 2017 a las 05:00

La Constitución de 1830, la base institucional de Uruguay hasta 1918, dispuso que a la Asamblea General competía "justificar el peso, ley, y valor de las monedas; fijar el tipo y denominación de las mismas, y arreglar el sistema de pesas y medidas". También debería aprobar la creación y el reglamento de los bancos que se establecieran en el territorio.

Para ser elegido diputado se requería, entre otras condiciones, "un capital de cuatro mil pesos (unos 280.000 dólares de hoy), o profesión, arte u oficio útil que le produzca una renta equivalente"; y para acceder al Senado se exigía "un capital de diez mil pesos (700.000 dólares), o una renta equivalente, o profesión científica que se la produzca". Era un voto censitario o calificado, según las tendencias más democráticas de entonces, que imponía restricciones por posición socio-económica, educación y sexo, antes del voto universal del siglo XX.

El país inició su andadura independiente sin moneda propia y sin bancos. La moneda de referencia era el peso duro español de plata, que equivalía a 2.000 reales (reis) brasileños y a 0,213 libras esterlinas. Poco a poco en América se generalizó la denominación "peso" para las monedas locales, en tanto en España se optó por llamar "peso duro" o simplemente "duro" a la unidad monetaria.

El país inició su andadura independiente sin moneda propia y sin bancos. La moneda de referencia era el peso duro español de plata, que equivalía a 2.000 reales (reis) brasileños y a 0,213 libras esterlinas

Durante el primer gobierno de Fructuoso Rivera, que se extendió entre 1830 y 1834, se prohibió la circulación de las monedas de cobre provenientes de Brasil y del papel moneda de origen argentino. Como se vio en el capítulo anterior de esta serie, los billetes del Banco de Buenos Ayres, o Banco Nacional, habían provocado un desastre inflacionario. Sin embargo la escasez de circulante de pequeño valor hizo que se autorizara de nuevo a circular cobre bonaerense, incluso resellado con un símbolo nacional y con otro valor.

El 29 de abril de 1835 el Estado uruguayo, ya bajo el gobierno de Manuel Oribe, realizó la primera emisión de bonos de deuda pública, que compraron capitalistas particulares. Ningún banco se interesaba entonces por los papeles de un país nuevo, minúsculo y frágil, probablemente destinado a desaparecer.

Una ley del 14 de junio de 1839, ya bajo el segundo gobierno de Fructuoso Rivera, encomendó la acuñación de moneda de cobre de baja denominación. Al año siguiente, un decreto prohibición la acuñación y circulación de "señas de lata" emitidas por comerciantes, que suplían la escasez de monedas chica en diversas zonas del país. Pero ese tipo de efectivo nunca dejó de circular.

Monedas a gusto del consumidor

La creación de una moneda nacional fue un asunto nada urgente en medio de la precariedad general. El país no la necesitaba. Montevideo era un pequeño emporio de comercio internacional y podía proveerse de lo que quisiera. Se adoptó moneda ajena, según el deseo del público, o bien la preferida por el Estado y sus acreedores para realizar sus transacciones. Algo similar ocurría en ciudades comerciales, como las de la Liga Hanseática del norte de Europa, y ocurre hoy en países como Zimbabue, El Salvador o Ecuador, que abandonaron sus monedas soberanas después de graves procesos inflacionarios, y de hecho o de derecho adoptaron otra, como el dólar estadounidense, que no puede ser alterada por sus dirigentes políticos —aunque deban aceptar la depreciación de la moneda sustituta—. De forma explícita o implícita, quienes tomaron esa decisión, y quienes ahora la mantienen, aceptan que, al fin, un Estado con moneda ajena puede ser tan o más soberano que otro con dinero propio corrompido.

La gradual sofisticación financiera de los ciudadanos ha ampliado considerablemente las opciones de transacción, ahorro y crédito. De hecho, la dolarización de Uruguay para todas las transacciones de cierta importancia —electrodomésticos, automóviles, viviendas, honorarios— fue el resultado de décadas de inflación elevada y devaluaciones abruptas, con la expropiación e imprevisibilidad que implican. El dólar es una mala medida de valor y de ahorro, pues ha depreciado mucho desde 1971, cuando Estados Unidos abandonó su conversión en oro; pero de todos modos tiene mejor historia que el peso uruguayo.

El Estado uruguayo no emitió billetes de papel hasta 1875, cuando lo hizo una efímera Junta de Crédito Público, pero más claramente hasta 1887, cuando comenzó a operar el Banco Nacional, también fugaz, con capital público y privado.

Durante las primeras décadas de vida independiente el circulante fue metálico: cobre, aleaciones, plata, oro. Se utilizaba moneda argentina, brasileña o española, incluso algunas fabricadas localmente. Las compra-ventas más importantes, o el comercio exterior, solían pactarse en metales preciosos, en monedas de oro y plata de países como Estados Unidos, España y Francia, o en libras esterlinas, la moneda de Gran Bretaña.

El célebre naturalista inglés Charles Darwin, quien estuvo en Uruguay un par de veces entre 1832 y 1833, recorrió una estancia de dos leguas y medias de superficie (5.827 hectáreas), ubicada entre la desembocadura del río San Juan y el Río de la Plata, el sitio de la actual estancia presidencial San Juan de Anchorena. Su dueño le dijo que pretendía por ella algo más de 2.000 libras esterlinas de entonces —no otra moneda—, incluyendo en el precio su casa rústica, sus "excelentes corrales", sus montes y aguadas y sus 3.000 vacunos, 950 yeguarizos y 600 ovinos.

En general no hubo inflación en las primeras décadas de la independencia uruguaya; los precios siguieron el promedio internacional, que fue leventemente decreciente en esa era (deflación).

Los bancos privados que se instalaron después de la Guerra Grande (1839-1852) libraban billetes que las personas aceptaron según su confianza en el emisor, y que —como respaldo— eran canjeables por oro. La desconfianza y los excesos de emisión provocaron "corridas" y decretos de curso forzoso (inconvertibilidad de los billetes en oro) por cierto plazo, lo que alimentaron aún más la suspicacia ante el papel.

Los desastres de las guerras

Pese a las guerras casi constantes, Montevideo siguió siendo un puerto comercial muy activo y de creciente población durante las primeras décadas del siglo XIX. Por su puerto se exportaban básicamente millones de cueros de vacunos y yeguarizos. Los cueros uruguayos también salían por la frontera seca con Brasil, hacia Rio Grande do Sul, al igual que el ganado en pie y el tasajo.

El puerto de Montevideo recibía muchos productos de Gran Bretaña, que estaba a la vanguardia de la Revolución Industrial, en particular hierro, loza, platos de estaño, cubiertos, cuerdas, cerveza, carbón, muebles, perfumes, cueros curtidos y artículos de talabartería. De Estados Unidos se importaban tablas de pino, pinturas, sillas, brea y alquitrán, melaza, te y harinas, entre otros bienes. De España y otros orígenes europeos provenían vinos, brandy, pasas de uva, vinagre, papel, aceitunas y aceite de oliva, en tanto de Brasil se importaban esclavos, azúcar, arroz, tabaco, café, arpillera, fariña y maderas.

Los impuestos eran bajos durante la dominación luso-brasileña y tras la independencia uruguaya (arancel aduanero promedio de 15% en 1829 y un máximo de 25%), aunque, inevitablemente, el comercio exterior se mostró muy sensible a los vaivenes políticos y militares.

Después de casi dos décadas de guerras de independencia, los primeros años de vida de la República Oriental del Uruguay fueron tumultuosos. El gobierno de Fructuoso Rivera iniciado en octubre de 1830 debió lidiar con varios levantamientos encabezados por Juan Antonio Lavalleja. Manuel Oribe, presidente constitucional desde 1835, al año siguiente enfrentó la rebelión de Rivera. Oribe cayó en 1838 y en marzo de 1839 el nuevo presidente, que no era otro que Rivera, declaró la guerra a Juan Manuel de Rosas, gobernador de Buenos Aires —quien se alió con Oribe.

La Guerra Grande, un conflicto civil uruguayo mezclado con una guerra civil argentina, se extendió hasta 1851 y liquidó la economía uruguaya. Los vacunos y yeguarizos casi se extinguieron, el comercio se redujo a lo indispensable (salvo para quienes lucraron con el abastecimiento a los ejércitos) y Montevideo hipotecó desde las plazas públicas y las calles hasta las rentas de Aduana, incluyendo el mismísimo edificio de la Aduana.

"Nada de agricultura; los ricos campos de cría desnudos; se podían recorrer decenas de leguas sin encontrar una res; el país era un verdadero cadáver político, económico y financiero", escribió entonces el brasileño Irineu Evangelista de Sousa, quien más tarde recibió el título de barón de Mauá.

Próxima nota: Las primeras monedas metálicas uruguayas y la llegada de Mauá, un liberal masón enviado por el emperador de Brasil

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