Vivir y morir de cine en Uruguay
El cine uruguayo atraviesa una época eufórica de producciones, de premios y de estrenos. Pero, ¿qué piensan los propios creadores? El Observador habló con algunos sobre su trabajo hoy.
El 12 de junio pasado, El Observador entrevistó al cineasta uruguayo Rodrigo Plá con motivo del estreno de su última película, la galardonada La demora. En un tramo de la charla, Plá —que ha vivido muchos años en México— manifestó su intención de salir de Uruguay para volver a filmar porque en las actuales condiciones de producción y desarrollo pasaría mucho tiempo antes de que volviera a estrenar una obra suya. El título de su filme se vuelve desde esta perspectiva un mensaje irónico.
“Sé que si me quedo acá no vuelvo a filmar en años”, confesó Plá en aquella ocasión. El motivo es claramente económico. La demora fue una coproducción: los fondos nacionales (públicos) para la película fueron solo de US$ 120 mil. El resto provino de Francia y México. “Mi esposa y yo vivimos de esto. Con La demora cobramos de manera profesional, pero no sabemos cuándo volverá a pasar eso aquí. Tenemos que asegurarnos una producción para vivir tres años con nuestra familia, que es lo que dura hacer una película”, dijo Plá.
A partir de esta situación particular, El Observador indagó en las experiencias de otros directores de cine uruguayos con su trabajo, con sus formas de subsistir en el oficio y sus horizontes, filmando en el país o en el exterior.
El productor y guionista Fernando Epstein, los directores Guillermo Casanova, Álvaro Brechner y Germán Tejeira, y el documentalista Juan Ignacio Fernández Hoppe opinaron sobre cómo y dónde realizar una compleja vocación vital que implica procesos largos, trabajo en equipo y visibilidad masiva para que funcione.
Financiar una idea
“Cuando se me ocurre una historia automáticamente la pienso en un lugar, y eso no es reemplazable. Es distinto en la publicidad o en los servicios de producción. Mis historias hasta ahora ocurren en Uruguay. El único problema de eso es que estamos en un país con una población de 3 millones, y el costo promedio de una película está muy por encima de lo que puede recaudar si sólo contamos la taquilla local, dice Álvaro Brechner, director de Mal día para pescar y actualmente embarcado en su segundo proyecto de largometraje.
“Nunca me fui de Uruguay para hacer cine, ni tampoco me lo planteé. Plá hizo su carrera junto con (Laura) Santullo (su esposa) en México. Yo la hice acá y sé lo que significa”, dice Guillermo Casanova, director de El viaje hacia el mar.
“Las ideas que me motivan para trabajar en un proyecto tienen que ver con nuestro contexto, no me interesa hacer un película que no tenga que ver con aquellas cosas que siento cercanas, en ese sentido, la principal ventaja de rodar en Uruguay es que, justamente, lo que quiero contar podría suceder aquí”, dice Germán Tejeira, quien filmó una versión de El hombre muerto de Horacio Quiroga y trabaja en la productora Raindogs.
Si los guionistas (que en muchos casos son los mismos directores) imaginan historias ambientadas en Uruguay, la producción necesita el dinero para rodarlas, editarlas y estrenarlas. En general, esa financiación surge de fondos públicos, que otorga tanto el Fondo Nacional del Audiovisual (Fona) como el Instituto del Cine y el Audiovisual (Icau).
“Un ambiente chico como Uruguay se transforma en un problema, porque hay una gran dificultad para armar los jurados. Difícil que alguno no esté ligado de algún modo u otro a un proyecto, entonces la selección se hace muy complicada”, dice Fernández Hoppe, director del documental Las flores de mi familia, que para su producción recibió dinero público y aportes privados.
El formato uruguayo de producción hace que este proceso sea muy largo.
“Para mi segunda película hace ya siete años que estoy intentando hacerla. Pero no me quejo, a las reglas de juego las respeto”, agrega Casanova.
A veces, como en el caso de La demora, se trató de una coproducción donde ingresaron fondos de otros países.
“Al igual que la mayoría de la gente que conozco haciendo cine en Uruguay nuestros proyectos tienen que hacerse en un sistema de ‘financiamiento por etapas’ que significa: busquemos la plata para filmar, y luego con lo filmado y editado se busca dinero para terminar la película, terminar de pagar sueldos, etcétera. Este sistema no es para nada recomendable desde el punto de vista financiero porque implica el riesgo de quedar por el camino. Sin embargo, si los cineastas uruguayos esperaran por tener el 100% del financiamiento antes de rodar, entonces sin duda no habría casi cine uruguayo”, opina Fernando Epstein, productor de películas como 25 Watts y Whisky, entre otras.
A propósito de este reportaje, El Observador se comunicó con el director Pablo Stoll, quien prefirió no hacer públicas sus opiniones.
Vivir: un concepto ambiguo
Consultados ante la pregunta de si es posible vivir del cine en Uruguay, algunos entrevistados tomaron cierta distancia sobre esta definición.
“¿Vivir del cine? Poder hacer cine en Uruguay me parece ya de por sí un milagro”, responde Brechner. “Creo que se tienen que dar resultados muy positivos a lo largo de mucho tiempo para que eso suceda. Los salarios de los productores, guionistas y directores, casi siempre se ubican en la línea ‘aportes’ del plan financiero”, dice Epstein.
Otros fueron más directos. “Hay meses que no tengo un peso, pido plata prestada y luego la devuelvo. Hay veces que tengo bastante pero gasto de acuerdo a ese plus que tengo. La vida del trabajo siete días a la semana, jornadas interminables, aumenta el rubro taxis, comida comprada, mala vida”, confiesa Fernández.
Esto hace que mucha gente vinculada al cine tenga trabajos afines. Epstein edita trabajos para otros y da talleres de montaje. Fernández dirige cortos institucionales, escribe guiones, edita publicidad. Casanova también hace edición en su productora La Vorágine.
Quedarse o irse
Uruguay puede ser un país que en muchos sentidos expulse a sus creadores, en este caso cineastas. Pero las cosas nunca son tan sencillas como irse a otro país. Hay familias y vínculos que dependen de quienes hacen cine, hay ideas y hasta trasfondos filosóficos que influyen en las decisiones.
“A veces fantaseo con irme a vivir a Buenos Aires y tener una vida llena de agitación vital y cultural y escapar de la inercia y el estado semi moribundo de esta ciudad, pero después pienso: “estoy atado para bien y para mal a cierta cosa indefinible que impregna la emoción y la angustia de lo que necesito ir sacándome de arriba en las películas. Tal vez esa cosa indefinible tenga que ver con esta penillanura. ¿Cuáles son las ventajas y desventajas de vivir en Uruguay? ¿Cuáles son las ventajas y desventajas de hacer cine? ¿Filmar es precioso, vivir no? No lo sé”, se pregunta y se responde Fernández.
“Como ves, nada es fácil, nunca lo fue ni lo será. Igual está bueno, porque por algo seguimos haciendo cine”, concluye Casanova.