El 7 de junio, en Madrid, más de un millón de personas, según los organizadores, fueron a la misa que León XIV celebró en Cibeles, y muchas no llegaron ni cerca del altar. Las calles de alrededor se llenaron de grupitos apiñados en torno a alguien que sostenía el teléfono en alto. Un cronista de un diario describió lo que se veía en esas pantallas, un Papa chiquito y pixelado, con el reflejo del sol encima y un sonido que llegaba tarde. También contó que mucha gente grababa sobre todo para poder mostrar después que había estado ahí.
El viernes 6 ese mismo Papa llega a Montevideo. Va a estar en la Plaza Independencia y en la Catedral, y el sábado en Paysandú, en Casavalle y en una vigilia en el Centenario. El domingo reza en Florida frente a la Virgen de los Treinta y Tres y esa misma tarde cruza a Buenos Aires, donde se queda hasta el miércoles 11 con paradas en Córdoba y en Luján. Es la primera visita de un Papa a Uruguay desde 1988, y para Argentina la primera desde 1987. El gobierno argentino calcula que unos siete millones de personas van a participar de alguna de las actividades.
Lo miro desde Buenos Aires con una sensación rara. Francisco nunca volvió a su país como Papa, y una generación entera de argentinos creció esperando una visita que no llegó. El que viene ahora es un norteamericano con ciudadanía peruana que fue obispo de Chiclayo. Igual la expectativa es enorme, y lo más probable es que la mayoría de los que vayan a Luján o a Palermo lo vean a través de una pantalla, la gigante que pongan los organizadores o la propia.
Uruguay lo recibe con una particularidad que los uruguayos conocen de memoria y que al resto de la región todavía le sorprende. Es el país donde el 25 de diciembre se llama oficialmente Día de la Familia y la Semana Santa es Semana de Turismo. Monseñor Milton Tróccoli, presidente de la Conferencia Episcopal, dijo que espera una recepción cálida a pesar de esa fuerte tradición laica, y probablemente tenga razón. A una visita así va mucha gente que no reza. Va porque quiere estar ahí y poder contarlo después.
Ahí aparece la paradoja que se vio en Madrid. Uno hace cola y aguanta horas parado para estar presente, y en el momento justo pone un teléfono entre sus ojos y lo que vino a ver. Termina mirando en una pantalla de seis pulgadas lo mismo que podría haber visto en la tele de su casa, con mejor imagen. El video queda en la galería mezclado con miles de otros y casi nunca se vuelve a abrir. Lo que uno fue a buscar, que era estar ahí, queda en segundo plano.
Hace tiempo que hablo de actos contraalgorítmicos, gestos chicos que van a contramano de lo que las plataformas esperan de nosotros. Bajar el celular durante una misa multitudinaria es uno de los más fáciles que se me ocurren. Las redes premian al que sube el video primero, y la memoria se arma con lo que uno miró sin intermediarios. El mismo Papa que en mayo dedicó su primera encíclica a la inteligencia artificial, y que advirtió ahí contra la idea de reducir a las personas a sus datos, va a pasar frente a miles de teléfonos levantados. Me parece que la manera más sencilla de tomarse en serio esa advertencia, crea uno o no, es mirarlo.
Tampoco hace falta ponerse purista con esto. Un video corto para la abuela que no pudo ir es un gesto de cariño, y probablemente sea lo más lindo que se haga con un teléfono ese fin de semana. Lo que propongo es invertir el orden que se vio en Madrid, mirar primero y grabar un poco después, o grabar un minuto y guardar el teléfono en el bolsillo hasta que termine.
En 1987, cuando Juan Pablo II dio misa en Tres Cruces, nadie tenía un teléfono para filmarla, y en Montevideo todavía hay gente que la cuenta con lujo de detalles. De aquella visita quedó la Cruz del Papa, que sigue en el mismo lugar. De esta van a quedar millones de videos, y estaría bueno que también queden algunos recuerdos de gente que estuvo ahí mirando.