Ni la derecha campea a su anchas por el continente y las izquierdas se baten en retirada, ni los oficialismos están destinados al fracaso, ni los favoritos suelen ganar todas las carreras.
La reelección de Lula Da Silva contra casi todos los pronósticos en la segunda vuelta de las elecciones brasileñas no solo es una muestra del enorme animal político que es el líder del Partido de los Trabajadores (PT), sino que al sur del gigante norteño a sus aliados ideológicos les dan rienda para celebrar, aunque no mucho, y a sus adversarios les avisa que les conviene aceptar que casi nada está escrito en piedra.
Lula dio vuelta la tendencia continental y ese eco es un alivio para el Frente Amplio, que mantiene a un aliado fundamental cuando parecía que iba a quedar huérfano de amigos en esta parte del mundo, y una advertencia para una Coalición Republicana que a veces parece hipnotizada por las encuestas que hunden al gobierno de Yamandú Orsi en muy bajos niveles de popularidad.
Aunque el Frente Amplio no sea el PT brasileño, aunque en sus filas no exista nadie ni parecido a Lula, la izquierda uruguaya ha mostrado una capacidad de reacción que convierte cualquier triunfalismo en un error de cálculo peligrosísimo.
Esa mirada apurada acerca de las posibilidades del Frente Amplio de repetir gobierno tuvo su espejo luego de que Flavio Bolsonaro le ganara la primera vuelta a Lula. Tras aquel domingo, la oposición le dio duro a Orsi por haber mostrado su simpatía por un candidato que ya daban casi derrotado. “El viraje a la derecha de América Latina es un dato de la realidad. La izquierda tiene a todo el mundo cansado, harto, hastiado y frustrado”, dijo entonces el senador Sebastián Da Silva.
La noche de la segunda vuelta, el ánimo del parlamentario blanco era otro. “A las izquierdas no las podemos subestimar. Nosotros subestimamos a Orsi, Bolsonaro subestimó a Lula”, dijo Da Silva desde Río de Janeiro en contacto con el streaming Todo un Tema de El Observador.
Antes del triunfo de Lula, su correligionario Javier García había advertido también en TUT acerca de los peligros del triunfalismo en la Coalición Republicana.“(Hay quienes dicen) Con Luis en la que viene estamos del otro lado. Esto está definido. No es partido. Ojo, no está bien el triunfalismo. Es un tremebundo error político. Si vos pensás que un partido político como el Frente Amplio, que ganó cuatro veces las elecciones, es un partido que no tiene gente inteligente y poder de reacción, no conocés nada de la vida”, señaló García.
También es innegable que, con una frecuencia insólita, la propia izquierda uruguaya parece empeñada en convertirse en su mayor contendiente. Sus batallas internas y los contrapuntos de sus principales referentes están a la vista de todos. Cada dos por tres el presidente Orsi tiene que observar cómo sus propios compañeros le enmiendan la plana en público y debilitan su imagen.
Dentro del Partido Nacional hay quienes no creen posible ni probable que el gobierno del Frente Amplio pueda rearmarse, dar vuelta la pisada y enfrentar con éxito a un Lacalle Pou al que esperan como si fuera el mesías. Dentro del Partido Nacional hay quienes no creen posible ni probable que el gobierno del Frente Amplio pueda rearmarse, dar vuelta la pisada y enfrentar con éxito a un Lacalle Pou al que esperan como si fuera el mesías.
Es cierto que el enojo de sus propios votantes y la baja popularidad que el gobierno recoge en las encuestas son razones como para envalentonar al adversario.
Pero la izquierda uruguaya no es una suma de simpatizantes que se junta cada cinco años a pegar afiches y colgar pasacalles. Es una estructura entrelazada con el tejido social, sindical, estudiantil y cultural. Tiene un volumen militante temible y una gran capacidad para procesar derrotas. Como dijo García, pensar que sus victorias del pasado fueron fruto de un mero accidente es de una ingenuidad pasmosa.
Sin embargo, fuentes nacionalista reconocieron que dentro del partido hay quienes no creen posible ni probable que el gobierno del Frente Amplio pueda rearmarse, dar vuelta la pisada y enfrentar con éxito a un Lacalle Pou al que esperan como si fuera el mesías. “Y no son dirigentes sin experiencia los que te lo dicen; hay muchos dirigentes con trayectoria que creen que las elecciones que vienen son un trámite”, dijo un operador blanco.
Para esos dirigentes dormidos en futuros laureles, la victoria de Lula debería representar un tremendo sacudón. Porque hay una enorme distancia entre lo que arrojan los números y la compleja construcción de una mayoría a tres años de los próximos comicios.
A la Coalición Republicana le conviene, más que mirarse el ombligo, empezar a pensar en un proyecto conjunto que informe a los uruguayos cuál es la verdadera alternativa que ofrecen. ¿Cuál es la vuelta de tuerca que le darán a una situación de inseguridad pública que tiende a agravarse? ¿Qué harán con los salarios, con la pobreza, con la falta de inversiones?
Porque cuando la política se reduce a esperar el colapso ajeno, se corre el riesgo de que colapse la propia estrategia. Y la resurrección de Lula en menos de treinta días confirma que de los cementerios políticos suelen levantarse difuntos prematuros.