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Por Claudio Epelman, director ejecutivo del Congreso Judio Latinoamericano

Hace un par de días, la Universidad de la República decidió cancelar un curso que sería impartido por el profesor Alberto Spektorowski, tras recibir críticas de estudiantes que lo catalogaron de "sionista" y "apologista" de Israel. Este acto de censura es un claro retroceso en los principios de libertad académica y el debate crítico que deberían imperar en las instituciones educativas.

El caso que vivimos esta semana en Uruguay no es, tristemente, un hecho aislado, sino que se hace eco de la preocupante violencia antisemita que está ganando terreno en algunas de las más destacadas universidades de los Estados Unidos. La gravedad de estos acontecimientos ameritó, en esas latitudes, el repudio del propio presidente Joe Biden.

Entre las reflexiones que leí al respecto la del Patriarca Latino de Jerusalem, Cardenal Pierbattista Pizzaballa, me parece una de las más acertadas: "Las universidades son lugares donde el diálogo y el intercambio cultural, incluso cuando se vuelve difícil y acalorado, debe ser completamente abierto, donde el compromiso con ideas fuertes que son completamente diferentes, debe expresarse no con violencia, ni con boicots, sino sabiendo cómo involucrarse en la conversación".

La universidad debería ser un espacio donde el laicismo, la diversidad de opiniones y el debate robusto no sólo sean tolerados, sino fomentados. Donde los estudiantes puedan aprender a intercambiar ideas, a veces antagónicas, sobre la base del respeto y la argumentación, pero jamás a través de la censura. Cerrar las puertas al diálogo y al entendimiento mutuo a través de acusaciones que no buscan más que silenciar, no contribuye a la educación ni al desarrollo intelectual. Enfrentar las opiniones contrarias mediante la censura es un enfoque equivocado que solo profundiza la división y el desconocimiento.

Es crucial recordar que el debate y la discrepancia son esenciales para el avance del conocimiento, y el conocimiento es la base fundamental para el crecimiento de toda civilización. La universidad debe ser un refugio seguro para explorar, cuestionar y debatir ideas, no un campo de batalla donde se silencian las voces. El caso de Spektorowski es un claro ejemplo de cómo los prejuicios y la falta de voluntad para escuchar pueden corroer los cimientos mismos de nuestras instituciones educativas, hasta llegar a corroer la base de nuestras propias civilizaciones. Es hora de defender la integridad académica y promover un entorno donde todas las voces sean escuchadas con respeto.

Temas:

Facultad de Humanidades Israel Alberto Spektorowski Universidad de la República

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