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Empiezo por el número grande. En los primeros seis meses de 2026 se invirtieron 510.000 millones de dólares en startups de todo el mundo. Es un récord y nunca antes se había movido tanta plata en tan poco tiempo. Pero ese no es el dato que importa.

El dato que importa es que dos empresas, OpenAI y Anthropic, se quedaron con 217.000 millones. El 43% de todo el capital de riesgo del planeta fue a parar a dos nombres. Lo publicó Crunchbase esta semana. Y cuando lo leí tuve que releerlo, porque cuesta procesar la escala. Esas dos empresas juntas recibieron en seis meses más plata que todo el ecosistema global de startups durante el año entero de 2019.

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Standard Oil tardó décadas en dominar el petróleo. La electricidad tardó una generación en llegar a las casas. Internet necesitó veinte años para volverse masivo. Acá hablamos de dos compañías que acumularon una porción salvaje del dinero mundial en cuestión de años. La concentración es más rápida que cualquier cosa que haya pasado antes en la economía de la tecnología.

Y si ampliás el foco, el cuadro es todavía más marcado. Todo el sector de inteligencia artificial, sumando los laboratorios, la infraestructura, las aplicaciones, se llevó entre el 65 y el 70% del capital de riesgo del semestre. De cada 10 dólares que un inversor puso en una startup en el mundo, 7 fueron para algo con IA. Los otros 3 se los repartieron: la biotecnología, la energía, la defensa, la salud, la robótica y todo lo demás junto.

Poné este dato al lado de otro que ya comenté acá hace unas semanas. Un informe de Microsoft mostró que solo el 17,8% de la población mundial en edad laboral usó IA generativa. Menos de una de cada cinco personas.

Ahí está la foto completa. Casi la mitad de la inversión del mundo va a una tecnología que la mayoría del planeta todavía no usa. La plata corre a una velocidad. La gente, a otra mucho más lenta. ¿Y eso qué tiene de malo? Depende de a quién le preguntes.

Cuando tanto dinero se junta en tan pocas manos, las decisiones sobre el futuro de una tecnología las toma un grupo diminuto. Unos fundadores. Unos fondos. Unos directorios en California. Ellos definen qué modelos se construyen, con qué valores se entrenan, quién puede acceder. Los demás recibimos las herramientas ya hechas y usamos lo que nos habilita. Este año quedó claro que hasta eso puede cortarse con una carta.

Hay una consecuencia de la que casi nadie habla. La montaña de plata que reciben estas empresas viene con una factura. Un inversor que puso miles de millones quiere ver retorno. Ese apuro por rentabilizar empuja a lanzar más rápido, a recortar más gente, a automatizar más procesos, a mirar menos las consecuencias. La velocidad del dinero se contagia a la velocidad del desarrollo. Y la prudencia, que necesita años, siempre pierde contra la urgencia, que se mide en trimestres.

Nosotros, acá, somos una nota al pie. América Latina genera el 14% de las visitas globales a plataformas de IA y recibe el 1,12% de la inversión mundial. Usamos todo con entusiasmo. No financiamos nada, no construimos nada, no decidimos nada. Somos clientes. Buenos clientes. Mientras dos empresas del norte se reparten la mitad del capital del mundo, en la región seguimos debatiendo si conviene usar ChatGPT en el laburo.

Me quedo con una duda. Una industria donde dos empresas concentran la mitad de la plata disponible, ¿qué tecnología termina construyendo? ¿Una que sirva a la mayor cantidad de gente, o una que justifique la inversión más grande de la historia? Por un tiempo las dos cosas caminan juntas. Después chocan. Y cuando chocan, todos sabemos cuál gana.

La plata nunca fue neutral. Elige qué se hace, para quién y con cuánto apuro. Este semestre eligió fuerte. Y no nos preguntó nada.

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