Hace dos semanas, Microsoft publicó su informe global de difusión de IA. Lo leí entero. Es el tipo de documento que las tecnológicas sacan con muchas ganas y que después nadie lee más allá del titular. El titular decía que la adopción de IA sigue creciendo. El dato que estaba adentro decía otra cosa: solo el 17,8% de la población en edad laboral del mundo usó un producto de IA generativa en el primer trimestre de dos mil veintiséis. Menos de uno de cada cinco.
Eso quiere decir que más del ochenta por ciento de las personas que podrían usar esta tecnología nunca la tocaron. Ni ChatGPT, ni Gemini, ni Claude, ni Copilot. Nada. Y mientras tanto, no hay panel, conferencia, diario, podcast ni conversación de ascensor que no hable de la IA como si ya estuviera en todas partes. Yo mismo doy charlas sobre esto en varios países. Y el dato me frena.
Los números del informe son reveladores cuando los mirás de cerca. Emiratos Árabes lidera con el setenta por ciento de su población activa usando IA. Singapur le sigue con sesenta y tres. Después vienen países europeos, chicos: Noruega, Irlanda, Dinamarca, todos arriba del cuarenta. Estados Unidos, el país que fabrica la IA, que tiene las empresas, los modelos, los chips y el capital de riesgo, está en el puesto veintiuno con un treinta y un por ciento. Fuera del top veinte. El país que construye la revolución no es el que más la usa. Eso debería hacernos pensar.
Visual Capitalist publicó ayer un mapa global con estos datos. La imagen es dura. El Norte Global tiene un veintisiete punto cinco por ciento de adopción. El sur, quince punto cuatro. La brecha se está ampliando, no cerrando. Cada trimestre que pasa, los países que más usan IA avanzan más rápido que los que menos la usan. La promesa de que la IA iba a democratizar el acceso al conocimiento, por ahora, es exactamente eso. Una promesa.
¿Y nosotros? América Latina tiene una relación con la IA que parece activa pero es superficial. Un reporte de CEPAL presentó el índice ILIA de dos mil veinticinco, que mide la madurez de la IA en la región. Chile, Brasil y Uruguay son los "pioneros", con más de sesenta puntos. Argentina está un escalón abajo, como "adoptante". Suena bien hasta que mirás la letra chica: solo el veintitrés por ciento de las organizaciones latinoamericanas genera algún valor económico con IA. Y solo el seis por ciento genera un valor significativo. Eso es un informe del Foro Económico Mundial con McKinsey. Seis por ciento. El noventa y cuatro por ciento restante está probando, mirando, evaluando, o directamente no haciendo nada.
Hay otro dato de CEPAL que me parece fundamental. América Latina representa el catorce por ciento de las visitas globales a soluciones de IA. Pero recibe el 1,2 por ciento de la inversión global en IA. Usamos las herramientas que otros construyen con plata que no es nuestra. Consumimos IA como consumimos Netflix. Y la brecha entre usar y producir se agranda cada año.
Once de cada diecinueve países analizados en la región no tienen un solo programa de doctorado en inteligencia artificial. Trece de diecinueve no integraron habilidades de IA en la educación básica. Brasil y México concentran el sesenta y ocho por ciento de los investigadores activos. Si les sumás Argentina, Chile y Colombia, llegás al noventa por ciento de las publicaciones científicas. El resto mira de afuera.
Acá cerca, en marzo de este año, Santander y Visa hicieron el primer piloto de comercio agéntico en la región. Agentes de IA compraron libros de forma autónoma en Argentina, Chile, México y Uruguay, y chocolates en Brasil. La nota de prensa celebraba "un momento definitorio para el comercio en América Latina". A mí me costó encontrar una sola persona que se hubiera enterado.
Me detengo acá un segundo. Porque yo me dedico a esto. Doy charlas sobre tecnología, escribo columnas, doy clases en un MBA sobre tecnologías emergentes. Y la burbuja informativa en la que vivo me hace creer que todo el mundo sabe lo que es un modelo de lenguaje. Que ya probaron ChatGPT. Qué entienden más o menos de qué va esto. El dato de Microsoft me baja a tierra. Diecisiete punto ocho por ciento. Esa es la realidad. El resto de la conversación pasa en un círculo muy chico en el que se habla a sí mismo.
Lo más interesante del informe es un dato que parece contradictorio pero tiene lógica. Los desarrolladores de software en Estados Unidos están en su máximo histórico de empleo: dos millones doscientos mil, un 0,85 por ciento más que el año anterior. Los git pushes, que son los cambios de código que los programadores suben a sus repositorios, crecieron un setenta y ocho por ciento interanual a nivel global. Es decir: la IA todavía no está reemplazando programadores. Los está haciendo más productivos. Más código, más rápido, con la misma gente o más. Eso, por ahora, es una buena noticia. La pregunta es cuánto dura.
Porque hay un patrón en la historia de la tecnología que se repite y que siempre nos agarra distraídos. Primero, la nueva herramienta te hace más productivo. Tu jefe ve que hacés más con lo mismo. Después, tu jefe entiende que si vos hacés más con lo mismo, tu compañero de al lado sobra. Y ahí empieza la segunda fase. Dorsey ya la empezó. Benioff ya la empezó. Todavía estamos en la transición entre la fase uno y la fase dos. Y esa transición, históricamente, dura menos de lo que uno cree.
Mientras tanto, el ochenta y dos por ciento del mundo sigue sin usar inteligencia artificial. Y el debate global, las inversiones, las políticas públicas, los despidos, las columnas como esta, todo gira alrededor de algo que la enorme mayoría de la humanidad nunca probó.
No digo que la IA no sea transformadora. Creo que lo es. Lo veo todos los días en mi trabajo, en mis clases, en las empresas con las que laburo. Pero hay una distancia enorme entre lo que la IA puede hacer y lo que la IA efectivamente está haciendo a escala global. Y esa distancia se parece mucho a la que había entre internet en mil novecientos noventa y siete y la internet masiva de dos mil diez. Trece años. Todo el mundo sabía que iba a cambiar el mundo. Y tenía razón. Pero los tiempos de la adopción real son más lentos, más desiguales y más desordenados de lo que el relato de Silicon Valley quiere admitir.
La próxima vez que alguien te diga "la IA ya está en todos lados", acordate del número. Diecisiete punto ocho. Menos de uno de cada cinco. Y si mirás desde Montevideo, desde Buenos Aires, desde cualquier ciudad del Sur Global donde la brecha digital ya era un tema antes de que apareciera esta nueva capa, la foto es todavía más incompleta.
La revolución de la IA es real. Pero por ahora se está dando en una burbuja. Y las burbujas, cuando son de tecnología, a veces crecen mucho antes de tocar el mundo real. La pregunta que me hago, y que te dejo, es si esta vez va a ser distinto. O si vamos a repetir el patrón de siempre: unos pocos deciden, muchos miran, y los que están más lejos llegan últimos.