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Cada vez que ocurre un episodio grave de violencia en el fútbol uruguayo, la discusión pública vuelve automáticamente al mismo lugar: más policías, más operativos, más cámaras, más controles y más sanciones. Y aunque muchas de esas herramientas son necesarias, la realidad demuestra que seguimos llegando tarde y que seguimos atacando solamente las consecuencias mientras evitamos discutir las causas más profundas del problema.

Porque la crisis que vive el fútbol uruguayo no es únicamente un problema de seguridad. Es también una crisis de conducción, de autoridad y de responsabilidad institucional. Y en esa discusión los dirigentes tienen una responsabilidad central que muchas veces queda disimulada detrás del ruido mediático o de la necesidad de apagar incendios urgentes. Hay algo que como sociedad no podemos seguir naturalizando: que grupos de hinchas ingresen a vestuarios para presionar jugadores, entrenadores o dirigentes. Eso no puede pasar nunca más. Y no puede relativizarse dependiendo del club involucrado, del resultado deportivo o del contexto emocional del momento. Porque cuando una institución pierde el control de algo tan básico como el acceso a un plantel profesional, el problema deja de ser solamente un exceso de algunos individuos y pasa a transformarse en una señal gravísima de deterioro institucional.

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Además, hay una comparación muy sencilla que permite entender la gravedad del asunto. Si una persona se enoja por el mal funcionamiento de un servicio o por el rendimiento de trabajadores en una empresa privada, no puede ingresar a una fábrica para apretar empleados. No puede entrar a una oficina para amenazar trabajadores. No puede irrumpir en un espacio laboral para exigir resultados a través de la intimidación.

Para eso existen responsables institucionales, jerarquías, mecanismos de representación y conducción. ¿Por qué entonces en el fútbol se termina tolerando algo que sería completamente inaceptable en cualquier otro ámbito de la vida? ¿Por qué se naturaliza que determinados grupos puedan acceder a espacios reservados, presionar futbolistas o condicionar decisiones deportivas? ¿En qué momento empezamos a aceptar que la violencia otorga legitimidad o capacidad de influencia? La respuesta incómoda es que durante mucho tiempo el sistema del fútbol convivió con determinadas lógicas ambiguas. Muchas veces por miedo, otras por conveniencia y otras simplemente por incapacidad de enfrentar conflictos internos. Pero cuando las instituciones ceden autoridad frente a grupos organizados, lo que termina debilitándose no es solamente la seguridad: se debilita la propia gobernabilidad del club. Y esto excede largamente a un cuadro determinado.

Es un fenómeno que atraviesa al fútbol uruguayo en general. Existe una enorme mayoría de hinchas que quiere ir a la cancha, alentar, descargarse emocionalmente durante noventa minutos y volver tranquila a su casa. La inmensa mayoría no quiere violencia, no quiere enfrentamientos ni quiere vivir el fútbol desde el miedo. Sin embargo, muchas veces esas mayorías quedan condicionadas por minorías mucho más organizadas, visibles y agresivas, que terminan ocupando espacios de poder informal dentro de los clubes y las tribunas. Ahí es donde los dirigentes tienen que asumir un rol mucho más firme y mucho más claro. Porque conducir no es solamente administrar un presupuesto, contratar jugadores o ganar elecciones internas. Conducir también implica poner límites, ejercer autoridad y defender la institucionalidad incluso cuando eso genera tensiones. Y el gran problema es que durante años el fútbol uruguayo fue perdiendo capacidad de conducción.

A veces por temor a conflictos internos. A veces porque determinados grupos lograron acumular capacidad de presión. A veces porque existió la idea equivocada de que “es mejor convivir” antes que enfrentar ciertas situaciones. Pero la experiencia demuestra exactamente lo contrario: cada vez que las instituciones ceden espacios frente a dinámicas violentas, esos espacios después son mucho más difíciles de recuperar. Ahora bien, también sería un error enorme analizar el problema únicamente desde una lógica represiva. Así como no puede permitirse que grupos violentos condicionen el funcionamiento institucional de los clubes, tampoco puede pasar que se termine reprimiendo indiscriminadamente a personas que solamente intentan retirarse tranquilamente del estadio.

No puede ser normal ver niños, personas mayores o familias enteras atrapadas en situaciones de tensión mientras intentan volver a sus casas. La convivencia también implica proteger a quienes van al fútbol en paz. Porque cuando una persona que no participó de ningún incidente termina viviendo corridas, gases, golpes o situaciones de miedo simplemente por estar saliendo de una tribuna, el sistema también está fallando.

Y ahí aparece otra discusión importante: la necesidad de construir protocolos modernos de desconcentración, prevención y gestión de multitudes que tengan como prioridad cuidar a la enorme mayoría pacífica. La seguridad democrática no puede funcionar desde la lógica del “todos son sospechosos”. Tiene que ser inteligente, focalizada y profesional. Tiene que identificar violentos reales sin convertir el espectáculo entero en un escenario de confrontación permanente entre hinchas y policías. También sería un error creer que esto se arregla solamente con listas negras eternas o medidas puramente punitivas. Claro que quienes cometen delitos tienen que ser sancionados y apartados. Eso es obvio.

Pero si el único enfoque es prohibir y expulsar, el problema nunca termina de resolverse estructuralmente. Uruguay necesita empezar a discutir medidas modernas e inteligentes vinculadas a convivencia en el deporte. Y eso implica también pensar mecanismos graduales de responsabilidad y reinserción. A modo de ejemplo, podrían existir instancias de “pre ingreso” a listas restrictivas, donde determinadas personas involucradas en incidentes menores o reiterados tengan la posibilidad de levantar medidas mediante participación obligatoria en talleres de convivencia, prevención de violencia y cultura deportiva, además de tareas comunitarias vinculadas al deporte y a otros clubes. Porque el mensaje tiene que ser claro: si querés seguir siendo parte del espectáculo, también tenés responsabilidades con el espectáculo.

La lógica no debería ser solamente expulsar personas del sistema, sino también intentar reconstruir convivencia y generar herramientas para modificar conductas antes de llegar a sanciones permanentes. En muchos casos, trabajar sobre integración, responsabilidad y pertenencia puede ser más efectivo a largo plazo que medidas puramente represivas que terminan generando más resentimiento y más confrontación. Eso no significa ingenuidad ni permisividad. Significa entender que los fenómenos complejos requieren respuestas complejas. Y que una política moderna de convivencia deportiva debe combinar control, prevención, inteligencia, sanción y reeducación. Porque el fútbol no puede seguir funcionando bajo una lógica donde el más violento es el que obtiene más poder. Y además hay otro problema de fondo que pocas veces se discute: la pérdida de autoridad legítima no ocurre solamente dentro de los clubes.

Es un fenómeno más amplio que atraviesa distintos ámbitos de la sociedad uruguaya. Vivimos en una sociedad cada vez más tensionada, más fragmentada y con mayores dificultades para aceptar límites. El fútbol muchas veces termina siendo simplemente el lugar donde esas tensiones explotan de forma más visible.

Por eso sería ingenuo creer que la violencia en el fútbol se resuelve únicamente en la cancha. Se necesita coordinación entre clubes, AUF, Estado, actores sociales y políticas de convivencia mucho más integrales. Se necesita profesionalizar seriamente la gestión de seguridad deportiva, incorporar inteligencia, tecnología y planificación, pero también recuperar algo que parece haberse debilitado enormemente: la idea de autoridad institucional. Porque cuando la autoridad desaparece, siempre aparece alguien dispuesto a ocupar ese vacío. Y en el fútbol uruguayo hace tiempo que algunos vacíos empezaron a ser ocupados por dinámicas cada vez más peligrosas. La violencia no puede seguir siendo parte del paisaje habitual del fútbol. No podemos acostumbrarnos a que ir a la cancha implique tensión permanente.

No podemos aceptar como normal que familias dejen de asistir a los estadios. No podemos permitir que jugadores, entrenadores o dirigentes trabajen bajo amenaza o presión constante. Y sobre todo no podemos seguir tolerando que grupos de hinchas ingresen a vestuarios como si eso fuera una extensión lógica de la pasión futbolera. No lo es. Eso no es pasión. Eso es pérdida de límites. Y cuando una sociedad pierde límites básicos de convivencia, lo que termina deteriorándose no es solamente el fútbol, sino también la calidad democrática y la capacidad de convivencia colectiva. El fútbol uruguayo todavía está a tiempo de corregir muchas cosas. Pero para hacerlo necesita dirigentes con capacidad de conducción, instituciones más fuertes y una decisión colectiva de dejar de convivir con lo intolerable. Porque el día que el miedo termina gobernando al fútbol, el fútbol deja de pertenecerle a la gente.

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