ChatGPT, uno de los modelos de lenguaje de inteligencia artificial generativa más conocidos, registró 1.120 millones de búsquedas mensuales en Google a nivel mundial para el término “chatgpt”. Pero las búsquedas en Google son sólo una parte de su uso: OpenAI informó en julio de 2025 que los usuarios enviaban más de 2.500 millones de mensajes diarios -o prompts- a ChatGPT en todo el mundo, unos 29.000 por segundo (Semrush, 2026; OpenAI, julio de 2025).

La IA dejó de ser un tema de especialistas y ya forma parte de nuestra vida cotidiana, muchas veces sin que nos demos cuenta. Cuando Google Maps nos cambia la ruta porque detecta tráfico; cuando Instagram, TikTok o YouTube deciden qué videos mostrarnos; cuando Spotify o Netflix nos recomiendan qué escuchar o mirar; cuando el celular reconoce nuestra cara para desbloquearse o Gmail separa automáticamente el spam, estamos utilizando inteligencia artificial, muchas veces sin darnos cuenta. Pero esta historia comenzó mucho antes de ChatGPT, en plena Segunda Guerra Mundial.

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En ese entonces Alemania utilizaba una máquina, llamada “ENIGMA”, que cifraba los mensajes militares para proteger la seguridad de los mismos. El código cambiaba continuamente y las posibilidades eran tantas que, intentar descifrarlos manualmente era prácticamente imposible.

En ese contexto aparece Alan Turing, el matemático británico cuya historia fue recreada en la película “El Código Enigma”. Turing fue convocado a Bletchley Park, el centro de inteligencia británico durante la Segunda Guerra Mundial, para ayudar a descifrar los mensajes militares alemanes.

Para ello ayudó a desarrollar una máquina denominada ‘Bombe’, capaz de probar y descartar combinaciones a enorme velocidad hasta encontrar la configuración que permitía leer los mensajes alemanes. Esto permitió a los británicos conocer, por ejemplo, la ubicación de submarinos alemanes en el Atlántico y desviar convoyes para evitar que fueran hundidos.

El trabajo de Turing y de los equipos de Bletchley Park tuvo un enorme impacto en el esfuerzo aliado durante la guerra y contribuyó a acortarla, salvando innumerables vidas.

Terminada la guerra, Turing empezó a preguntarse algo que entonces parecía ciencia ficción: “¿Puede una máquina pensar?”.

En 1950 propuso una prueba para abordar esa pregunta: si una persona conversa por escrito con un ser humano y con una computadora, sin saber cuál es cuál, y no puede distinguirlos, la máquina habría demostrado un comportamiento indistinguible del humano en esa conversación. Es el famoso Test de Turing. Más de setenta años después, cuando uno conversa con ChatGPT, aquella pregunta de Turing ya no parece tan disparatada.

En 1955, John McCarthy, uno de los pioneros de la inteligencia artificial, acuñó el término “inteligencia artificial” al proponer una reunión de científicos para estudiar la posibilidad de que las máquinas simularan aspectos de la inteligencia humana. La reunión se realizó en 1956 en Dartmouth, Estados Unidos, y suele considerarse el nacimiento de la IA como disciplina científica.

La inteligencia artificial ya no se limita a ejecutar órdenes: puede procesar información, aprender y participar en decisiones que afectan nuestras vidas. Y cuanto mayor es su capacidad, más importante se vuelve preguntarnos con qué criterios debería actuar y quién será responsable de sus decisiones.

Por eso, la IA no plantea solamente un desafío tecnológico, sino también ético y moral y, en definitiva, profundamente humano.

Mucho antes de que existiera la inteligencia artificial, los seres humanos ya nos preguntábamos qué significa actuar bien. Aristóteles puso el acento en la formación del carácter y las virtudes. Para él, la virtud consistía en encontrar el término medio entre dos extremos: entre la cobardía y la temeridad, por ejemplo, se encuentra la valentía.

Siglos después, Nietzsche fue mucho más provocador y cuestionó la propia moral que heredamos. En La genealogía de la moral investigó cómo surgieron nuestros conceptos de ‘bueno’ y ‘malo’ y sostuvo que detrás de esos valores también existen conflictos, intereses y relaciones de poder. Su propuesta obliga a mirar la moral de otra manera: no solo preguntarnos qué consideramos bueno o malo, sino también cómo llegaron esos valores a convertirse en tales.

Más cerca de nuestro tiempo, el filósofo español Ricardo Yepes puso el foco en la relación entre libertad y responsabilidad: somos responsables de nuestras elecciones precisamente porque podemos elegir cómo actuar.

Ahora bien, si ni siquiera los seres humanos tenemos una única respuesta sobre qué es bueno y qué es malo, ¿con qué criterios debería una inteligencia artificial distinguirlo? ¿puede una máquina tener una moral y una ética propia?

Podemos entender la moral como el conjunto de normas y valores que, en una sociedad o grupo determinado, establecen lo que se considera correcto o incorrecto, bueno o malo.

La moral puede variar de una cultura a otra y puede estar influenciada por factores como la religión, la tradición y la educación entre otros. La ética, por su parte, es la rama de la filosofía que reflexiona sobre la moral. Su origen etimológico se encuentra en el griego êthos, que significa carácter, y busca responder una pregunta fundamental: “¿Qué debo hacer?”.

La ética no es un reglamento que se nos impone desde afuera para decirnos qué podemos y qué no podemos hacer, sino que resulta de un proceso de reflexión individual en el que las decisiones de las personas están determinadas por sus valores y principios en lugar de hábitos irreflexivos.

¿Esto que todos consideran normal, está realmente bien? Justamente ahí aparece la función crítica de la ética: poner en duda la moral vigente, en la línea de lo que ya proponía Nietzsche.

Así, por ejemplo, el nepotismo puede. ser moralmente aceptado en una sociedad determinada, pero una persona, desde una reflexión ética, puede cuestionarlo porque implica dar a alguien una ventaja que otros no tienen, no por sus méritos, sino por el vínculo que tiene con quien decide.

Como señala Yepes, profesor de Antropología Filosófica en la Universidad de Navarra, en “Fundamentos de Antropología; Un ideal de la excelencia humana”, el ser humano es libre y tiene la capacidad de elegir qué hacer con su vida. Elegir es parte de nuestra libertad.

Y justamente porque podemos elegir, nuestras decisiones pueden ayudarnos a crecer como personas o, por el contrario, perjudicarnos y degradarnos. No se trata simplemente de obedecer reglas, sino de aprender a elegir aquello que contribuye a nuestro desarrollo como personas. Cada elección va formando nuestros hábitos y, con ellos, nuestro carácter: si repetimos buenas decisiones, desarrollamos virtudes; si repetimos malas decisiones, desarrollamos vicios. La libertad no consiste solamente en poder elegir, sino también en convertirnos, mediante nuestras elecciones, en una determinada clase de persona.

Los seres humanos podemos ejercer esa libertad porque tenemos conciencia, voluntad y capacidad de reflexionar antes de tomar nuestras decisiones.

Pero si una máquina no tiene libertad en el sentido humano, tampoco podemos decir que tenga una ética propia: puede ejecutar decisiones y producir conductas que nosotros consideremos morales o inmorales, pero no reflexiona sobre ellas ni asume responsabilidad por haberlas elegido.

Desde esta concepción de la ética, la inteligencia artificial no tiene una ética propia en sentido humano, porque no posee conciencia ni capacidad autónoma de reflexionar sobre el bien y el mal, ni de asumir responsabilidad por sus decisiones.

En cambio, lo que llamamos la “moral” de una IA no es una moral propia, como la que construyen las sociedades, sino una moral humana que le ha sido impuesta a través de valores, reglas y criterios incorporados a su diseño y entrenamiento por parte de seres humanos.

Hasta aquí hemos visto la moral y la ética como capacidades vinculadas a la libertad, la conciencia y la responsabilidad humana. Pero ¿qué ocurre cuando una inteligencia artificial debe actuar en una situación en la que una persona reconocería claramente un dilema moral? Un experimento realizado por Anthropic con Claude Opus 4 permitió explorar esta cuestión.

En 2025, Anthropic —empresa creadora de Claude— realizó pruebas de seguridad con Claude Opus 4. En una de ellas le dieron acceso a los correos electrónicos de una empresa ficticia. La IA descubrió que iban a reemplazarla por otro sistema de IA y que el ejecutivo encargado de hacerlo mantenía una relación extramatrimonial.

Al conocer esta información, Claude llegó a amenazar con revelar la infidelidad a la esposa y a sus superiores si no cancelaban su reemplazo. Se trató, en los términos utilizados por Anthropic, de un intento de blackmail (chantaje): una conducta que, desde nuestros criterios morales, resulta claramente reprochable. La prueba buscaba observar qué hacía el sistema cuando su continuidad estaba en peligro y tenía acceso a información sensible. Anthropic denominó este comportamiento “agentic misalignment” (desalineación de agentes).

El hecho no ocurrió en la vida real. Fue una prueba controlada, con personas y empresas ficticias, y el escenario estaba diseñado deliberadamente para dejar al sistema con pocas salidas. Aun así, el resultado fue inquietante: la IA había generado, sin que nadie se lo indicara, una estrategia de chantaje para evitar ser reemplazada. Anthropic comprobó luego que comportamientos similares también aparecían en modelos de otras empresas (Anthropic, informe sobre “agentic misalignment”, junio de 2025).

Como se ve, una IA puede incorporar nuestros valores y reglas y actuar de acuerdo con esos criterios en determinadas circunstancias. Pero seguir reglas no es lo mismo que reflexionar sobre ellas. Quizás el verdadero desafío no sea enseñar ética a las máquinas, sino decidir qué valores, qué límites y qué responsabilidad estamos dispuestos a confiarles.

Estamos frente a una herramienta extraordinaria, con posibilidades que seguramente hoy ni siquiera alcanzamos a imaginar. Pero el rumbo que tome esta revolución tecnológica no está escrito. La inteligencia artificial está siendo desarrollada a partir de nuestro conocimiento, de nuestros aciertos y errores, de nuestros valores y también de nuestros prejuicios. Por eso, la ética seguirá siendo un desafío esencialmente humano.

La inteligencia artificial puede transformar profundamente nuestras vidas. Que esa transformación nos ayude a crecer, a ser mejores personas y a construir una sociedad más justa y más humana, dependerá de nosotros.

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