26 de octubre de 2026 14:08 hs

El pasado 24 de octubre se cumplieron diez años de la muerte de Jorge Batlle. Sobre el político y el presidente se ha escrito mucho. Yo no puedo escribir sobre ese Batlle. Lo conocí desde que nací y fue siempre algo muy parecido a un segundo padre. Por eso estas líneas no son un balance histórico: son una deuda de gratitud.

Jorge fue, antes que nada, un hombre de convicciones. De esas que no se negocian según la encuesta de la semana. Hay una frase suya que me acompaña desde hace décadas: la actividad política no se mide por sus resultados electorales, sino por los ideales que se persiguen. La dijo y, sobre todo, la vivió. Pagó costos enormes por decir lo que pensaba, y nunca lo vi arrepentirse de haber defendido una idea en la que creía.

Esa frase terminó siendo para mí una enseñanza de vida más que política. En la profesión, en la cátedra, en el Parlamento y en cada columna, intenté no medir el costo personal de defender lo que creo justo. No siempre es cómodo ni rentable. Pero cada vez que dudé, apareció su voz recordándome que la coherencia no se administra: se ejerce o no se ejerce.

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También aprendí de él un amor exigente por el Uruguay. A los jóvenes que estábamos cerca nos repetía que la ética de la responsabilidad y la honestidad intelectual y económica no eran virtudes que distinguían a unos dirigentes de otros. Eran apenas el piso. Un deber básico de cualquiera que dijera tener vocación de servicio público.

Y le agradezco, sobre todo, su generosidad para formar. Desde muy chico me exigió leer filosofía, economía y política, no para repetir autores sino para pensar con cabeza propia. Discutía conmigo como si mi opinión importara, y para un muchacho de esa edad eso no tiene precio.

Muchos nos reconocemos todavía como los del “pijama rojo”. Nos juntaba a jóvenes que íbamos a votar por primera vez, mate de por medio y en pijama rojo, para hablarnos del porvenir. Un hombre que ya era protagonista de la historia del país dedicaba sus mañanas a conversar con muchachos sobre el Uruguay que podíamos construir. No buscaba seguidores. Buscaba ciudadanos.

La última charla mano a mano fue en casa, una mañana, tomando mate, pocas semanas antes de que muriera. Me insistió en que le gustaría verme volver a la política. Le confesé que lo que me ilusionaba era llegar a ser presidente de Peñarol, y que eso era incompatible con la actividad política. Se rio y me dijo que ese iba a ser el único proyecto mío que no pensaba impulsar, fiel a su corazón tricolor. Pero enseguida agregó que me entendía, porque en la vida hay que dejar el alma para tratar de cumplir los sueños.

No llegó a ver ese sueño cumplido. Pero estoy seguro de que, desde el cielo, disfruta de algo que le importaba más: ver que en cada cosa que hago intento honrar los valores morales y la búsqueda de excelencia que me inculcó.

Querido Jorge: hoy te extraño, pero sobre todo te agradezco. Algún día nos volveremos a ver para seguir charlando de política y del país. Y para que te sigas riendo de cómo te imito la voz.

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