26 de octubre de 2026 14:40 hs

Cinco semanas antes de la primera vuelta, el Tribunal Superior Electoral de Brasil tuvo que resolver un problema que ningún tribunal del mundo había enfrentado con tanta urgencia. Flávio Bolsonaro había mostrado en la convención de su partido un avatar generado con IA de su padre, el expresidente preso, respaldando su candidatura. El avatar se presentaba como artificial, y ahí estaba la trampa para los jueces, porque las reglas contra la desinformación se apoyaban en la transparencia, y esa máquina era perfectamente transparente sobre su naturaleza mientras hacía hablar a un hombre que estaba en una celda. El tribunal votó 5 a 2 una definición de deepfake que abarca cualquier contenido sintético capaz de reproducir la imagen, la voz o el discurso de una persona viva, muerta o ficticia con grado de realismo, y con esa decisión Brasil se convirtió en el primer país que fue a elegir presidente con la IA bajo un reglamento explícito.

El reglamento se llama Resolución 23.755 y vale la pena leerlo con atención desde acá, porque es el único manual de este tipo probado en condiciones reales en nuestra región. Obliga a etiquetar todo contenido electoral creado o modificado con IA, prohíbe los deepfakes de candidatos y autoridades, y veda la publicación de material nuevo hecho con IA en las 72 horas previas y las 24 posteriores a la votación. Tiene además una regla que cuando la leí me pareció de ciencia ficción, la prohibición de que los sistemas de IA generativa recomienden o rankeen candidatos aunque el propio usuario lo pida. Nueve plataformas, entre ellas Google, Meta, OpenAI, TikTok, X, Telegram y Mercado Libre, tuvieron que entregarle a un tribunal planes de cumplimiento para 150 millones de votantes.

Lo que pasó después es tan instructivo como el reglamento. En los primeros 11 días de campaña el tribunal recibió 19 casos vinculados a IA, y en octubre una decisión judicial ordenó bajar un video de apoyo electoral producido con IA y publicado sin la etiqueta obligatoria. El etiquetado resultó la regla más incumplida de todas, según la propia Justicia Electoral. La regla de los chatbots mostró su límite de la manera más previsible, porque un estudio del instituto ITS Río encontró que 7 de los chatbots más usados en Brasil rankeaban candidatos en el 90% de sus respuestas, con prohibición y todo, ya que un modelo de lenguaje no sabe que está en campaña y todavía nadie encontró la manera de avisarle.

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Ayer domingo Lula ganó el balotaje con el 51,75% contra el 48,25% de Flávio Bolsonaro, después de perder la primera vuelta y con las dos encuestadoras más serias del país dándolo abajo el sábado. No voy a atribuirle el resultado a las reglas ni a sus agujeros, porque nadie puede medir eso con honestidad. Lo que sí se puede decir es que la elección más regulada de la historia en materia de IA terminó decidida por una remontada que ninguna encuesta vio y que ningún algoritmo anticipó, y eso dice algo sobre hasta dónde llega la manipulación digital y bastante más sobre lo mal que estamos midiendo a la gente que después va y vota.

Desde el Río de la Plata esto se lee con un calendario adelante. Argentina elige presidente en 2027 y Uruguay en 2029, y ninguno de los dos países tiene nada parecido a este manual, con lo que vamos a hacer campaña con las herramientas de la era de GPT-6 y con reglas pensadas para los afiches y la televisión. Escribí hace unas semanas que acá se desregula mientras allá se atan, pensando en Estados Unidos. Esta vez el que se ató al mástil fue el vecino de al lado, con 213 millones de habitantes y una Justicia Electoral que decidió escribir las reglas con tiempo, cuando todavía se podían discutir. Del manual copiaría mañana el etiquetado obligatorio con sanciones a las plataformas y el silencio sintético de las 72 horas, y aprendería también de lo que falló, porque la prohibición a los chatbots se incumplió 9 de cada 10 veces y la energía puesta ahí hubiera rendido más en hacer cumplir la etiqueta.

El avatar del padre preso me parece la imagen que resume la época. Durante toda la historia de la política, al que no podía estar lo representaba otro, un heredero o una cinta grabada. Ahora el ausente puede aparecer él mismo, con su cara y su voz, diciendo lo que el que lo convoca necesita que diga, y un tribunal tuvo que decidir si una máquina que admite ser máquina puede mentir. Esa pregunta va a llegar a nuestras campañas antes de que alguien la haya respondido, y el único país de la región que ya se la hizo en serio nos dejó un manual con sus aciertos y sus agujeros a la vista. Lo más razonable, me parece, es leerlo ahora, con tiempo, porque el día que un candidato argentino o uruguayo suba al escenario acompañado de alguien que ya no está va a ser tarde para empezar a discutirlo.

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