En el Palacio Peñarol, entre banderas que alternaban el tradicional rojo, azul y blanco con las consignas de los comités de base y el retrato tutelar de José Mujica, lo que verdaderamente se respiró fue el rotundo triunfo de la moderación.
La calma del Congreso de la izquierda del fin de semana del pasado 17 y 18, a casi dos años de comenzado el gobierno de Yamandú Orsi, parece augurar que en los tres años que aún quedan por delante lo único que habrá de radical, acaso, serán las palabras.
Porque en esa asamblea tan cara para el FA, y pese a que se esperaban reproches de todos los colores debido a una gestión que tiene descontento a propios y ajenos, al final se habló de unidad y de marchar juntos y hacia adelante. Y aunque hubo alguna protesta en voz baja, las expectativas de que los militantes de izquierda pusieran en un aprieto a sus representantes exigiéndoles, y obteniendo, un giro hacia posiciones más afines a la tradición frenteamplista, esa expectativa, digo, se perdió en el viento junto con el humo de las parrillas con chorizos que esperaban afuera.
El reclamo y las mociones de los comités de base chocaron invariablemente contra las mayorías de los delegados del mayoritario Movimiento de Participación Popular (MPP), algo que era esperado, pero tampoco contaron con el aval de la dirigencia del Partido Comunista y Socialista, los sectores presuntamente más escorados hacia la izquierda.
Y aquellas propuestas que finalmente fueron aceptadas en el documento final llegaron tan diluidas que no representan un riesgo para que el presidente Yamandú Orsi y su ministro de Economía, Gabriel Odonne sigan transitando por el trillo del centro.
Hubo, por cierto, espacio de sobra para el desahogo. Las bases y los delegados se sacaron las ganas en los discursos, se dieron el gusto de aplaudir con ganas y ensayaron diversos tipos de propuestas, pero a la hora de las definiciones estratégicas primó la disciplina política más fría.
Como fue dicho, además de la pared levantada por el MPP o por los sectores históricamente moderados ante los intentos de los frenteamplistas de a pie, la clave de la jornada fue la actitud de los delegados del Partido Comunista y del Partido Socialista, quienes prefirieron no alzar la mano ante los planteos más audaces. La premisa que sobrevoló el Palacio Peñarol fue inequívoca: cuidar la gobernabilidad y no torpedear el rumbo macroeconómico.
Esa sintonía entre la estructura del partido y la gestión gubernamental tuvo su prueba de fuego en la propuesta impulsada por el Pit-Cnt de fijar un impuesto del 1% a los más ricos que fue recibida con una calurosa ovación y valorada conceptualmente en la declaración final como un aporte sustancial en la lucha contra la desigualdad y la pobreza infantil. Pero la bajada a tierra no dejó lugar a especulaciones.
El Frente Amplio redactó un informe final en el que con un menos que tibio “valora”, evitó respaldar abiertamente la propuesta que fue pateada para adelante, para que en el 2027 se comience -al decir de esa jerga que termina por decir nada- a “alcanzar acuerdo en instancias orgánicas” para realizar “aportes concretos”. Es decir, aquellos que pugnan por la aplicación de este impuesto deberán esperar, con suerte, a que sea propuesto en la campaña electoral hacia las elecciones de 2029.
Por el camino quedaron reclamos tales como la renuncia del canciller Mario Lubetkin o que Uruguay condene el “genocidio” de Israel en Palestina. Apenas fue reprobada la decisión del equipo económico de esquivar la creación de un organismo público para que gestione el ahorro de las Afaps.
Para más tranquilidad del Ejecutivo, Fernando Pereira, que fue reelegido por aclamación como presidente de la fuerza política, dijo que el impuesto del 1% “no necesariamente” tiene que ser aprobado en este período de gobierno.
La nave del gobierno va por rutas más previsibles. Los indicadores recientes que confirman la baja de los índices de pobreza –logro vinculado al aumento moderado de los salarios más bajos y de una inflación controlada- y el anuncio de lo que es calificada como la inversión privada más grande de la historia del país –un data center y un parque fotovoltaico que, se espera, genere al inicio unos 3.700 puestos de trabajo aunque todavía se conozcan pocos detalles del proyecto- es oxígeno para un gobierno necesitado de buenas noticias, pero también es la confirmación del camino que quieren recorrer el tándem Orsi-Oddone.
La combinación de una macroeconomía que no se desmadre, la captación de grandes capitales y el mantenimiento de un clima de certeza jurídica es parte de su lema. Y, si nos basamos en lo decidido en el último Congreso del FA, ese camino está blindado por la propia orgánica partidaria más allá de los gritos de protesta que surjan de algún comité de base.
Al final del evento, según consignó El Observador, el senador comunista Óscar Andrade, exclamó emocionado:”¡Mañana la prensa va a tener que decir que el Frente Amplio sale más unido que nunca!”. Y, le faltó decir, más moderado. Y más resignado. Porque lo que calmó el ánimo de las bases frenteamplistas no fue un repentino brote de entusiasmo por el centro, sino la actitud de los dirigentes más ortodoxos que, con un suspiro de resignación, se unieron al alivio de los moderados.