Esta semana Uruguay recibió al secretario general de la OCDE, Mathias Cormann, para conversar sobre inversión, productividad e innovación. Es una conversación necesaria que se suma a la de nuestra capacidad de negociar, resolver diferencias y actuar antes de que los problemas se conviertan en crisis.

Cormann destacó que «Uruguay ha construido fortalezas a las que muchos países aspiran», señalando nuestras instituciones, estabilidad macroeconómica y capacidad de sostener reformas. También explicó que el nuevo estudio económico del país busca identificar barreras a la productividad y la competitividad.

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Una valoración coincidente expresó Facundo Gómez Minujín, CEO de J.P. Morgan para Argentina, Uruguay, Paraguay y Bolivia. El Observador difundió su reconocimiento a la estabilidad institucional uruguaya. En sus propias publicaciones, el ejecutivo también destacó la continuidad del rumbo del país más allá de la alternancia política. Es un activo valioso, construido durante décadas, que debemos cuidar y aprovechar.

La innovación alcanza a la tecnología, pero también a la forma en que gobernamos, coordinamos instituciones y construimos acuerdos.

Algunas cosas se arreglan solas con el correr del tiempo. Otras, no. Algunas empeoran mientras esperamos, reducen nuestras opciones y terminan exigiendo soluciones más costosas y menos eficientes. Una buena negociación comienza cuando todavía existe margen para elegir.

Negociar exige mucho más que convocar reuniones. Hay que preparar escenarios, distinguir qué puntos son indispensables y cuáles admiten alternativas, saber quién tiene autoridad para comprometer a cada parte y anticipar cómo recibirá una propuesta cada uno de sus representados. Es un trabajo especializado que bien conocemos. Su parte más valiosa suele ocurrir lejos de las cámaras.

Roger Fisher y William Ury, referentes de la escuela de negociación de Harvard, propusieron concentrarse en los intereses detrás de las posiciones. La diferencia es decisiva: detrás de una exigencia puede haber una necesidad de seguridad, reconocimiento o previsibilidad. Comprenderla permite elaborar opciones que una discusión centrada únicamente en cifras o declaraciones puede dejar fuera.

También exige cuidar la comunicación. Cuando se anuncia una «última oferta» o un supuesto acuerdo antes de precisar sus condiciones, cada actor queda comprometido frente a su gente. Ajustar después su posición puede resultar más difícil, incluso si aparece una solución razonable.

Los representantes deben informar y el gobierno debe rendir cuentas. Pero hay momentos para explorar opciones con discreción y momentos para comunicar con precisión lo decidido. Los profesionales que facilitan esos procesos pueden ayudar a escuchar, identificar intereses compartidos y redactar alternativas, sin sustituir a quienes tienen la responsabilidad de decidir.

El conflicto portuario es uno de los ejemplos recientes de esa exigencia: trabajadores, empresa y gobierno necesitan compatibilizar intereses legítimos, mientras las demoras repercuten sobre terceros. Preparación, comunicación y seguimiento son fundamentales para alcanzar un acuerdo sostenible.

El picudo rojo deja otra enseñanza. Las palmeras perdidas representan un daño al paisaje y al patrimonio del país. El propio Ministerio de Ganadería advierte que, cuando la prevención o el control llegan tarde, la plaga termina matando la palmera. Es una advertencia que trasciende ese problema: hay pérdidas que ninguna decisión posterior consigue revertir.

La Ciudad Vieja requiere una actitud igualmente proactiva. Parte de la demanda de oficinas se desplaza hacia otros polos de Montevideo, aunque el barrio conserva actividad y oportunidades. Su patrimonio, ubicación y oferta cultural le dan un gran potencial de desarrollo y valorización. Aprovecharlo exige acuerdos entre autoridades, propietarios, empresas y vecinos, con una estrategia sostenida de vivienda, seguridad, servicios e inversión.

La crisis de la Caja de Profesionales, que desembocó en una reforma y asistencia financiera estatal, también obliga a revisar cómo anticipamos dificultades, administramos riesgos y ejercemos controles. Cuando llegan a necesitarse recursos públicos, la transparencia y las responsabilidades deben acompañar al auxilio.

Uruguay tiene instituciones, conocimiento y personas capaces de aportar. Necesitamos superar los bloqueos políticos, compartir información y trabajar con objetivos, responsables y plazos claros. La tradición de diálogo es una fortaleza; mejorar sus métodos es una tarea pendiente.

Juntos podemos. Para hacerlo, debemos prepararnos mejor, negociar con profesionalismo y tomar decisiones a tiempo. Esa también es la innovación que Uruguay necesita.

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