Cada vez que me toca hablar de quién soy, en público o en una charla de sobremesa, repito tres cosas: soy católico, soy hincha de Peñarol y soy colorado. No es un orden de prioridades ni una provocación. Es una forma sencilla de decir de dónde vengo. Y ya que estoy, agrego una cuarta que me pesa en el alma: fui y sigo siendo un admirador de Jorge Batlle, que fue para mí un segundo padre.
A algunos les parece una contradicción. ¿Cómo se puede ser batllista y católico a la vez? ¿Cómo conjugar a don José Batlle y Ordóñez, el que separó la Iglesia del Estado, con la fe de uno? Nunca lo viví como un conflicto. La separación entre la Iglesia y el Estado fue buena para los dos. Al Estado le dio la neutralidad que necesita para ser la casa de todos. A la Iglesia le devolvió la libertad para ser lo que tiene que ser, sin la tentación del poder ni la tutela del gobierno de turno. El artículo 5° de nuestra Constitución lo dice con una sobriedad admirable: todos los cultos religiosos son libres en el Uruguay y el Estado no sostiene religión alguna. Libertad y neutralidad. No hostilidad.
En mis 58 años tuve muchos trabajos: abogado, profesor, legislador, columnista. Y si hay un lugar donde intento identificarme con Cristo, no es tanto en los grandes gestos sino en lo cotidiano. En hacer extraordinariamente bien las tareas ordinarias. En preparar la clase aunque nadie lo note, en estudiar el expediente hasta el último folio, en tratar al cliente, al alumno o al adversario con la misma dignidad. La fe, para mí, se juega ahí, en el escritorio y en el aula, más que en los discursos.
Por eso recibo la visita de León XIV con ilusión. Hace casi cuatro décadas que un Papa no pisa nuestro suelo, y tengo algunas esperanzas concretas sobre lo que podría decirnos.
La primera es que nos ayude a distinguir entre laicidad y laicismo. La laicidad es una conquista civilizatoria: un Estado que no impone ni persigue creencias. El laicismo es otra cosa. Es la pretensión de que la fe se quede en la sacristía, avergonzada, sin voz en el debate público. Un país verdaderamente laico no le pide a nadie que deje sus convicciones en la puerta para ser ciudadano. Le pide que las exponga con razones y que respete las del otro. Los uruguayos, que nos enorgullecemos de nuestra tolerancia, a veces confundimos una cosa con la otra.
La segunda es que nos hable de la vida y de la dignidad humana, desde la concepción hasta la muerte natural. Como penalista, sé que el derecho existe para proteger bienes jurídicos, y ninguno es más básico que la vida. Pero la dignidad no se agota en no matar. Incluye la cárcel que no degrada, el enfermo que no queda solo, el anciano que no se siente una carga.
La tercera es que nos recuerde que la justicia social, la misericordia, el perdón y la compañía a los que más lo necesitan no son un agregado sentimental al cristianismo. Son el corazón de la doctrina social de la Iglesia, que brota de las enseñanzas de Jesús hace más de dos mil años. No es un programa de izquierda ni de derecha. Es una exigencia que incomoda a todos por igual, y que tal vez por eso sigue vigente.
La cuarta es que insista en algo que la Iglesia sostiene desde hace siglos: la fe, la ciencia y la razón no son enemigas. Son complementarias. El creyente que desprecia la ciencia empobrece su fe, y el científico que desprecia toda trascendencia se queda con una parte de la pregunta. En un país que ama la educación pública, ese mensaje debería caer en tierra fértil.
Pero mi mayor esperanza va más allá de los católicos. Espero que el paso del Papa sea un impulso para dejar de lado la grieta, la crispación, la violencia física y verbal que se ha ido instalando en nuestra convivencia. Vivimos tiempos en que el que piensa distinto se vuelve enemigo, en que las redes premian el agravio y castigan el matiz. Un hombre que viene a hablar de paz, de perdón y de encuentro no nos trae solo un mensaje religioso. Nos trae un recordatorio de lo que fuimos y de lo que podemos volver a ser.
Por eso esta visita no es solo un aporte para quienes compartimos la fe. Es un regalo para toda la sociedad uruguaya. Ojalá sepamos recibirlo con la misma apertura con la que un país laico, en serio, recibe a quien viene a hablarle de lo más humano que tenemos.