25 de septiembre de 2026 13:13 hs

Imaginemos una partida de ajedrez. De un lado del tablero está el Estado uruguayo. Del otro, el crimen organizado. Para no tener que escribir "el crimen organizado" cada tres renglones, démosle un nombre: lo vamos a llamar Gambito. Le queda bien, porque el gambito es la jugada en la que uno sacrifica una pieza a propósito para quedar mejor parado más adelante, y a Gambito perder un peón no le preocupa mientras gane la partida.

La partida tiene una particularidad, es despareja.

El Estado tiene todas sus piezas a la vista. Están en las leyes, en el Presupuesto, en los organigramas y en las conferencias de prensa. Cualquiera puede verlas. Gambito también las ve, con toda claridad. Sabe dónde está cada pieza, cómo se mueve y, lo más importante, cuánto tarda en moverse.

Más noticias

Las piezas de Gambito, en cambio, no se ven. No es una metáfora: literalmente no sabemos cuáles. Puede estar en las en empresas de fachada, en contenedores en el puerto, en una cuenta a nombre de un primo, en un contador muy prolijo, en un campo en la frontera. Encima Gambito no es un aficionado. Es un maestro. Estudió aperturas en otros tableros, en Rosario, en San Pablo, en Guayaquil, en muchos lados, y trae las jugadas aprendidas.

Gambito mira el tablero

Arranca, como corresponde, estudiando la posición del rival.

Primero mira la torre, que es la Policía. La torre es una pieza poderosa, pero se mueve en línea recta: para adelante, para atrás, para los costados. Con presupuesto acotado, está ocupada apagando incendios del día a día y con pocas herramientas para ver lo que no está a la vista. "La torre llega hasta dónde llega", piensa Gambito, “Basta con no pararse en su línea”.

Después mira el alfil, la Fiscalía. Se sorprende: el alfil está solo, muy adelantado, en territorio enemigo. Ninguna pieza lo cubre. Fiscales con cientos de causas, sin adjuntos suficientes, sin analistas financieros, sin inteligencia independiente, sin nadie cuidándoles la espalda. "Qué valiente el alfil", dice Gambito, con una sonrisa. Pero en ajedrez, que una pieza quede sin cobertura no es culpa de la pieza: es un error del jugador.

Luego mira el caballo, las cárceles. El caballo es la pieza más rara del tablero, salta y llega a lugares donde nadie más llega. En teoría es el que tendría que cortar las comunicaciones del rival. Pero este caballo está cansado, desnutrido, casi vencido. Gambito lo mira con cariño. "A este lo podríamos sacar del tablero en cualquier momento", piensa. Y enseguida se corrige, porque es un maestro: "No, mejor. Lo dejamos donde está y le cambiamos el color". Desde adentro de las cárceles ya se manejan negocios, se recluta y se dan órdenes. El caballo sigue en el tablero, pero cada vez es menos claro para quién juega.

Así sigue, estudiando una por una las demás piezas centrales del Estado. La Junta Nacional de Drogas, la Senaclaft, una por una. Las mira con atención, casi con respeto, porque sabe que en otra partida serían peligrosas. Pero en esta las ve dispersas, cada una en su rincón del tablero. "Piezas tiene", piensa Gambito.

Los peones

Después Gambito mira los peones. El Estado tiene muchísimos, y ahí está lo que tendría que ser su fortaleza. Un club de fútbol por acá, una escuela de tiempo completo por allá, mejor iluminación en esta calle, un programa de tratamiento del consumo de drogas en aquel barrio, una policlínica en la esquina.

Son buenas jugadas. Cada una de esas piezas le quita a Gambito un soldado potencial, un gurí que no va a terminar de "campana" en la boca de su barrio. El problema es cómo se mueven, de a un casillero, despacio, y cada uno por su cuenta. El club no sabe que existe la escuela, la escuela no habla con el programa de drogas y la luminaria la instaló la intendencia, que no estaba ni siquiera en la reunión.

"Movimientos lentos y descoordinados", anota Gambito. "No saben cómo juego yo. Mientras llegan sus peones, yo ya me moví."

La partida de al lado

Justo cuando la partida se pone interesante, el Estado levanta la vista y mira el tablero de al lado. Ahí se juega otra partida, el empleo. "Uh, tengo que mover unas piezas allá", dice, y se va.

Cuando vuelve se da cuenta de que le falta un peón. Tal vez era un puesto de control en la frontera, o un funcionario de aduanas. "Bueno, no pasa nada", se consuela. "Tengo un montón de peones."

Al rato se vuelve a distraer, ahora con la vivienda. "Ah, cierto, tengo que mover acá también." Mueve, vuelve y le falta otro peón: un funcionario público, un despachante, un escribano. "No pasa nada, tengo un montón."

Gambito se ríe, y no por maldad. Se ríe porque acaba de entender algo central, el Estado no prioriza. Juega esta partida con la misma intensidad con la que atiende cualquier otra. Lo confunde con un rapiñero, con un hurto, con un problema más de "seguridad", como si fuera un rival cualquiera del club del barrio. No se da cuenta de que enfrente tiene a alguien que viene a ganar el torneo, no una partida suelta.

¿Y la reina?

Envalentonado, Gambito mira el tablero con más atención y se lleva la sorpresa de la noche. No lo puede creer. Lo vuelve a contar. El Estado no tiene reina.

La pieza más poderosa del tablero, la única que se mueve en todas las direcciones y la que protege a todas las demás, no está. Lo más increíble es que nunca estuvo.

En este tablero, la reina debería ser un organismo de contralor que funcione de verdad, por ejemplo, una comisión independiente contra la corrupción, una Inspección General del Estado con dientes, una institución de la función pública cuya tarea sea cuidar a las instituciones. No está para salir a cazar funcionarios, sino para blindar las piezas. Tendría que detectar dónde el Estado es vulnerable, qué oficinas, trámites y controles están expuestos a la infiltración, y cerrar esas grietas antes de que alguien las aproveche. De esa forma la Aduana, la Policía, la Fiscalía, las cárceles y las intendencias no dependerían solo de la buena voluntad de quienes trabajan en ellas, sino de reglas, controles y respaldo. Sobre todo, respaldo. Así cuando Gambito intentara comerse o cambiarle el color a una pieza, alguien lo notaría antes de que sucede.

Sin reina, ninguna pieza está protegida. Algunas resisten, otras no, y nadie se entera hasta que ya es tarde.

La posición

El Estado uruguayo está jugando una partida difícil. Es la partida central, la que define cómo van a salir todas las demás, porque ninguna política de desarrollo sobrevive en un territorio donde el que manda es otro.

Todavía no es jaque. Al Estado le quedan muchas piezas, más de las que tiene Gambito, y juega en un tablero que conoce mejor que nadie. Pero para eso tiene que dejar de jugar como si fuera una partida más. Tiene que mover los peones coordinadamente, cubrir al alfil, rescatar al caballo y, sobre todo, poner a la reina en el tablero.

Hoy, sin embargo, juega esa partida en muy malas condiciones. No conoce ni entiende a su rival, no ve sus piezas ni sus movimientos, no tiene reina y, para peor, está distraído, mirando la partida de al lado.

Te Puede Interesar

Más noticias de Argentina

Más noticias de España

Más noticias de Estados Unidos