21 de septiembre de 2026 14:56 hs

En el debate sobre seguridad y narcotráfico, los allanamientos nocturnos aparecen cada vez más como una especie de solución pendiente: si la Policía pudiera ingresar de noche a determinadas viviendas, finalmente tendría una herramienta decisiva para enfrentar al crimen organizado.

El problema es que un allanamiento es una herramienta de investigación. No es, por sí mismo, una estrategia contra el narcotráfico.

Y confundir una herramienta con una política pública puede llevarnos a creer que resolvimos un problema simplemente porque hicimos más procedimientos. Allanar no es desarticular

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Un allanamiento puede ser absolutamente necesario. Puede permitir detener a una persona, incautar droga, armas, dinero y evidencia. Si existe inteligencia previa y una investigación seria detrás, puede ser una pieza fundamental de una operación policial.

Pero hay una diferencia enorme entre realizar un allanamiento exitoso y desarticular una organización criminal. La criminología internacional lleva décadas estudiando lo que ocurre cuando se interviene sobre mercados ilegales. Las revisiones de la evidencia muestran que los operativos represivos pueden producir efectos concretos, pero también que esos efectos pueden ser temporales y que existe riesgo de desplazamiento: el mercado puede trasladarse de territorio, horario o modalidad.

La razón es bastante sencilla. El narcotráfico no depende de una sola persona ni de una sola vivienda. Se detiene a un vendedor y puede aparecer otro. Se cierra un punto de venta y puede abrirse otro.

Se incauta una partida y puede llegar la siguiente. El mercado se adapta. Por eso, contar cuántos allanamientos se hicieron no alcanza para saber si estamos ganando la batalla contra el crimen organizado. Y tenemos evidencia uruguaya

Esto no es solamente una discusión teórica basada en experiencias extranjeras. Investigadores uruguayos estudiaron el impacto de los allanamientos y operativos policiales sobre los mercados de drogas en Montevideo. El trabajo, publicado en Criminal Justice Policy Review, encontró efectos variables y llamó la atención sobre las dificultades de obtener resultados sostenidos mediante intervenciones aisladas.

La conclusión es particularmente relevante para nuestro debate: sacar temporalmente a vendedores de un territorio no necesariamente modifica de forma permanente el funcionamiento del mercado. Por eso, después de un allanamiento deberían aparecer otras preguntas.

¿Quién abastecía esa boca? ¿Quién pone el dinero? ¿Quién lava las ganancias? ¿Quién consigue las armas? ¿Quién transporta la droga? ¿Quién reemplaza al detenido?

Si esas preguntas quedan sin respuesta, podemos haber realizado un procedimiento exitoso y, al mismo tiempo, haber hecho poco para modificar la estructura criminal. La noche no reemplaza a la inteligencia. Tampoco se trata de sostener que los allanamientos nocturnos nunca sirven.

Por supuesto que puede haber investigaciones en las que sea necesario actuar durante la noche. Puede existir riesgo de fuga, destrucción de evidencia u otras circunstancias operativas que justifiquen ese horario. Pero hay una diferencia entre utilizar la noche cuando una investigación lo requiere y convertir la nocturnidad en una especie de sinónimo de eficacia.

La pregunta no debería ser solamente: ¿Podemos allanar de noche? Debería ser: ¿Por qué necesitamos hacerlo de noche en este caso y qué resultado esperamos obtener? Si existe inteligencia, vigilancia y evidencia suficiente, el horario debería ser una decisión operacional vinculada a las características del objetivo.

Si no existe inteligencia, cambiar el horario no crea inteligencia. El narcotráfico se combate donde más le duele. El verdadero desafío es llegar mucho más arriba en la cadena. Seguir el dinero. Investigar el lavado de activos. Identificar quién financia. Controlar puertos, fronteras y rutas. Analizar comunicaciones. Intercambiar inteligencia con otros organismos y países.

Perseguir el patrimonio de las organizaciones. Identificar a quienes tienen capacidad real de decisión dentro de las estructuras criminales.

La criminología contemporánea ha estudiado estrategias de persecución focalizada que concentran recursos sobre grupos e individuos de alto riesgo, en lugar de distribuirlos de manera indiscriminada. La lógica es sencilla: si el objetivo es reducir el delito, hay que concentrar la capacidad estatal donde pueda producir mayor impacto. El objetivo no debería ser solamente detener al vendedor que está en la esquina.

Debería ser hacer que la organización que lo abastece pierda su capacidad de operar y reconstruirse. ¿Cómo medimos si funcionó? Esta discusión también obliga a cambiar la forma en que evaluamos las políticas de seguridad.

Un operativo espectacular genera imágenes. Pero las imágenes no son indicadores de éxito. Los indicadores deberían ser otros: ¿Cuántas organizaciones fueron desarticuladas? ¿Cuánto dinero criminal fue detectado e incautado? ¿Cuántos bienes fueron decomisados? ¿Cuántas armas fueron retiradas? ¿Cuánto cayó el delito en el territorio intervenido?

¿Durante cuánto tiempo? ¿El mercado desapareció o simplemente se trasladó? Esas son las preguntas que deberían acompañar cualquier política de seguridad. Una herramienta, no una solución mágica. Los allanamientos nocturnos pueden formar parte de una estrategia seria contra el crimen organizado. Lo que no deberían ser es la estrategia.

Porque el narcotráfico no se desarticula simplemente entrando a una vivienda a las tres de la mañana. Se desarticula entendiendo cómo funciona la organización, quién la financia, cómo circula el dinero, cómo ingresan las drogas y las armas, quién ocupa cada lugar dentro de la estructura y cómo impedir que vuelva a reconstruirse. El debate, entonces, no debería reducirse a a qué hora puede entrar la Policía a una casa.

La discusión verdaderamente importante es otra: ¿Cómo hacemos para que, cuando la Policía salga de esa casa, la organización criminal no pueda simplemente volver a empezar? Esa es la discusión que Uruguay necesita. Porque en seguridad pública, la espectacularidad de una herramienta no demuestra su eficacia. Y una puerta derribada puede ser el comienzo de una investigación. Pero nunca debería confundirse con el final de una estrategia.

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