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No son pobres pero se mueven en una zona gris de un país ya de por sí grisáceo. Tienen techo, comida, calor en invierno. Pero no pueden ir más allá. El más mínimo deseo que desborde la supervivencia básica les resulta casi inalcanzable. Y eso cansa. Porque además no son ellos precisamente los más atendidos por un Estado que ya tiene detectados a otros uruguayos más desafortunados para rescatar.

Para empezar, la pobreza, esa condición a la que a los números oficiales la miden en cantidades aproximadas, muestra otras caras que no tienen que ver solo con el salario indigno.

Por ejemplo, El Observador con la colaboración del doctor en Economía Matías Brum (de la Universidad ORT del Uruguay), presentó un informe que va más allá de la pobreza salarial (cuyo techo son unos 24 mil pesos y alcanza al 16% de la población) y alertó acerca del 18,7% de los uruguayos que caen en la denominada "pobreza multidimensional".

Se trata de más de 338.000 personas que, si se las mide solo por sus ingresos, no son pobres. Pero tienen cuatro o más “carencias estructurales”. Detrás de esa calificación hay carencias de todo tipo: un cuarto en el que duermen más de dos personas, una casa que se inunda cuando llueve o tiene peligro de derrumbe, o no tiene acceso a internet, o no cuenta con elementos de calefacción… y la lista sigue.

Existen unos 263.000 que son pobres por sus ingresos, pero no en la medición multidimensional. Hay otros que están peor: unos 330 mil uruguayos que son pobres por todos lados, por salario y también por carencias estructurales.

Es decir, casi un millón de uruguayos a los que la supervivencia se les hace cuesta arriba.

El economista Brum advirtió: “Eso enciende una señal muy roja. Estas personas corren riesgo de ser invisibles para las políticas tradicionales. Si el Estado solo usa el ingreso para decidir a quién ayudar, este grupo no aparece, no recibe atención, y sus problemas se acumulan en silencio. No son carencias pasajeras. No es que les faltó plata este mes. Es estructural y, por consecuencia, mucho más difícil de revertir que una caída de ingresos”.

Dijo, en ese sentido, que la pobreza multidimensional le grita al Estado: “Mirá que hay vulnerables que el número no te está mostrando y si no los ves, no los vas a atender. Y si no los atendés, mañana el problema será mucho más grande”.

El purgatorio

Pero hay otros uruguayos que, si se los compara con los pobres antes mencionados, pueden ser considerados afortunados. No están en el infierno de la pobreza. No son casos urgentes. Pero viven en una especie de purgatorio social donde hay deseos nada pretensiosos que otros consuman con facilidad pero que ellos no alcanzan.

¿Se vive dignamente cuando se tiene trabajo más o menos estable, techo más o menos seguro pero se llega apenas a fin de mes? ¿Son privilegiados esos que no son pobres pero para los que una salida al cine, o comer en un restaurante cada tanto o comprar ropa con cierta regularidad es una rareza?

“Esa persona no es para nada un privilegiado. Esas carencias son causa de frustración para mucha gente. Y la permanente frustración de cosas básicas genera problemas de salud mental. En Uruguay los problemas de salud mental son una epidemia”, dijo a El Observador Gustavo Pereira, profesor titular de Filosofía de la Práctica en la Universidad de la República, director de Investigación en Justicia Social y Desigualdades de ese centro de estudio e integrante de la Academia Nacional de Ciencias del Uruguay

Pereira señaló que, para peor, en el imaginario de los uruguayos quedó instalada la idea de una sociedad rica, heredera del primer batllismo que generó un bienestar difícil de alcanzar en las actuales circunstancias. El filósofo sostuvo que en Uruguay existe un problema de desigualdad en el cual la brecha entre aquellos que no son pobres pero tienen necesidades, y los que tienen mucho, es grande. “Somos privilegiados con respecto al resto de Latinoamérica pero estamos lejos del bienestar de países de Europa. Y creo que tenemos que medirnos con estos países para que no haya tanta gente que, por ejemplo, no se puede ir para afuera a descansar un fin de semana”, señaló Pereira.

La cantidad de personas en esa situación es difícil de mensurar. Son los que “llegan justo”. Esa gente que, si se le rompe el calefón o se le pica una muela, se le desploma el presupuesto. Viven en la cornisa existencial, pero como usan ropa limpia y tienen agua corriente, la política pública no los registra en sus números de emergencia.

Pero superar una línea de ingresos no es lo mismo que vivir dignamente, y los problemas de salud mental mencionados por Pereira no son cosa menor en un país que tiene una de las tasas de suicidio más altas del continente (más de 700 autoeliminaciones por año).

Porque, además de privarse algún libro que otro, o de algún respiro de turismo, es probable que ese hombre y esa mujer que llegan apretados a fin de mes tampoco puede darse el lujo de pagar un psicólogo o un psiquiatra por fuera de un sistema de salud donde hay que penar para acceder a esa ayuda.

Lejos del radar que detecta la pobreza de más urgente atención, tal vez porque su situación es menos inasible que la del cantegril, no resulta sencillo tenderles una mano.

El filósofo Pereira advierte que para atender a los que están en esa línea difusa de bienestar se le debería pegar un “arañazo” a aquellos que sobrepasan largamente el tope de una vida digna.

Pero, aunque así fuera, las propuestas que surgen de parte de la izquierda para ponerles un impuesto específico a los más ricos tienen como objetivo recolectar dinero para beneficio de los marginados de la sociedad, especialmente para atender a los niños más pobres. Y esa preocupación, con razón, recorre todo el espinel político.

Por ningún lado aparece el interés por estos uruguayos que no son pobres, no aparecen en las estadísticas de miseria, son difíciles de rastrear pero es probable que sean multitud.

Y tal vez usted, lector, se encuentre también en ese, por decir lo menos, incómodo, descorazonador y anónimo lugar.

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