El diario Le Monde constituye una plataforma de acceso a la información y al conocimiento que se destaca, entre otros aspectos, por promover el debate plural de ideas y enfoques convocando a intelectuales de fuste. Uno de sus columnistas más notorios es Philippe Meirieu, que es un pedagogo francés de pura cepa, internacionalmente reconocido por la profundidad y fineza de su pensamiento, así como por su férreo compromiso con argumentar y evidenciar la relevancia de la justicia social y la igualdad de oportunidades en educación. Meirieu se autodefine como un investigador y militante en pedagogía, y ecologista. Nos parece valiente, saludable y constructivo que se vea así mismo como un militante que está dispuesto a discutir y responsabilizarse por sus ideas y propuestas sin caer en las “tentaciones” de lo políticamente correcto y conformista, o de los encasillamientos ideológicos, o de formar parte del “club” de los intelectuales orgánicos.
Su columna titulada “Importa más que nunca hacer primar la competencia lingüística sobre la competencia relativa a la fuerza física o muscular” (traducción propia del original en francés), publicada en Le Monde en marzo del 2026 (https://www.lemonde.fr/societe/article/2026/03/10/philippe-meirieu-pedagogue-le-deficit-d-expression-orale-laisse-libre-cours-au-passage-a-l-acte-irreflechi_6670179_3224.html ), constituye un alegato fundamentado en torno a la jerarquización de las competencias lingüísticas en la formación a la largo y ancho de la vida de las nuevas generaciones. Se trata de fortalecer a la educación en contribuir al desarrollo de los espacios públicos ciudadanos, que como aseveraba el filósofo universal, Jurgen Habermas, se sustentan en la capacidad de escucha así como de intercambiar y de construir colectivamente sobre la base de la argumentación. La esfera pública es el espacio por excelencia de construcción colectiva racional en democracia (Habermas, 1997) cuyo fortalecimiento adquiere aún una mayor relevancia a la luz del debilitamiento de la democracia como modus de vida y régimen político de gobierno.
Con su habitual claridad de pensamiento y visión global, Philippe Meirieu arguye sobre la perentoriedad de poner el foco en el desarrollo de las competencias lingüísticas, esto es, la voluntad de las personas de movilizar sus valores, actitudes, habilidades y saberes para responder a diversidad de situaciones donde se enfrentan al desafío de expresarse y de vincularse con los demás. Veamos cuatro anotaciones al respecto.
En primer lugar, la transición de los primeros años de la infancia – desde una relación al mundo basada en la competencia relacionada a la fuerza física, que implica esencialmente un contacto físico con los objetos – entre otras cosas, descubrir, manipular y lanzar - a las competencias lingüísticas que supone interpelar e interpretar lo que Meirieu denomina la alteridad desbloqueada. La misma entraña reconocer la existencia de un punto de vista alternativo al que uno abriga y que, asimismo, constituye la base insoslayable de una formación que prepara a las y los estudiantes a respetar al otro, a mantener canales abiertos de comunicación, y a contrarrestar / mitigar situaciones de violencia. Ciertamente Meirieu vincula la maestría en la competencia lingüística con la capacidad de prevenir y abordar situaciones que pueden acarrear actitudes y hechos violentos.
La competencia lingüística es una vía fundamental para conectar cuerpo, cerebro, mente y espíritu, e implica superar una visión parcelada de la formación que separa artificialmente “aguas” entre la fuerza física del cuerpo como tal, movida esencialmente por el deseo y el goce, y la toma de conciencia sobre sus usos e implicancias. Una educación que separa cuerpo de cerebro y mente, el conocimiento de las emociones, y que no toma en cuenta la espiritualidad de cada estudiante, no contribuye a comprender y canalizar las actitudes, los sentimientos y los comportamientos de los estudiantes hacia propósitos educativos vinculados a la inclusión, al respeto y a la convivencia.
En segundo lugar, Meirieu advierte sobre los sesgos que dan cuenta de la existencia de estereotipos que pueden condicionar en buena medida los comportamientos por género. Mientras que las niñas estarían más predispuestas a ser disciplinadas y a mantener más la compostura, los niños estarían más dispuestos a la conquista y la dominación, y una posible implicancia radicaría en que las niñas se adaptarían mejor que los niños a una cultura escolar asentada predominantemente en la conformidad.
No se trata que los niños se adapten, en similar términos que las niñas, a una cultura más bien conformista, dejando de considerar la condición del género, sino de fortalecer al lenguaje como una condición insoslayable para forjar una coexistencia pacífica y que efectivamente promueva el aprender a vivir juntos tal como lo preconiza la UNESCO desde hace 30 años. Nos referimos al informe seminal “Educación encierra un tesoro, informe a la UNESCO de la Comisión Internacional sobre la Educación para el Siglo XXI (compendio)” liderado por el Ex presidente de la Comisión Europea, Jacques Delors (UNESCO, 1996, file:///C:/Users/Usuario/Downloads/109590spao.pdf ).
En tercer lugar, Meireu argumenta sobre la sobre la necesidad de acompañar decidida y sostenidamente a madres y padres en la crianza de los menores lo cual implicaría hurgar en el entendimiento de la educación como política de familias que es complementaria a su condición de política cultural, ciudadana, social, económica y comunitaria.
Asimismo, Meirieu cuestiona la idea que los centros de atención infantil se centren fundamentalmente en vigilar y cuidar, y releguen a un segundo plano su rol como instituciones de lengua y cultura. Se arguye que las y los educadores coadyuvan al cimiento de la democracia desde las edades muy tempranas de los infantes al estimular las competencias lingüísticas que les permitan cultivar y gozar del pensamiento autónomo y de la capacidad de expresarse fluidamente.
Un buen ejemplo es Finlandia donde el currículo y la pedagogía – conectar el para qué, qué y cómo educar, aprender y evaluar – desde la educación básica, están impregnados de la máxima que la escuela planta la semilla del espíritu crítico. Ya a las edades de 6 a 7 años niñas y niños aprenden a evaluar la información que reciben ejerciendo precisamente su pensamiento crítico a efectos de comprender la sociedad alrededor de ellos y de transformarse en ciudadanos activos partícipes en una democracia viva (Anne-Françoise Hivert, diario Le Monde, 2026). Como el propio Meirieu argumenta, en un texto provocador titulado ¿Quién todavía quiere maestros? (original en francés Qui veut encore des pro fesseurs?; Meirieu, 2023), ser un educador implica hacer emerger cotidianamente en la clase la posibilidad misma de la democracia.
En cuarto lugar, Meirieu se refiere al rol central de la escuela en jerarquizar como eje de formación, común a todas las áreas del aprendizaje y las disciplinas, una pedagogía del indulto, de la palabra y de la fragilidad. Se refiere a fortalecer la capacidad de resistencia de la persona a la reacción inmediata, de progresar de reaccionar a reflexionar y de aprender a diferir. Lamentablemente el ejercicio acrítico e intuitivo del inmediatismo es moneda corriente en nuestras vidas. Como señala el filósofo surcoreano Byung-Chul Han, en su libro “Vida contemplativa. Elogio de la inactividad” (2023), «no tenemos paciencia para una espera en la que algo pueda madurar lentamente».
Tal como argumenta el destacado científico, y profesor de la universidad Paris Cité, Olivier Houdé, se sabe desde hace unos cuanto años, acerca del” botón sobre el cual apoyarse” en el cerebro de los infantes para inhibir y controlar la violencia. Se trata del giro frontal inferior (GFI), situada en la corteza prefrontal, que es la parte del cerebro situada más al frente, que bien puede inhibir o activar la violencia tanto en infantes como en adultos. El ensamblaje de neuronas “pre violentas” están dominadas por una personalidad egocéntrica que solo reconoce su propio y único punto de vista. Como claramente arguye Houdé, tendría que ser una prioridad de la escuela así como de madres y padres que los infantes aprendan la inhibición o a controlarse (Houdé, revista Sciences Humaines, 2026).
Asimismo, Meirieu resalta la conveniencia de generar situaciones de enseñanza y aprendizaje donde las y los estudiantes puedan involucrarse en discusiones, que se diferencian del charlar, con base en un educador que funda su autoridad orientadora en promover la exigencia de la precisión y de la justeza del hablar. Se trata de hacer de la interlocución con el otro una oportunidad para desarrollarse y lograr avanzar juntamente en hurgar en la verdad, y de remarcar la necesidad de formar a las nuevas generaciones sobre bases ciertas y realidades objetivables.
Refiriéndose a Francia, Meirieu remarca la falta de cultivar el habla en el aula así como la ausencia de exposiciones y de debates documentados. Es cuestión de tomar conciencia de la bomba de tiempo que supone para la democracia que una alta proporción de las y los estudiantes lleguen al fin de la educación media básica sin ser formados para una toma de habla razonada delante de un colectivo. Ciertamente las deficiencias de expresión oral y en particular de la capacidad de comunicar ideas, sentimientos y opiniones, sobre la base de promover la argumentación y el respeto al otro, debilitan a la democracia como espacio deliberativo y de generación de acuerdos. Mas aún los déficits de expresión pueden devenir en actos de frustración y de violencia.
Marta Nussbaum, destacada filósofa estadounidense, remarca la importancia de la literatura, la historia, la filosofía y las artes como experiencias de aprendizaje que fortalecen la capacidad de reconocer al otro en base a un trato igualitario. Se engloba en la idea que toda forma de educar es una apuesta, de alta exigencia ética e intelectual, que nos permite crecer en humanidad y en los valores fundamentales y universales que hacen a la dignidad y a la libertad de las personas.
En síntesis, el cultivo progresivo y pausado del habla argumentado, sustentado en promover las competencias lingüísticas a la largo y ancho de la formación de las nuevas generaciones, atendiendo a las diferencias de género, fortalece a la democracia como modus de vida, cimenta convivencia y mitiga la violencia. La colaboración estrecha, sustentada en la confianza mutua entre educadores, estudiantes, familias y comunidades, es clave para estimular el pensamiento crítico, aprender a ejercer la inhibición, gozar de vivir juntos y apreciar las diferencias como oportunidades para dialogar y construir colectivamente. El mayor antídoto frente a la violencia sigue siendo la educación desde las edades más tempranas. Claro ésta se necesita que sea la prioridad de las prioridades en las políticas públicas. Estamos lejos que así sea en América Latina y el Caribe.