La frase, que aparece en la biografía de tantas cuentas de X, siempre me llamó la atención. Quien la escribe quiere dejar algo en claro: se puede compartir un mensaje, encontrar algo curioso o buscar debate sin que eso implique respaldo ni vínculo con el mensajero. Es una advertencia a los demás usuarios, y también al autor del mensaje compartido: no confundan apretar un botón con algo más que apretar un botón. En los últimos meses la frase me volvió a la cabeza, pero pensando en la comunicación política. Se ha vuelto habitual escuchar a políticos de todos los partidos elogiar cómo las redes les permiten llegar a miles de personas al instante. "Armando un video en mi despacho consigo 50.000 vistas; es increíble llegarle a tanta gente tan rápido". ¿Le están llegando realmente a la gente? Las personas que están del otro lado de la pantalla, viendo ese video porque alguien lo compartió o porque lo decidió el algoritmo, ¿se sienten vinculadas con el mensaje o con el mensajero? Muchas pasaron de reel a los dos segundos y, sin embargo, cuentan como visualización.
Hoy un político puede sentir que crece políticamente porque pasó de 5.000 a 10.000 seguidores en Instagram, o porque un par de videos se hicieron virales y juntaron unos miles de likes. ¿Es esa una métrica real de crecimiento? Que un video hecho en diez minutos en un despacho junte 500 likes, ¿significa que esas 500 personas lo respaldan? ¿Que confían en él? ¿Que se está construyendo un proyecto político duradero? Bastaría con contar cuántos likes pone una persona cualquiera en veinticuatro horas para dimensionar ese supuesto apoyo.
Nadie discute que las redes sociales se volvieron la herramienta central de la comunicación del siglo XXI ni que bien usadas puede ser una vía extraordinaria. La prueba más contundente es el tiempo que todos pasamos mirando la pantalla del celular. Pero no podemos confundirla con construir fuerza política, ni esperar que problemas sociales complejos se resuelvan con videos de Instagram o TikTok. La fortaleza de los partidos y de los proyectos políticos siempre estuvo en otro lado: en comunidades de personas que comparten valores e ideas sobre el país, que discuten qué es justo y qué no lo es, y que están dispuestas a trabajar para cambiarlo. Las redes mostraron un enorme potencial para generar viralidad e indignación, para derribar proyectos y narrativas; no tanto para construirlos. Sirven para incendiar una pradera, no para plantarla. Para eso siguen haciendo falta la militancia, los cuadros políticos, los equipos técnicos que marcan el rumbo.
Hace un tiempo leí a una escritora argentina que decía que la comodidad de la tecnología tiene un precio que rara vez calculamos. Una app de delivery evita salir de casa, pero también evita que camines por tu barrio y conozcas al panadero o a la verdulera. Una plataforma de streaming resuelve el fin de semana, pero reemplaza la llamada a un amigo para ir al cine, a una plaza o a un bar. La comodidad y la instantaneidad valen, sin duda; lo que cambia es la trama social que sostenía la actividad anterior.
Algo parecido deberíamos preguntarnos en política: ¿qué nos debilita la tecnología en los vínculos políticos? Los videos de TikTok e Instagram y los posteos en X son cómodos para el político. Se viralizan, llegan a mucha gente al instante y, además, cuestan poco: muchas veces ni siquiera hay que salir del despacho o del Parlamento, y se filman en los veinte minutos que quedan entre reunión y reunión. Lo preocupante es lo que se pierde a cambio de esa comodidad: la fragilidad de los vínculos que supuestamente se están generando. Un político que sube un video puede creer que está creando una comunidad que lo respalda. ¿Hasta qué punto? A la persona del otro lado ese like no le costó nada. Lo puso desde el sillón de su casa o desde el trabajo, y quizás fue el número 150 del día. Nada indica que esté alineado con él ni que vaya a acompañarlo en la próxima elección. Queda además una pregunta de fondo: ¿qué tipo de liderazgo surge de estar todo el tiempo haciendo videos?
Hace un par de décadas, crecer políticamente significaba otra cosa: más gente en los actos, más base militante, más estructura. Si un dirigente convocaba a 200 personas en un barrio y al año siguiente iban 400, sabía que estaba creciendo. Esas personas dejaban de lado otra actividad, coordinaban con quién ir y salían de su casa con frío o con calor para escuchar a alguien hablar de un tema. Había un esfuerzo, una apuesta por una figura o un partido. Y del otro lado también: el político pensaba mucho en su mensaje, qué iba a decir y por qué debía importarle a la gente de ese barrio. Hoy armar un video no cuesta prácticamente nada, y el like o el retweet cuestan todavía menos. En la plaza, dirigentes y militantes se veían las caras. En el feed, la multitud es una ilusión: un contador de visualizaciones.
Hay un aspecto todavía más preocupante. Los políticos compiten por la atención de los usuarios en igualdad de condiciones con los canales de televisión, los influencers que venden descuentos para viajar a Río y los videos de perritos. Frente a esa realidad innegable, muchos asumieron sin ningún pudor un rol de entretenedores. Los expertos en redes demostraron (y los influencers y los políticos lo entendieron a la perfección) que los mensajes que provocan indignación o atacan personalmente a alguien se viralizan mucho más que cualquier otro. Así, una parte importante de la comunicación política uruguaya en redes derivó en una suerte de crónica policial: dirigentes permanentemente indignados, denunciando lo que dijo o hizo un rival, un supuesto acto de corrupción, o directamente burlándose del que tienen enfrente.
Las redes se convirtieron en un coliseo: los espectadores esperan ver la sangre del político que detestan, y el aplauso de antes se transformó en likes y comentarios. Será atractivo ver cómo le pegan a un rival, pero de ahí no sale ningún proyecto político ni ningún vínculo duradero.
Si la tecnología y las redes solo van a ganar peso en la comunicación política, ojalá encontremos una manera de construir comunidad que implique algo más que estos videos. Que se alcance la madurez de dejar de lado ese grito de sangre y lograr algo más duradero: una forma de interactuar que no exija destruir todo lo que se tiene enfrente para conseguir unos likes y alimentar la ilusión de que eso es crecer políticamente.
Y recordar, además, la advertencia del principio, esa que tantos usuarios escriben en su biografía. Vale también, y sobre todo, para quienes miden su fuerza en esas pantallas: un retweet no significa apoyo. Un like tampoco, y una visualización mucho menos. La política sigue construyéndose en otro lado.