Ubicado en el kilómetro 10.500 de la ruta 12 que nace en Punta Ballena, sin ningún cartel que lo anuncie de antemano, se encuentra el Jardín Japonés de Punta del Este, un espacio que combina vegetación autóctona con especies niponas tradicionales.

Fernando Matsui, un paisajista argentino que llevó adelante la reforma del Jardín Japonés de Buenos Aires, lleva 17 años trabajando en el lugar, en un trabajo que parece no tener fin, porque de manera constante se diseñan nuevas áreas y se plantan más especies.

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La historia comenzó en 2009, cuando los dueños de casa quisieron instalar un jardín japonés rodeando el inmueble, que luego se fue extendiendo en buena parte de un predio que ocupa 40 hectáreas, a minutos de Punta del Este.

Poco a poco el Jardín Japonés se consolida como punto turístico, al que se accede abonando una entrada, con recorridos particulares, visitas guiadas y otras actividades.

Los puentes están pintados en rojo, un color tradicional para Japón porque simboliza la protección.

El retorno a los orígenes

El padre de Matsui llegó a Buenos Aires desde Japón con 25 años. No conocía ni el idioma. Consiguió empleo en un vivero y se acercó al mundo de las plantas. Luego él y su señora, de ascendencia nipona, comenzaron a trabajar como floricultores.

Matsui nació hace 51 años en Buenos Aires. Desde chico estuvo cerca de las flores y las plantas y cuando terminó Secundaria se inscribió en la Universidad de Buenos Aires, para cursar la Licenciatura de Paisajismo. Fue parte de la primera generación de egresados. Su tesis había sido sobre el Jardín Japonés de Buenos Aires, recordó en diálogo con El Observador, mientras caminaba por uno de los puentes del jardín alimentando a las carpas de uno de los estanques.

En aquellos años en Buenos Aires, su objetivo era terminar la carrera y viajar a la tierra de sus antepasados, pero cuando estaba por culminar los estudios lo llamó un directivo del Jardín Japonés de la capital argentina, conocido de su padre, y le preguntó si quería empezar a trabajar con él.

No lo dudó, a pesar de que en un principio fuese un trabajo no remunerado. Estuvo varios años en ese sitio que hoy es una referencia obligada del turismo que llega a Buenos Aires. Con el tiempo fue ocupando distintos lugares de responsabilidad y llegó a convertirse en subgerente.

Empezaron a hacer una reforma a fondo que terminó en lo que es el jardín hoy. En el medio cumplió su sueño de viajar a Japón, donde estuvo formándose en una escuela de paisajismo cerca de Kioto. Fue el primero de los cuatro viajes que realizó hasta ahora.

Fernando Matsui, de ascendencia japonesa, llegó de Buenos Aires en 2019 y desde ese momento trabaja incorporando reformas al jardín de Punta Ballena.

Luego de 10 años en el Jardín de Buenos Aires, y después de haber llevado adelante los cambios que planificó, Matsui sintió que había llegado a un techo. Quería buscar otros desafíos, diseñar un jardín desde cero. Mientras tanto, continuaba con su trabajo habitual.

Con frecuencia, hasta el jardín de Buenos Aires llegaban profesionales de Japón para capacitar al personal. Él hablaba japonés; lo había aprendido en la escuela y lo practicaba en su casa. Eso le daba una ventaja al momento de recibir instrucciones. En aquel entonces trabajaban 24 personas; hoy son 110 los que mantienen uno de los sitios turísticos más destacados de la capital argentina, que recibe unos 600 mil turistas al año.

Un día, en 2009, a Matsui le llegó la oportunidad que esperaba. El empresario argentino Juan Carlos López Mena y su señora Pilar Rey querían diseñar un jardín japonés en el terreno que rodea a Eladia Isabel, la espectacular casa que ocupa un terreno de 40 hectáreas en la ruta 12 que parte de Punta Ballena.

Les hizo una propuesta y aceptaron el diseño. Era para la parte superior del terreno, donde está construida la residencia. Fue el inicio de un proyecto que comenzó hace 17 años, que está en permanente transformación. El diseño nunca termina, porque se van incorporando nuevas áreas y plantando más ejemplares.

Las etapas de diseño

Cuando llegó hasta el terreno a mediados de 2009, los dueños de casa le dieron a Matsui carta libre para hacer lo que quisiera, pero con tres condiciones: que mantuviese la vegetación existente, que hubiese espejos de agua y que se pudiera caminar a lo largo del predio.

La primera etapa fue alrededor de la casa, un lugar al que el público que visita el jardín no puede acceder. Fue la parte más compleja de la tarea, por su ubicación en la cima del cerro y el trabajo que insumió instalar una cascada con un estanque.

Con los alrededores de la casa terminados, la siguiente etapa fue la entrada al predio, sobre la ruta 12, porque los dueños querían que hubiera una conexión entre el ingreso y la residencia. Comenzó entonces el diseño del primero de los diez puentes de madera pintados de rojo ubicados a lo largo de todo el jardín.

El color no es casual: en los jardines japoneses llevan ese color porque en el sintoísmo -la religión originaria del país- simboliza la fortuna, la fortaleza y la prosperidad. Lo mismo ocurre con las columnas de los tradicionales santuarios torii, que están pintadas de rojo a modo de protección, separando el mundo terrenal del espiritual.

Cuando a fines de diciembre de 2009 Matsui terminó la tarea que le habían encomendado, los dueños le propusieron ampliar el jardín y diseñar algo más ambicioso. Entonces renunció a su trabajo en el Jardín Japonés de Buenos Aires y se instaló en Uruguay.

Entre pinos y cerezos

Hace un par de días que llegó la primavera, pero el frío parece invernal. Parte del jardín está comenzando tímidamente a florecer, otros sectores aun están con ramas grises y peladas, como sucede con la galería de robles que está lejos de ser el techo verde entretejido cuando alcanza su esplendor.

A lo largo de 17 años, Matsui plantó más de 1.200 árboles y 120 especies distintas. En determinado momento perdió la cuenta de cuántos fueron.

El jardín combina la delicadeza japonesa con la fuerza salvaje de la vegetación autóctona, con eucaliptus, pinos y monte nativo. El terreno es ondulante, con subidas y bajadas que se atraviesan a pie, a través de los senderos o por el pasto.

La idea de colocar especies niponas en medio de un monte uruguayo determina que el Jardín Japonés de Punta del Este sea distinto a los jardines japoneses tradicionales. Por ejemplo -y sin tomar en cuenta las dimensiones- es muy distinto al Jardín Japonés ubicado en el Museo Blanes, en el Prado, e incluso al de Buenos Aires.

El predio está dividido en sectores que se recorren a pie. En el área destinada a frutales, Matsui arranca un par de quinotos que consume y explica que es algo que los visitantes disfrutan, porque no están acostumbrados a extraer las frutas para comerlas directo del árbol.

Si bien la primavera se hace rogar, los primeros aromas florales comienzan a notarse. Todavía falta que se abran especies tradicionales de Japón, como las azaleas o los cerezos. Uno de los próximos pasos consiste es plantar una galería de cerezos, una flor que simboliza la belleza efímera del instante y del disfrute.

Los distintos colores se adueñan del jardín en otoño y en primavera, pero Matsui destaca el valor que tiene a lo largo de las cuatro estaciones. A su modo de ver, en un jardín de esas características no solo inciden los tonos y los aromas, sino la experiencia sensorial. Una caminata invernal permite conectar con el interior y trabajar la introspección, entre el frío y las ramas secas.

En el Jardín Japonés se plantearon especies autóctonas niponas que conviven con la naturaleza propia de la zona.

Las rocas de los estanques

En el Jardín Japonés hay distintas especies de aves, algunos ejemplares de lobos de río que intentan comerse las carpas y hormigas que buscan adueñarse de los frutales y dejan su huella en el pasto.

El silencio domina el jardín, más allá del canto de algún pájaro. Hay un sonido que al principio llama la atención, pero después, a medida que pasa el tiempo, empieza ser parte del recorrido y no se nota: el de los cursos del agua.

Hay 42 caídas de agua que se diseñaron con rocas extraídas del propio terreno. En algunos sectores se ven las piedras grises y marrones veteadas, que fueron cortadas con un intenso trabajo de maquinaria pesada.

Las piedras que se quitaban se iban colocando en un sector del terreno, para luego destinarlas a otros fines. Estuvieron años apiladas, como si hubiese ocurrido un derrumbe, hasta que se encontró un destino.

Hoy esas piedras son parte de puentes, caminos y cascadas que desembocan en estanques, que tienen su fondo de hormigón recubierto de rocas.

Durante años se retiraron rocas de distintos puntos del terreno que luego se volvieron a utilizar para diseñar puentes, cascadas y pasajes a lo largo del jardín.

Excepto algunas especies, como los álamos o pinos que crecieron de forma natural, el suelo rocoso fue un impedimento para plantar otra vegetación. En esos casos, se realizaron movimientos de suelo, se colocó tierra y pasto para nivelar el terreno y lograr que crecieran las raíces.

El agua es un elemento clave en el jardín. Su origen es la lluvia y va cayendo a lo largo de las cascadas, impulsada por el trabajo de tres bombas, que la llevan hacia abajo hasta desembocar en la Laguna del Sauce. El sistema de riego funciona con el agua de los estanques.

Junto al enorme portón de entrada del jardín el Yatsuhashi, se encuentra un puente típico japonés en forma de zigzag, construido con tablones de madera. Atraviesa un amplio estanque donde carpas de distintos colores parecen no inmutarse por la presencia de las personas.

La forma del puente va más allá de lo estético: su diseño tradicional está pensado para que, quienes lo transiten, bajen el ritmo y conecten con el entorno, mientras los sentidos se vinculan con lo que sucede alrededor.

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