16 de junio de 2023 9:35 hs

Antes que nada vamos a ponernos el delantal de profesor por unos brevísimos segundos para ver cómo o desde dónde se inicia el fenómeno que tanto nos fascina llamado consumismo, su progreso y evolución. Analizaremos cómo durante el siglo pasado en Estados Unidos empieza a perfeccionar las estrategias y técnicas de marketing para aumentar el consumo.  

Para ubicarnos en el tiempo y el mapa, nos remontamos al Renacimiento en Italia, donde comienza el intercambio comercial entre las ciudades de estado. Entre Venecia y el continente Asiático fue la semilla del fenómeno consumista (telas, especies, sarasa).

Toda clase de productos eran demandados, no solo por la aristocracia sino también por la creciente burguesía que se valía de ellos para demostrar status social (¿creían que los nuevos ricos existían solo ahora?)

El arte tan importante en esa época también fue clave gracias al mecenazgo.

Grandes señores y sí, nuevos ricos, tuvieron la posibilidad de aumentar su influencia y prestigio gracias al trabajo de grandes artistas. Este fenómeno de valerse de objetos para ascender en la escala social cobra fuerza. 

No fue sino con la industrialización que empezó a echar raíz para producir objetos en forma masiva, disponible a todo el que quisiera y pudiera comprarlos.  Básicamente ayudó a extender la idea de que el respeto y el status estaban en venta, algo así como La Clase está al alcance de la dama y el caballero en las góndolas del free shop. 

Fue así cómo este fenómeno se definió bajo el nombre de: Consumo ostenible (consumo obsesivo): comprar cosas no por su utilidad o calidad, sino por el prestigio social que conlleva (¿creían que lo del lujo y el mal gusto era solo para las Kardashians? ERROR).

La comunidad puede ser entrenada para desear el cambio, para desear cosas nuevas, para la evolución (¿cuánto deseo, no?) Antes que la vida se haya consumido por completo.  Ergo, generó un mercado que se mide más por deseos que por necesidades. 

En los años 20, Edward Bernaiz, padre de la publicidad moderna, toma prestadas las audaces ideas de su tío Segmund Freud y lleva la publicidad a otro nivel, dónde vender un artículo por su calidad y sus características es para perdedores. Provocador e innovador, crea la idea de que al consumo lo moviliza mas una idea de alcanzar la felicidad que el de satisfacer necesidades.

Es como la etiqueta incluyera la promesa de que ese artículo ayudara a superar las inseguridades emocionales del comprador. 

Para ejemplificar, nos están vendiendo unas exclusivas y únicas  Nike Air Jordan, de cuero de canguro, ecologistas, a 450 dólares con la promesa de quien las compre se sentirá de 1,98 metros como el mismo Miguel Jordan.  No estás vendiendo un perfume, estas vendiendo la promesa de convertirte en un ken con la capacidad de enamorar a miles de Barbies.

En los años de apogeo de la publicidad moderna aparecieron las catedrales del consumo. Miles de metros en miles de centros comerciales esparcidos por todo occidente. Templos de adoración consumista,  donde el objetivo era solo el de vender, vender, vender y mas vender a compradores adinerados encerrados en burbujas hedonistas e hipnotizados por aromas e imágenes lisérgicas. 

Como toda subida tuvo su bajada.  El consumo tuvo que reinventarse, la publicidad no era tan efectiva. La necesidad y la practicidad vencían al deseo y la felicidad. 

Los reiterados golpes de las crisis económicas mundiales le dieron al marketing un baño de realidad… y de humildad.

Aviso importante.  Marcas: la publicidad no funciona como una aguja hipodérmica, que en cuanto ves un comercial, te convertís en un zombie que va corriendo al local a comprar el producto (y si te convirtiera en zombie, lo que querrías serian cerebros y estarías justo yendo al lugar equivocado). 

Al rescate de esta vorágine consumista vino el comercio online, el neuromarketing y la compulsión de los gobiernos por incentivar el gasto de los ciudadanos creando burbujas inflacionarias.

El consumismo tiene una salud de hierro, soporta las crisis económicas, plan – demias, Ucrania y globos chinos y probablemente alunizajes alienígenas.  El PBI del planeta  no para de crecer.  Todo el comercio se ha visto revolucionado gracias al neuromarketing.  Las grandes empresas no dejan nada librado al azar.  Desde como distribuyen sus productos, ambientación de locales, música y hasta los olores (si, olores)

Los gurúes del neuromarketing venden la promesa de poder “hackear” nuestro cerebro para que la acción de compra sea inmediata cuando interactuemos con estas técnicas.  

Si, se vale de la ciencia para acceder a nuestro subconsciente para propiciar que sigamos consumiendo y consumiendo, algo así como el conejo de las pilas.  Siempre habrá recursos para intentar entrar en el cerebro, sino vendrá Elon Musk con su chip neuralink para proveer uno artificial. 

Se supone que las ventas de las empresas aumentan y esto se supone que es bueno para la economía.

El consumismo exagerado trae terribles consecuencias, causando trastornos mentales como la oniomania (compra compulsiva). Es el  responsable de degradar las relaciones sociales y políticas, porque nos aliena, nos aísla, nos hace centrar más en nosotros mismos que en nuestro entorno. Bueh, todo mal. 

El consumismo ha traído problemas ambientales de salud y explotación laboral. 

Sí, el planeta está al límite (calentamiento global, cambio climático, o las palabras que mas asustan). La vorágine consumista pareciera no tener fin.

Mientras las empresas se rasgan las vestiduras en favor del medio ambiente, lo que hacen es barrer su basura debajo de la alfombra verde, mucho más linda que la campiña inglesa. En tanto mires la alfombra y no los de abajo. 

El consumo responsable es casi un cuento de unicornios.  No es que no haya que informarse y elegir productos de empresas que no nos parezcan nocivas.  Aunque tampoco pasarse el día estudiando etiquetas. 

Al final se trata de consumir solo lo necesario, que no se trata solamente de alimentación y/o/u el ocio. 

Es importante, hacer de nuestra casa un hogar, el de vernos presentables, solo que no hay que ir a los limites, por lo pronto hasta que los modelos de producción sea más sostenibles.  

Con consejo de abuela 2.0 incluido. Hasta pronto. 

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