6 de febrero 2026 - 18:21hs

La Argentina y Estados Unidos firmaron este jueves un nuevo acuerdo bilateral, anunciado en noviembre del año pasado, que marca un punto de inflexión en la relación comercial entre ambos países. El entendimiento, de alcance económico y regulatorio, busca profundizar el intercambio, reducir barreras y ordenar reglas en sectores clave como energía, minería, economía del conocimiento y comercio de bienes industriales, entre otras cuestiones.

Más allá del contenido puntual del acuerdo, del cual todavía hay muchos grises y definiciones que el Gobierno debe dar, la firma tiene un peso simbólico mayor: cierra un ciclo de casi veinte años de cautela, cuando no distancia, en la política comercial argentina hacia Washington. Desde la Cumbre de Mar del Plata de 2005, donde se enterró el Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA), hasta el consenso alcanzado este último tiempo, el vínculo atravesó etapas muy distintas, con impactos concretos sobre qué se exportó, qué se importó, qué sectores se priorizaron y qué oportunidades se dejaron pasar.

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El rechazo al ALCA no fue solo un gesto diplomático. A partir de ese momento, la relación comercial con Estados Unidos quedó condicionada por decisión política. La potencia siguió siendo un socio comercial relevante, especialmente como proveedor de insumos industriales, tecnología, bienes de capital y servicios, pero dejó de ser un destino prioritario para una estrategia exportadora argentina. Esa lógica recién empezó a revisarse, con distintos ritmos y alcances, a partir de 2016, y se reconfiguró por completo tras el cambio de gobierno en 2023.

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Néstor Kirchner y Cristina Fernández: distancia política, comercio administrado

Durante los gobiernos de Néstor Kirchner y Cristina Fernández de Kirchner, el vínculo comercial con Estados Unidos estuvo atravesado por una lógica defensiva. No hubo avances hacia acuerdos comerciales amplios ni marcos regulatorios bilaterales ambiciosos, y se priorizó una inserción internacional más concentrada en el ex UNASUR, China, Rusia y otros socios emergentes.

En términos de intercambio, Estados Unidos continuó siendo un mercado relevante para algunas exportaciones argentinas: aceites, derivados agrícolas, aluminio y ciertos productos químicos. Al mismo tiempo, las importaciones desde EE.UU. se concentraron en bienes industriales, maquinaria, equipamiento energético y servicios empresariales.

La estrategia kirchnerista apuntó más a administrar el comercio que a expandirlo. Hubo negociaciones puntuales, pero sin voluntad política de profundizar el vínculo ni de integrarlo a una estrategia de largo plazo. El resultado fue una relación estable, marcada por los últimos años de George W. Bush y casi la gestión completa de Barack Obama, pero estancada: sin grandes saltos en el comercio bilateral, sin integración productiva y con escasa previsibilidad regulatoria para inversiones orientadas a exportar desde la Argentina.

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En ese marco, el economista Gabriel Caamaño aporta una clave estructural para entender el vínculo: “Estados Unidos siempre fue más importante para la Argentina desde el punto de vista de las inversiones que del flujo comercial. No es un socio tan complementario ni cercano como para una integración automática. Históricamente fue relevante como inversor, compitiendo primero con los ingleses y más adelante con España, pero siempre apuntando a sectores estratégicos”. Esa lógica, explica, ayuda a entender por qué durante esos años el comercio creció poco y la inversión se concentró en nichos específicos.

Mauricio Macri: normalización y primer impulso comercial

Con la llegada de Macri, la relación comercial con Estados Unidos entró en una fase de reactivación concreta. En 2016, ambos países firmaron el Trade and Investment Framework Agreement (TIFA), un marco institucional destinado a facilitar el comercio y la inversión, resolver disputas regulatorias y reducir barreras técnicas. Un primer paso hacia lo que hoy es el tratado comercial firmado.

Ese acuerdo permitió destrabar varios frentes: se avanzó en el reingreso de productos agrícolas argentinos al mercado estadounidense, como limones y carne bovina, se fortalecieron los canales de diálogo sanitario y fitosanitario, y se generaron condiciones más previsibles para inversiones en energía, infraestructura y servicios basados en el conocimiento. El comercio bilateral creció en el último tramo de la Administración Obama y el comienzo de la primera de Donald J. Trump, donde se diversificó, aunque sin llegar a un acuerdo de libre comercio, un objetivo anhelado por el expresidente.

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Macri priorizó explícitamente el vínculo económico con Estados Unidos como parte de una estrategia de reinserción internacional. Si bien no se avanzó hacia una liberalización profunda, el período marcó un quiebre respecto de la etapa anterior: más comercio, menos conflicto y reglas más claras.

Alberto Fernández y Javier Milei: del freno al giro de 180 grados

Durante el gobierno de Alberto Fernández, ese impulso se desaceleró. La relación comercial con Estados Unidos se mantuvo, pero perdió centralidad estratégica. El foco volvió a estar puesto en la administración del comercio y en la negociación financiera, sin avances estructurales en los últimos meses de Trump y el inicio de la Administración de Joe Biden. No hubo retrocesos significativos, pero sí una clara pérdida de dinamismo en la agenda bilateral.

El giro llegó con la asunción de Javier Milei. En pocos meses, la política comercial hacia Estados Unidos cambió de signo: Washington pasó a ser un socio prioritario. El nuevo acuerdo apunta a profundizar el intercambio en sectores donde ambos países encuentran complementariedad, como energía, con Vaca Muerta como eje, minerales críticos, economía del conocimiento, servicios profesionales y comercio de bienes industriales.

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Caamaño subraya que ese énfasis no es casual: “Estados Unidos apunta a sectores estratégicos como minerales críticos y tierras raras. El acuerdo refleja eso y, en muchos aspectos, implica una apertura mayor del lado argentino, que tiene aranceles más altos que EE.UU.”. En ese sentido, el cambio no es solo comercial, sino también de enfoque: atraer capital, integrarse a cadenas de valor y asumir costos políticos en nombre de previsibilidad.

Desde el sector privado, Ariel Tajman, gerente comercial de Hanseatica, una compañía de seguros experta en protección de activos en comercio internacional, aporta otra mirada complementaria. Señala que la relación bilateral “se movió históricamente en ciclos, con acercamientos y enfriamientos que impidieron consolidar reglas estables”. Para Tajman, el valor del nuevo esquema está en "ordenar el vínculo sobre bases previsibles", clave para destrabar inversiones y ampliar tanto el volumen como la sofisticación del intercambio.

Esa previsibilidad, explica, tiene efectos concretos: “Cuando baja la incertidumbre, se aceleran operaciones que requieren gestión profesional del riesgo. Ya se observan señales de mercado, como mejoras en métricas de riesgo y proyectos que vuelven a fase de evaluación”. En experiencias comparables de la región, agrega, la estabilización de reglas suele traducirse en aumentos relevantes de comercio e inversión en plazos relativamente cortos.

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