17 de marzo 2026 - 12:36hs

La energía nuclear volvió al centro de la escena global. La guerra en Ucrania, la búsqueda de seguridad energética, la descarbonización y la nueva demanda eléctrica asociada a la Inteligencia Artificial empujan un renovado interés por una tecnología que durante años había quedado relegada en buena parte de Occidente.

En ese nuevo escenario, la Argentina aparece con una singularidad: integra el grupo reducido de países con capacidades propias en el campo nuclear, pero atraviesa al mismo tiempo una etapa de parálisis, desfinanciamiento e indefinición estratégica.

El contexto abre una discusión de fondo. Mientras China y Rusia lideran el nuevo ciclo de expansión nuclear y Estados Unidos intenta recuperar posiciones, la Argentina enfrenta el desafío de definir si quiere preservar, reactivar y escalar su política nuclear o limitarse a ocupar un lugar subordinado dentro de cadenas de valor ajenas. Esa tensión atraviesa hoy el debate sobre los proyectos locales, la relación con Washington y las posibilidades concretas de insertarse en el “renacimiento nuclear” global.

Un regreso empujado por la seguridad energética, la descarbonización y la demanda eléctrica

El nuevo protagonismo de la energía nuclear tiene varias causas. Adrien Sergent, de Fundación Meridiano, sostiene que la guerra en Ucrania y el encarecimiento de los combustibles fósiles expusieron la vulnerabilidad de los países importadores de hidrocarburos. En ese marco, la descarbonización dejó de ser solo una agenda ambiental para convertirse también en una herramienta de seguridad energética y de mejora del balance comercial.

A eso se sumó un cambio de percepción clave: renovables y nuclear dejaron de verse como opciones contrapuestas y pasaron a ser complementarias. Según Sergent, el caso de Alemania es ilustrativo, porque su salida anticipada de la energía nuclear le implicó pérdidas económicas mayores que las que habría afrontado de haber sostenido su parque nuclear, además de haber ralentizado la reducción de emisiones. Abandonar la nuclear resulta más costoso, especialmente para los países que poseen know-how en esta tecnología.

Diego Roger, director de IATE (Instituto Argentino para la Transición Energética) coincide en que el renacimiento nuclear se apoya en una combinación de atributos difíciles de reemplazar: se trata de una fuente limpia, libre de emisiones, firme, no intermitente, con costos estables por largos períodos y una vida útil mucho más extensa que otras tecnologías. “Las centrales nuevas se las están construyendo con un piso de sesenta años de duración”, señaló, en contraste con la vida útil mucho más corta de instalaciones solares, eólicas o incluso ciclos combinados.

A esto se suma la nueva demanda eléctrica. La electrificación de la economía y, más recientemente, el desarrollo de la Inteligencia Artificial y los centros de datos vuelven a poner en valor a una fuente capaz de entregar energía constante. Sergent remarcó que la nuclear puede jugar allí un rol central porque es una fuente confiable y descarbonizada, con la ventaja adicional de poder localizarse cerca de los puntos de demanda, reduciendo necesidades de inversión en transmisión.

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SMR: promesa tecnológica y nueva frontera

En ese marco, uno de los desarrollos más mencionados es el de los reactores modulares pequeños (SMR), que prometen reducir los costos de construcción mediante la fabricación en serie de componentes y disminuir el riesgo financiero de los proyectos.

Estos reactores podrían ampliar el mercado nuclear hacia países emergentes, ya que requieren menor financiamiento y pueden integrarse en redes eléctricas menos robustas. Sin embargo, Sergent advierte que todavía existe incertidumbre sobre su despliegue real.

“La apuesta a los SMR consiste esencialmente en reducir los costos de construcción mediante la fabricación en serie de los distintos componentes. Sin embargo, no deja de ser una incógnita, sobre todo en Occidente, donde hasta la fecha no existe ningún proyecto ejecutado”. “La apuesta a los SMR consiste esencialmente en reducir los costos de construcción mediante la fabricación en serie de los distintos componentes. Sin embargo, no deja de ser una incógnita, sobre todo en Occidente, donde hasta la fecha no existe ningún proyecto ejecutado”.

Especialistas del sector coinciden en que se trata de un desarrollo relevante, pero advierte contra una mirada excesivamente optimista. “Los reactores nucleares que hoy se construyen en el mundo siguen siendo grandes y convencionales. El desarrollo está centrado en Oriente. Los SMR pueden ser importantes, pero todavía son un proyecto”, explicó.

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Argentina: una tradición nuclear singular

La Argentina desarrolló desde mediados del siglo XX una política nuclear orientada a construir autonomía tecnológica. Ese objetivo se tradujo en la creación de la Comisión Nacional de Energía Atómica en 1950 y en una estrategia que buscó dominar distintas etapas del ciclo nuclear.

A lo largo de las décadas, el país logró desarrollar reactores de investigación, producir combustible nuclear, dominar tecnologías asociadas al agua pesada y construir centrales nucleares con alto contenido local.

Entre los hitos más relevantes figuran la puesta en marcha de Atucha I en los años setenta, la central Embalse en la década siguiente y, más recientemente, la finalización de Atucha II. A esto se suma el desarrollo del reactor modular CAREM, uno de los pocos desarrollos de SMR propios en el mundo y finalmente la inserción internacional de INVAP como exportador de reactores de investigación.

Ese recorrido coloca a la Argentina dentro de un grupo reducido de países con capacidades nucleares completas para usos pacíficos.

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Fortalezas tecnológicas y debilidades estructurales

Según Sergent, una de las principales fortalezas del programa nuclear argentino es su base tecnológica y científica. “Argentina cuenta con capital humano técnico de alto nivel que permitió diseños innovadores como el CAREM por la CNEA o el ACR-300 patentado por INVAP, lo que sitúa al país en una posición inusual para un emergente: no depende de tecnología extranjera para el diseño”, explicó.

A eso se suma la experiencia acumulada en la extensión de vida de centrales nucleares, la producción de agua pesada y el desarrollo de capacidades en el ciclo del combustible. Sin embargo, Sergent advierte que el principal problema del sector es la falta de continuidad en la política nuclear.

“Existe un problema crónico en la ejecución de proyectos debido a la falta de consistencia en la política nuclear de los últimos gobiernos”. “Existe un problema crónico en la ejecución de proyectos debido a la falta de consistencia en la política nuclear de los últimos gobiernos”.

La dificultad de financiamiento también aparece como una de las principales limitaciones, en un sector intensivo en capital que requiere compromisos estatales de largo plazo.

Cuellos de botella: financiamiento, política y definición estratégica

Más allá de sus capacidades tecnológicas, el principal desafío del sector nuclear argentino aparece en otro plano: la ausencia de una estrategia sostenida en el tiempo.

El desarrollo nuclear, por su escala y complejidad, depende de decisiones que trascienden los ciclos políticos. Sin embargo, la historia reciente muestra un patrón de avances y retrocesos que impacta directamente en la ejecución de proyectos.

En ese sentido, el financiamiento aparece como una de las principales restricciones. A nivel global, incluso en economías avanzadas, los proyectos nucleares enfrentan sobrecostos y requieren esquemas de apoyo estatal o garantías de largo plazo. En el caso argentino, esa dificultad se profundiza por la inestabilidad macroeconómica y la falta de marcos previsibles.

Pero el problema no es solo económico. También es político. Sergent insiste en que sin una política sostenida no hay posibilidad de avanzar.

Esa falta de definición estratégica se refleja en la paralización o demora de proyectos clave. El caso del CAREM, uno de los pocos desarrollos de reactores modulares propios en el mundo, sintetiza esa dinámica. “El proyecto CAREM ha sido abandonado. Era uno de los pocos proyectos de SMR realmente existentes”, señala especialista en el sector.

La indefinición también alcanza al tipo de tecnología que debería priorizar el país. Argentina desarrolló históricamente una línea basada en uranio natural y agua pesada, lo que la vincula más con países como Canadá o India que con Estados Unidos, que no domina esa tecnología. Para Diego Roger, esa decisión es central y aún está pendiente. “Argentina debería definir un rumbo respecto de su desarrollo nuclear, y en concreto en la construcción de reactores de potencia, que es lo que tiene que construir”, señaló.

En ese marco, el riesgo no es solo perder capacidades, sino también quedar relegado en un contexto internacional donde la energía nuclear vuelve a ocupar un lugar estratégico.

La discusión de fondo, entonces, no es tecnológica sino política: si el país decide sostener y escalar su desarrollo nuclear o si, por el contrario, termina limitándose a preservar parcialmente lo ya construido.

La estrategia que falta

“Lo primero que se necesitaría es una política nuclear clara, respaldada por un consenso interpartidario que garantice continuidad”, planteó Adrien Sergent.

Para Diego Roger, esa definición debe traducirse en una estrategia concreta: consolidar y expandir las capacidades ya desarrolladas, en lugar de intentar un salto hacia tecnologías que el país aún no domina.

“Hay una gran cantidad de capital hundido en esta ruta tecnológica que sería sensato aprovechar. Si no, hay que empezar de nuevo en muchas áreas”, explicó.

En esa línea, sostuvo que la prioridad es sostener la construcción de reactores de potencia y avanzar en la finalización del CAREM como base para un desarrollo futuro. “El principal desafío hoy es terminar el CAREM y, sobre esa base, definir una hoja de ruta para un desarrollo comercial”, señaló.

En un contexto global donde la energía nuclear vuelve a ocupar un lugar estratégico, la pregunta ya no es si la Argentina tiene capacidades para participar, sino si está dispuesta a sostener una estrategia propia o si terminará adaptándose a las decisiones tecnológicas de otros.

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