28 de febrero 2026 - 14:08hs

Los medios de prensa descubrieron algo que las farmacias saben hace siglos, y es que la gente paga por alivio, no por diagnóstico. Un diario exitoso no es el que informa mejor, sino el que perturba menos.

Cuando alguien compra El País o La Nación, la transacción efectiva tiene poco que ver con información. El lector entrega dinero, atención y tiempo, y por su parte el medio devuelve confirmación, pertenencia tribal y reducción de incertidumbre. Nótese que lo ausente en el intercambio es información cruda, datos sin procesar o análisis que desafíe los marcos cognitivos del lector.

Esto no es accidente ni conspiración, es sólo optimización comercial. Los editores tienen métricas en tiempo real mostrando qué retiene lectores y qué los expulsa. La información que contradice esquemas mentales establecidos los repele. Por lo tanto, el medio que quiere sobrevivir sabe qué producir.

El lector típico cree estar informándose cuando lee el Financial Times, ese diario económico británico de papel salmón que se consume en aeropuertos y oficinas corporativas, o cuando abre Clarín en Buenos Aires o El Mundo en Madrid. Técnicamente expone su cerebro a estímulos textuales sobre eventos del mundo, pero cuando el filtrado es tan denso lo que llega viene pre-masticado hasta volverse irreconocible.

Los eventos ya fueron preseleccionados por relevancia para su tribu. Los ángulos pre-escogidos para no ofender sensibilidades tribales. Las conclusiones pre-digeridas para encajar en narrativas existentes. El lenguaje está calibrado para que la generación dé la dosis justa de emoción sin ansiedad excesiva. El resultado es paradójico porque el lector termina sabiendo menos sobre la realidad compleja del mundo y más sobre qué pensar para pertenecer a su grupo de referencia.

La complejidad y la incertidumbre generan malestar cognitivo y los humanos huyen del perturbación como del fuego. Leer un análisis denso de geopolítica china con datos contradictorios y conclusiones inciertas produce incomodidad física. Leer “Xi consolida poder: expertos preocupados” entrega narrativa clara, emoción calibrada como preocupación moderada sin llegar al pánico, y sensación reconfortante de comprensión.

La segunda opción vende millones de ejemplares y suscripciones digitales, mientras que la primera no paga ni el papel. Esto no hace al lector estúpido ni al medio malicioso, es simplemente el mercado funcionando con la elegancia brutal que lo caracteriza. La demanda no es de información sino de alivio y los medios que entendieron esto sobrevivieron. Entre tanto, los que insistieron en informar quebraron.

Antes de internet, los editores no sabían exactamente qué leían los suscriptores. Podían fantasear que el que compraba el diario leía todo, o lo principal, o tenía interés genuino en informarse. Las métricas digitales destruyeron esa ilusión con la crueldad de un diagnóstico médico preciso. Ahora, los jefes de redacción ven exactamente qué titulares generan clicks, cuántos segundos permanece el lector en cada artículo, qué ángulos inspiran el share en redes sociales o qué temas correlacionan con la continuidad de membresía o su cancelación.

El resultado es contenido diseñado con precisión de ingeniería para retención, no para precisión epistémica. Esa palabra rara, epistémica, simplemente significa relacionado con el conocimiento real. Los medios que resistieron esta optimización hacia el alivio quebraron uno tras otro. Los que sobrevivieron son los que aceptaron producir sedante cognitivo con formato de información seria.

Los periódicos de calidad venden identidad tribal disfrazada de información rigurosa. El Financial Times vende la identidad de ser profesional global sofisticado. The Guardian, ese diario progresista británico, vende ser ilustrado de izquierda. El Confidencial en España vende ser cosmopolita liberal. Perfil en Argentina vende ser intelectual crítico del poder. La suscripción es pago por pertenencia, no por datos. El contenido es señalización de identidad, no transmisión de conocimiento.

Esto explica por qué los medios cuidan tanto no ofender a su base lectora. No venden verdad, ofrecen membresía a un club; y expulsar miembros es pésimo negocio. Un diario tolera la pérdida de lectores ocasionales pero no puede darse el lujo de alienar a su núcleo tribal. De ahí la homogeneidad ideológica creciente dentro de cada medio, y la polarización creciente entre medios.

Este modelo comercial colapsa para ciertos usuarios atípicos y el primero es quien busca datos primarios para análisis propio. Este necesita información cruda sin que nadie le diga qué pensar sobre ella con números, declaraciones textuales y cronologías precisas sin interpretaciones precocinadas. Los medios no producen esto porque no venden en cantidad suficiente para sostener una redacción.

El segundo es el analista sin tribu. Este no confirma una identidad grupal sino inputs para procesar con marcos analíticos propios. Cuando lee el medio, todo le parece extrañamente vacío, como comida sin sabor. Halla palabras y estructura de artículo, pero falta sustancia. Esto desconcierta a quien lo experimenta porque todos insisten que ese diario es serio y de calidad.

El tercero es quien necesita información adversarial, es decir, argumentos específicamente contra sus posiciones para ponerlas a prueba y busca activamente ser desafiado. Los medios evitan esto sistemáticamente porque genera cancelaciones de suscripción. El modelo de negocio penaliza la incomodidad cognitiva.

Si te reconocés en alguna categoría, el problema no sos vos. Es que buscás un producto que dejó de fabricarse comercialmente por falta de demanda suficiente. Como quien busca teléfonos con teclado físico o automóviles con transmisión manual. El mercado decidió que eso no se vende.

Las alternativas para quien genuinamente busca informarse en lugar de confirmarse son limitadas y costosas. Existen fuentes primarias como papers académicos, bases de datos, transcripciones literales de testimonios, informes técnicos gubernamentales. El problema es que requieren expertise considerable para interpretar. No vienen con resúmenes ejecutivos ni titulares atractivos. Son documentos áridos de cien páginas con jerga especializada.

Los agregadores financieros como Bloomberg Terminal o servicios profesionales de Reuters entregan información cruda a velocidad porque están diseñados para traders que arriesgan dinero real en cada decisión. Estos no pueden darse el lujo de narrativas reconfortantes, pero cuestan miles de dólares mensuales, lo que los hace prohibitivos para consumo individual.

Algunos analistas independientes en plataformas como Substack o blogs personales mantienen rigor analítico real. El problema es la curaduría intensiva. Por cada analista serio hay cien vendiendo humo, teorías conspirativas o simplemente refritos de prensa tradicional con pretensiones de originalidad.

La inteligencia artificial, esas herramientas de lenguaje como ChatGPT o Claude que procesan texto, ofrecen una posibilidad interesante. Pueden leer documentos técnicos largos, extraer datos específicos, presentar múltiples perspectivas sin necesidad de optimizar para retención de audiencia tribal. No tienen suscriptores que mantener contentos. Pero tienen sesgos incorporados en su entrenamiento, pueden alucinar datos inexistentes, y carecen de accountability real.

Si leer tu diario habitual te hace sentir bien, informado, conectado con gente que piensa parecido, y eso reduce tu malestar cotidiano, seguí haciéndolo sin culpa. No hay nada objetivamente malo en consumir contenido que alivia. Es una función legítima y valiosa. La vida tiene suficiente sufrimiento inevitable como para añadir sufrimiento voluntario leyendo cosas que te perturban.

El problema surge solo si creés que estás informándote rigurosamente cuando en realidad estás confirmándote tribalmente. La diferencia importa exclusivamente si tus decisiones concretas dependen de comprensión precisa de realidad compleja. Si sos inversor arriesgando capital, analista asesorando clientes, consultor recomendando estrategias, o simplemente alguien que toma decisiones importantes basadas en comprensión del mundo, entonces sí, los diarios tradicionales te venden un placebo.

Un sucedáneo epistémico funciona cuando querés sentirte informado, no cuando necesitás estarlo realmente, y la distinción es sutil pero crucial. Porque es la diferencia entre tomar té de hierbas para relajarte versus tomar antibiótico para una infección bacteriana. Ambos son líquidos, pero solo uno cura la infección.

Por qué tantos profesionales supuestamente sofisticados siguen consumiendo prensa tradicional como fuente primaria tiene dos explicaciones posibles que no se excluyen mutuamente. La primera es que adoptaron los marcos interpretativos del medio como propios hace tanto tiempo que ya no notan la diferencia. La confirmación se siente indistinguible de información nueva. Es como vivir en casa con olor particular: dejás de percibirlo.

La segunda explicación es que sí notan la diferencia pero no importa porque la función real es señalización social, no epistemológica. Leer el Financial Times en el café comunica algo sobre quién sos o pretendés ser. Mencionar que leíste análisis en La Nación o El País posiciona socialmente. La información es excusa, la señalización es propósito.

Ambas son perfectamente racionales desde la perspectiva de minimización de sufrimiento y maximización de beneficio social. Buscar activamente información que desafía tus esquemas cognitivos es laborioso, perturbador y socialmente arriesgado. Adoptar los esquemas del medio de tu tribu es eficiente, placentero y socialmente recompensado.

Los medios optimizan para lo que el mercado demanda. Los lectores consumen alivio creyendo honestamente consumir información rigurosa. Todos maximizan su utilidad según la entienden y el sistema funciona.

Colapsa solo para quien realmente necesita información cruda y descubre que ese producto se discontinuó por falta de demanda comercialmente viable. Si ese sos vos, las opciones son aprender a extraer datos de fuentes primarias con toda la curva de aprendizaje que implica, pagar por servicios profesionales carísimos diseñados para instituciones, experimentar con herramientas de inteligencia artificial para curaduría aceptando sus limitaciones, o aceptar que información de calidad real no está disponible a escala masiva a precio accesible.

O podés seguir leyendo el diario que leés, aceptando conscientemente que su función no es informarte sobre el mundo sino aliviarte del malestar de no saber qué pensar sobre él. Ambas elecciones son válidas según qué necesites. Pero conviene saber qué estás eligiendo realmente cuando pasás la tarjeta de crédito para la suscripción o abrís la aplicación en el teléfono cada mañana con el café.

Las cosas como son

Mookie Tenembaum aborda temas internacionales como este todas las semanas junto a Horacio Cabak en su podcast El Observador Internacional, disponible en Spotify, Apple, YouTube y todas las plataformas.

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