Viktor Orbán era futbolero a morir.
Perderse la final de la Champions League en el estadio que reformó en Budapest le debe doler en el alma. Pero el líder húngaro afín a los rusos cayó hace apenas meses después de 16 años de caprichoso poder.
La trama económica desconocida detrás de la gran final de la Champìons. Víktor Orbán siempre quiso ser jugador profesional. En sus 16 años al frente de Hungría, usó u$s 3.200 millones en fondos públicos para volcar al fútbol. El Punkás Arena es un ejemplo de ese fervor y ese poder corrupto.
Perderse la final de la Champions League en el estadio que reformó en Budapest le debe doler en el alma. Pero el líder húngaro afín a los rusos cayó hace apenas meses después de 16 años de caprichoso poder.
Orbán siempre quiso ser jugador profesional. Y de hecho, jugó al fútbol amateur durante su primer mandato como primer ministro a finales de la década de 1990.
La mayoría de los miembros fundadores de su partido, Fidesz, eran amigos universitarios que se juntaban a jugar a finales de los ochenta. Y el fútbol siguió siendo en la Hungría de Orbán una forma de llegar al líder y conseguir favores.
El aliado firme de Vladimir Putin siempre soñó con volver a hacer de Hungría una potencia futbolística. Era su visión.
Claro que lo intentó a fuerza de amiguismo, dinero estatal y un corrupto programa de desvío de impuestos. Según estimaciones de Bloomberg, Orbán destinó durante sus sucesivos mandatos el equivalente a más de u$s 3.200 millones de fondos públicos al fútbol.
El Puskás Aréna, con su larga historia, es parte de este legado de opacidad financiera y fanatismo inclaudicable.
Orbán estaba decidido a que Hungría volviera a los tiempos del Equipo Dorado.
Es que allá por los años 50, Hungría era una potencia futbolística y un contrincante que inspiraba respeto.
Tenía un jugador de ésos, un crack de los que aparecen cada tanto: Ferenc Puskás, que liderara al Aranycsapat (Equipo Dorado) y llevó al país hasta la final de la Copa del Mundo de 1954.
Un año antes, en 1953, Hungría se había convertido en el primer equipo europeo en derrotar a Inglaterra en Wembley, Londres. Lo venció por 6-3 frente a 100.000 hinchas ingleses. Se lo conoce como el “Partido del Siglo”.
El gobierno comunista de la época decidió construir en ese tiempo el imponente Nepstadion o Estadio del Pueblo. Más tarde fue rebautizado en honor a Ferenc Puskás, que ganó tres veces la Champions League con el Real Madrid.
La gloria de aquella época era algo que Orbán quería de vuelta para Hungría. Y su poder era casi absoluto.
Decidió remodelarlo y convertirlo en un estadio de vanguardia. Se lo llamó el Puskás Aréna. Costó u$s 620 millones, con una capacidad para 67.000 espectadores y fue inaugurado en 2019.
El Puskás ya fue sede de la Eurocopa y de la final de la Europa League pero nunca de la Champions League.
Por supuesto que toda la cúpula del fútbol quedó en manos de los amigos.
El director del banco más grande de Hungría se convirtió en presidente del organismo rector del fútbol. El ministro de Asuntos Exteriores prorruso de Orbán a ser el dueño de uno de los clubes más emblemáticos de Budapest.
Pero una de las apuestas más rotundas fue la creación de academias para formar a una generación de jugadores exportables. También uno de los mayores fiascos.
El ejemplo perfecto es la Puskás Akademia, con sede en el pueblo de Felcsut, donde creció el propio Orbán. El club, fundado hace menos de 20 años, recibió u$s 525 millones desde 2011.
Su estadio, con capacidad para casi el doble de la población del pueblo, se inauguró en 2014 y se encuentra justo al lado de la casa de fin de semana de Orbán.
Pero las academias no dieron los resultados que se esperaba.
Pero Orbán sí tuvo éxito en exportar su peculiar forma de nacionalismo. Buscó influencia en el fútbol en el extranjero y logró mantener reuniones periódicas con el presidente del organismo rector mundial, la FIFA.
Llegaron a mantener tan buenas relaciones que derivaron en la creación del Premio Puskás de la FIFA por el “gol más bonito” del año.
Y con semejante nivel de gasto, ¿hay grandes figuras húngaras en el fútbol internacional? No.
Hoy el jugador más valioso de Hungría es el capitán de la selección húngara y estrella del Liverpool FC, Dominik Szoboszlai.
Szoboszlai, de 25 años, está valorado en 100 millones de euros (u$s 116 millones). Esto representa más del doble del valor total de la plantilla del Ferencvaros, el equipo húngaro más laureado y habitual clasificado para la Champions League.
Actualmente hay ocho húngaros que juegan en las principales ligas europeas, pero se formaron en el extranjero o se desarrollaron fuera de la estructura de las academias nacionales.
Szoboszlai también la pasará mal el sábado.
Se perderá la final en su Hungría natal tras la derrota del Liverpool ante el Paris Saint-Germain en cuartos de final. El campeón francés se enfrentará ahora al Arsenal, rival inglés del Liverpool.
Será en Budapest, en un estadio que sueña con la gloria y que debe su modernidad a los manejos turbios de un poder anquilosado.