La política en Argentina parece estar atrapada entre dos fuerzas: por un lado, la necesidad de ajustes drásticos para evitar una crisis de magnitudes históricas, y por otro, las demandas de una población que lleva décadas lidiando con una pobreza que se profundiza con el paso de cada administración. Esta semana, varias encuestas sugirieron una leve baja en el nivel de adhesión al gobierno de Javier Milei, aunque algunos analistas, como Federico Aurelio, interpretan esto más como un signo de fortaleza que de decadencia. Según Aurelio, haber mantenido una aceptación por encima del 50% durante tantos meses es un logro extraordinario. Sin embargo, considero que este fenómeno responde a una expectativa social que, si bien ha sido alta, no es eterna.
Durante los primeros meses de la gestión de Milei, la sociedad mostró un nivel de aprobación sorprendentemente alto. Las esperanzas estaban puestas en que el gobierno lograra evitar una catástrofe económica que parecía inminente. Esa catástrofe tenía un nombre claro: hiperinflación. Sin embargo, las lunas de miel políticas no son eternas, y lo que fue inusual no fue el desgaste, sino la duración de esa expectativa favorable.
El gobierno de Milei ha encarado ajustes en todos los frentes: la economía, las estructuras burocráticas y las regulaciones que, según su enfoque, han sofocado al país durante años. Pero estos ajustes, por más necesarios que sean, deben ser comunicados con empatía. A medida que los meses pasan, se vuelve evidente que no basta con aplicar reformas; también es crucial saber cómo transmitirlas. Las decisiones económicas duras requieren una comunicación clara y honesta, y, en este sentido, el gobierno ha cometido errores que podrían haberse evitado.
Un ejemplo claro de torpeza comunicacional fue el famoso "asado de Olivos". Más allá de los objetivos políticos que pudiera tener esa reunión, la manera en que se llevó a cabo y el trasfondo que se generó alrededor de ella resultaron en una pésima gestión política y mediática. Durante días, los medios discutieron sobre este encuentro, opacando cuestiones más importantes como el debate parlamentario y las verdaderas prioridades del país. En un momento donde la sensibilidad social está a flor de piel, el gobierno debe ser más cuidadoso en cómo maneja estos gestos, ya que los errores no forzados le cuestan credibilidad y apoyo.
El desafío de la pobreza estructural
Esta semana, un nuevo golpe para el gobierno será la publicación del índice de pobreza. El próximo jueves, a las 16 horas, se conocerá este dato, que inevitablemente será alto y conmocionante. No es una sorpresa para nadie, pero sí una realidad que enfrenta cada gobierno, sobre todo en momentos de ajuste.
La pobreza en Argentina es estructural, y en gran parte de la sociedad ya se percibe como algo inevitable. Las cifras de pobreza se han convertido en un campo de batalla donde los políticos, economistas y periodistas debaten sobre las responsabilidades de cada gestión. ¿A quién se le atribuye el aumento de la pobreza en este trimestre? ¿Es una herencia del gobierno anterior o ya es responsabilidad de esta administración? La verdad es que, mientras los actores políticos debaten sobre estos temas, la realidad es que la pobreza no ha disminuido significativamente en Argentina en décadas. Tenemos pobres que son cada vez más pobres, y un sistema que ha funcionado para mantenerlos en esa condición, alimentando a los intermediarios y gerentes de la pobreza.
La extensión de la pobreza en Argentina es abrumadora y no puede simplificarse en términos de responsabilidad política. Cada crisis económica profundiza las desigualdades y exacerba las condiciones de vida de quienes ya están en la marginalidad. Y esto es evidente en las calles de Buenos Aires, donde cada vez se ve más gente viviendo en condiciones desesperantes. Esta situación no es nueva, pero las medidas iniciales del gobierno, como el ajuste y el endurecimiento de algunas políticas, han contribuido a extremar estas realidades en el corto plazo.
El verdadero desafío no es simplemente reducir la pobreza, sino recrear un circuito económico virtuoso que permita que la Argentina crezca de manera sostenida y con inclusión. Este camino, como bien sabe el gobierno, será largo y tortuoso, y no se resolverá de un día para el otro.
Un rumbo económico claro pero difícil
A pesar de las dificultades, el gobierno de Javier Milei y su equipo económico, encabezado por Luis Caputo, no han cedido ni un milímetro en su convicción de que la única forma de estabilizar la economía es manteniendo un férreo control del déficit fiscal. En un país donde cada cinco minutos cambian las reglas del juego y el banquito parece siempre a punto de caerse, mantenerse en este rumbo es una muestra de una decisión política sólida.
Milei ha sido claro: "El cepo se terminará cuando la inflación sea 0%". Este compromiso no es simplemente un eslogan, sino que está basado en cálculos precisos del equipo económico. El presidente, junto a Caputo y el jefe del Banco Central, Santiago Bausili, manejan un programa económico que ha inducido una inflación del 1,5% al 2%, pero están convencidos de que ese porcentaje es manejable en el marco de su plan de estabilización.
Lo que muchos no comprenden es que el gobierno no está prometiendo una inflación cero como un fin en sí mismo, sino como una condición para levantar el cepo de manera segura. El equipo económico tiene claro que levantar el cepo prematuramente podría desatar una nueva crisis, y es por eso que se están tomando los recaudos necesarios para que, cuando se haga, sea bajo condiciones controladas.