El 29 de febrero simboliza las enfermedades raras. Más que una efeméride, es un llamado a acortar la "odisea diagnóstica" mediante ciencia, datos e IA.
Bióloga especializada en genética egresada de la UDELAR y MBA de Boston University
La Tierra demora 365 días y casi 6 horas en dar la vuelta al sol, de modo que, al 31 de diciembre, normalmente nos “sobra” casi un cuarto de día. Los romanos ya se habían percatado de este desajuste y, durante el mando de Julio César, tomaron una decisión pragmática: acumular ese excedente y cada cuatro años sumar un día extra. Así nació el año bisiesto, actualmente reflejado en el 29 de febrero, un día que solo ocurre cada cuatro años. Este día es el más infrecuente o “raro” del año, y por esta razón fue elegido símbolo del Día Mundial de las Enfermedades Raras, que en años bisiestos cae el 29, mientras que, en los años comunes, como este, se conmemora el 28 de febrero.
Existe, sin embargo, una paradoja con relación a las enfermedades raras: las llamamos raras, pero las padecen más de 350 millones de personas en todo el mundo. En otras palabras, más de 100 veces la población de Uruguay convive con una de estas condiciones a nivel global, y al menos la mitad son niños. Localmente, se estiman rangos de 100 mil- 200 mil y 1,5 - 2,5 millones de afectados para Uruguay y Argentina, respectivamente. Son entonces raras en su frecuencia individual, pero masivas en cuanto a su impacto colectivo, y sin embargo el sistema sigue organizado para aquellas patologías que ocurren con más frecuencia.
Mi primer contacto con la Genética fue al comenzar mi carrera en Ciencias Biológicas en la Facultad de Ciencias de la UDELAR. Mi experiencia posterior en el Hospital de Niños de Nueva Orleans, EE. UU., amplió mi perspectiva de cómo pensar la ciencia. Allí corroboré que el conocimiento por sí solo no llega a los pacientes: necesita rutas y personas que construyan puentes entre los investigadores y los pacientes. Esta constatación me llevó a mudarme a Boston, capital emergente de la Biotecnología, y complementar mis estudios con una maestría en administración. Mi sueño era incorporarme a Genzyme, entonces una biotecnológica pionera en enfermedades raras, hoy parte de Sanofi. Felizmente pude cumplir ese sueño y trabajar bajo el liderazgo de Henri Termeer, quien, guiado por un fuerte sentido de propósito, fue el primero en apostar por un modelo verdaderamente global para estas enfermedades. Si bien inicialmente el modelo fue recibido con escepticismo, con el paso del tiempo otros laboratorios imitaron, tanto el foco terapéutico en este tipo de patología como su inclusividad geográfica, particularmente en America Latina.
Hoy en día, y pese a enormes avances tecnológicos, sigo viendo repetirse lo que observé en aquellos años en Genzyme: el mayor obstáculo para los pacientes con enfermedades raras no siempre es la ausencia de una terapia, sino la ausencia de un diagnóstico. En el mundo de las enfermedades raras existe un concepto que se repite como un mantra: la "odisea diagnóstica". El camino hasta llegar a un diagnóstico demora, en promedio, entre cinco y siete años, y lejos de ser una espera pasiva, implica una seguidilla de consultas con neurólogos, cardiólogos y otro sinfín de especialidades médicas. El paciente, sus cuidadores o los padres, en el caso de los niños, deben narrar la misma historia desde cero frente a distintos médicos, instituciones y financiadores, mientras se van acumulando estudios, hospitalizaciones y diagnósticos parciales que no atacan la causa real.
En la Facultad de Medicina se enseña una consigna que, probabilísticamente, tiene sentido: "Cuando oigas cascos, piensa en caballos, no en cebras". El problema con este enfoque es que existe un subconjunto de pacientes donde la que galopa es la cebra y cuando el sistema no tiene mecanismos para reconocerla esos pacientes quedan atrapados en el circuito del caballo durante años, incluso décadas, recibiendo diagnósticos parciales y tratamientos que por definición no atacan la causa de base. El diagnóstico casi nunca se destraba con una sola pieza sino cuando alguien logra integrar clínica, laboratorios, imágenes, antecedentes familiares y evolución en una narrativa coherente. Los ateneos clínicos, esas instancias donde el rompecabezas se mira completo, suelen ser el momento en que alguien finalmente da en la tecla, no por magia, sino porque por fin hay un equipo interactuando y analizando toda la información disponible al mismo tiempo. El problema radica en que estos “momentos eureka” no ocurren para todos los pacientes, estimándose que más de la mitad puede permanecer sin diagnóstico definitivo. Por otro lado, factores tales como el lugar donde vive el paciente, el acceso a genética clínica y la calidad del circuito asistencial suelen influir decisivamente en esa probabilidad. Quienes no llegan terminan siendo, en la práctica, víctimas de un sistema que funciona para lo frecuente y se vuelve errático ante la excepción.
La geografía, una forma de desigualdad
Hay algo que llevo años observando y que pocas veces se nombra con claridad en el ámbito de la salud: la geografía del conocimiento es también una forma de desigualdad. Históricamente, la investigación en enfermedades raras se concentró en el hemisferio norte, sobre todo en Estados Unidos, y aunque eso no significa que en nuestra región no haya capacidad, sí implica que los pacientes y los clínicos de Sudamérica han quedado con frecuencia fuera de las redes donde ese conocimiento se genera, se valida y se actualiza. La brecha, sin embargo, viene cambiando: tanto Argentina como Uruguay cuentan con un altísimo nivel de formación médica, presencia de asociaciones de pacientes con voz propia y un marco regulatorio alineado con estándares globales. En el caso de Argentina, y apalancándose en su gran tamaño poblacional de casi 50 millones de habitantes, se ha logrado una buena participación de estudios clínicos internacionales, incluyendo aquellos para enfermedades raras, aprovechando redes globales que incluyen a sus múltiples centros de excelencia.
En ese contexto, herramientas surgidas recientemente como popEVE, desarrollada por la Escuela de Medicina de Harvard, y AlphaGenome, de Google DeepMind, combinan genómica e inteligencia artificial para mejorar la interpretación de variantes genéticas y acortar la odisea diagnóstica. Dicho en términos simples, ayudan a distinguir qué cambios en el ADN de un paciente son relevantes desde el punto de vista clínico y cuáles no, un paso crítico en el camino hacia un diagnóstico. Para que estas herramientas funcionen bien en poblaciones sudamericanas, sin embargo, necesitan apoyarse en datos generados por esas mismas poblaciones. Como el genoma no es universal, variantes que en bases de datos construidas mayoritariamente sobre población europea podrían interpretarse como “sospechosas” pueden resultar simplemente neutras, variaciones sin consecuencias negativas, en nuestras poblaciones. Contribuir datos locales no es un gesto político sino una condición para que la promesa de la genómica llegue en forma efectiva a nuestros pacientes.
Logo dia de enfermedades raras
Logo del Día Mundial de las Enfermedades Raras
Herramientas como popEVE y AlphaGenome son parte de la respuesta, pero no la respuesta completa. Su potencial se realiza solamente si el ecosistema que las rodea también se fortalece: los datos que las nutren, los clínicos que las interpretan y los sistemas que permiten actuar sobre sus resultados.
Por eso, más que una efeméride, el 28 de febrero debería funcionar como un recordatorio de lo que aún queda por profundizar: fortalecer las redes existentes, mejorar los circuitos de derivación, lograr una integración real de la información clínica dispersa entre cuidadores, instituciones y especialistas, y ampliar el acceso a la genética clínica y a los centros con experiencia real, de modo que el diagnóstico deje de ser un privilegio distribuido de manera desigual según el código postal del paciente. En medicina, el diagnóstico es el mapa del tesoro, y para el 29 de febrero de 2028, próximo Día Mundial "realmente raro" en año bisiesto, ojalá más pacientes cebra tengan ya ese mapa en la mano.