21 de mayo 2026 - 11:42hs

El recuerdo electoral todavía está fresco. Fue apenas hace apenas seis meses, el clima que se respiraba en las filas de La Libertad Avanza era de una euforia casi utópica. En octubre del año pasado, las discusiones de pasillo no giraban en torno a cómo estirar las reservas o cómo contener el descontento social, sino en cuántos períodos consecutivos gobernaría la nueva fuerza: se debatía con total soltura si el proyecto se extendería hasta 2031 o 2035. Javier Milei corría solo, arrasaba en las provincias y conquistaba bastiones históricos como Córdoba, Santa Fe y la provincia de Buenos Aires.

El reflejo de esa época de vacas gordas y abrazos sentidos quedó inmortalizado en un tuit del vocero Manuel Adorni, quien subió una foto junto a Patricia Bullrich bajo la leyenda "Adorni-Bullrich 2031". El tiroteo por el armado electoral y por la derrota en las elecciones de la provincia de Buenos Aires parecían ser solo un mal recuerdo. Las heridas parecían cerradas. Pero en política lo definitivo dura poco.

Hoy, ese escenario de camaradería y optimismo parece una postal de otra era. Aquellos que ayer se abrazaban para las cámaras hoy se matan en privado y en público. En solo un semestre, la mesa se dio vuelta por completo para el oficialismo. La pax libertaria estalló en mil pedazos y adelantó el fragor de la batalla por las listas de cara al 2027. Y, se sabe, la previa electoral para la política argentina es una guerra que tiene sus propias reglas.

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En ese marco, quienes minimizan los cruces en las redes sociales como simples berrinches digitales cometen un error de diagnóstico severo. No asistimos a una mera escaramuza de Twitter; presenciamos la primera disputa a cielo abierto entre las dos grandes tribus que habitan los cimientos del Gobierno. Por un lado, el "aparato" político tradicional, comandado por el tándem que componen Karina Milei y Martín Menem. Del otro, Santiago Caputo, las autodenominadas "Fuerzas del Cielo" y la militancia digital de la primera hora.

Si el Frente de Todos atomizó su gestión a través de la batalla entre el albertismo y el kirchnerismo, esta administración ofrece la versión blue -la segunda marca- de esa misma guerra intestina. Es la interna la que traba el día a día de la gestión estatal.

La guerra oficialista

El detonante que expuso las fracturas del bloque oficialista, que no son novedad, ocurrió cuando Santiago Caputo y su mano derecha, Manu Vidal, detectaron una anomalía en el ecosistema digital. Una cuenta de Twitter dedicada a hostigarlos linkeaba de forma directa a la cuenta oficial de Instagram del presidente de la Cámara de Diputados, Martín Menem. Ante este hallazgo, los estrategas de la comunicación oficial tenían dos caminos: encapsular la crisis y resolverla puertas adentro, o exponer el conflicto públicamente sin avisar a los hermanos Milei.

Optaron por lo segundo: iniciaron la guerra pública y sin preaviso. La reacción de Caputo fue rápida y violenta. Calificó de "gagá" a su interlocutor y luego trató de "mogólicos" a Menem y a su equipo de trabajo. Los rastreos en las redes apuntan a la cuenta "Periodista Rufus", un perfil que administra alguien con acceso directo al entorno del presidente de la Cámara baja.

En los pasillos de la Casa Rosada señalan con el dedo a un nuevo y fiel colaborador de Menem, de apellido Robles. El escándalo salpica de forma directa al riojano: o maneja la cuenta o es el responsable político de sus movimientos. Las esquirlas de esta batalla abrieron una grieta profunda que alimenta sospechas de todo tipo. Por un lado, la cuenta ligada al menemismo sugirió que sabía de antemano que Juan Bautista Mahiques asumiría como ministro de Justicia.

Por el otro, Caputo devolvió el golpe al replicar publicaciones sobre "consumos postergados", una velada acusación de corrupción hacia el clan Menem. La agresividad escaló a tal punto que el asesor estrella lanzó advertencias crípticas sobre defender el proyecto de Milei "del que sea". ¿Acaso planea defender el proyecto de la propia Karina Milei, o incluso del mismísimo presidente? Frente a esta andanada de ataques, el ala de Menem optó por el silencio absoluto.

La interna crece

La interna escala y derrama sobre la gestión. La parálisis gubernamental se manifiesta en tres niveles críticos: en la comunicación, en la economía y en la gestión.

Para ponerlo claro, en términos de comunicación el denominado "Caso Adorni" erosiona la credibilidad del relato oficial. Por su parte, en el aspecto económico, el ministro Luis "Toto" Caputo enfrenta un panorama complejo que lo muestra con un recorte de 2,5 billones de pesos de un presupuesto que recién arranca su camino y con una inflación que ya acumula el total de los proyectado en la ley de leyes para el 2026.

A esto hay que sumarle las caídas severas en la actividad, el deterioro del consumo, la pérdida de empleos y el cierre de empresas. En tanto, en la gestión, las peleas cotidianas entre el sector de Karina y el de Santiago Caputo congelan las decisiones administrativas esenciales.

Javier Milei, sin gestión ni relato

Así las cosas, en solo seis meses, Javier Milei se quedó sin gestión y sin relato. La guerra interna venía en pleno desarrollo desde el día posterior a las elecciones, cuando Karina Milei avanzó con el objetivo de quedarse con todo. La hermana presidencial barrió la influencia de Caputo en el Gabinete y absorbió el Ministerio de Justicia.

Si el "Adornigate" -con su festival de viajes, propiedades y cascadas- no hubiese explotado, ella habría avanzado también sobre el control de la SIDE y de la AFIP. Destinos que todavía tiene en la mira.

Pero como en toda batalla hay dos bandos y cuando uno ataca el otro responde. En ese marco, el ala de Caputo no se quedó quieta, utilizó los resortes que aún conserva. El Ministerio de Salud, bajo la conducción de Mario Lugones, presentó de forma estratégica un informe que detalla sobreprecios obscenos en la ANDIS, la caja que manejaba Diego Spagnuolo, recordado por los polémicos audios del "tres por ciento".

El juego de Bullrich

En medio de este río revuelto emerge la figura de Patricia Bullrich. La exministra de Seguridad y actual jefe de bloque del Senado representa un problema para el núcleo duro libertario por una razón elemental: es la única figura del espacio, además de Karina Milei, que ostenta un plan de poder propio, un proyecto de Gobierno y una estructura política.

Bullrich diseñaba su plan presidencial cuando Javier Milei todavía atendía en un escritorio solitario de la Corporación América. Esta densidad política explica por qué nunca se ganó la confianza ni el afecto de la hermana del presidente. Sin embargo, Karina se encuentra atada de pies y manos frente a ella. Es la clásica pulseada entre una novata y una experta de la supervivencia política.

Si el Gobierno decide desplazar a Bullrich, arrastraría consigo al exministro de Defensa Luis Petri -más que posible candidato en Mendoza- y rompería los puentes con la docena de diputados del PRO que dieron el salto para sostener las leyes que el Ejecutivo manda al Congreso.

El discurso de Bullrich descansa sobre dos pilares: la seguridad y la transparencia. Cuando el escándalo de Adorni dinamitó el eje de la transparencia, la ministra le planteó el problema a Milei. Ante la falta de respuestas del mandatario, Bullrich recurrió a las pantallas de televisión e hizo estallar la bomba al exigir públicamente las declaraciones juradas de los funcionarios.

No es una táctica nueva; aplicó la misma medicina contra José Luis Espert en 2025, con un éxito notable. La reacción presidencial combinó furia y desautorización. Primero llegó el descrédito público mediante un llamado a los gritos a la señal LN+, y luego sobrevino un duro reproche interno durante la reunión de Gabinete, tal como relató el periodista Santiago Fioriti.

En esa turbulencia que azota el barco del oficialismo la sorpresa radicó en los dirigentes que se alinearon con la postura de la presidenta del bloque oficialista del Senado. Guillermo Francos coincidió de manera exacta con Bullrich al afirmar que sería sano que Adorni presente sus documentos. En la Casa Rosada se preguntan si esto constituye una mera casualidad o un nado sincronizado que incorpora a Francos al proyecto de poder bullrichista.

Mauricio Macri, expectante

Por su parte, Mauricio Macri, que aparece vigoroso, se sumó con voracidad a la contienda. El expresidente reactivó sus terminales con el círculo rojo, dio por terminada su relación personal con Milei y concentra su obsesión en neutralizar a Bullrich. A través de las redes del PRO, Macri difunde sus dardos institucionales.

En ese marco, el mensaje fue claro y sencillo: "Acompañar el cambio no es aplaudir todo. Mucho menos, aplaudir lo que está mal". Mientras planifica su gira federal bajo la consigna del "Próximo paso", el entorno del expresidente evalúa los límites de esta acumulación política. Incluso dentro del PRO aseguran que Cristian Ritondo tuvo que desactivar el pedido de Macri para que su bloque acompañe le pedido de interpelación a Adorni.

El Congreso y el cálculo silencioso del peronismo

Mientras el oficialismo se desangra en batallas tuiteras y ministeriales, las alarmas reales deberían encenderse en el Parlamento. La oposición comenzó a coordinar sus movimientos legislativos con una sintonía que evoca los peores días de 2025. Si bien el oficialismo logró desactivar el movimiento el último miércoles, el peligro sigue latente.

El movimiento está claro. Bloques de la izquierda, la CC-ARI, el sector de Nicolás Massot, radicales y peronistas federales -a los que luego se sumó en masa el kirchnerismo- convocaron a una sesión clave, que por ahora fracaso pero que la oposición volverá a intentar. El temario que pretenden imponer representa una verdadera bomba de tiempo para Balcarce 50: la interpelación a Adorni, la vigencia del plan Remediar por ley, modificaciones en licencias laborales y una batería de proyectos destinados a paliar el endeudamiento de las familias.

¿Qué postura adoptarán los gobernadores en este nuevo esquema? Las provincias sufrieron un recorte brutal de recursos y fondos para obra pública. Con la recaudación nacional hundida y las arcas provinciales en situación dramática, el pacto de gobernabilidad y la tregua fiscal tambalean de forma definitiva.

En la vereda de enfrente, el peronismo exhibe una calma que obedece exclusivamente al silencio absoluto de Cristina Fernández de Kirchner. Sin audios esporádicos y con las visitas restringidas en San José, la expresidenta no publica en sus redes desde el pasado 27 de marzo.

Se terminaron los cruces directos con Milei; rige un estricto silenzio stampa. En el universo justicialista repiten una máxima histórica: "Cuando Cristina habla, ordena a los propios; cuando calla, ordena a todos". Sin embargo, debajo de esa superficie congelada, la interna peronista arde. Axel Kicillof y Fernández de Kirchner llevan meses sin hablarse, y los canales de comunicación entre sus delegados están rotos.

Máximo Kirchner protagonizó cruces severos con la CGT, al punto que dirigentes históricos como Juan Manuel Olmos salieron a marcarle la cancha de forma pública: "Si esperamos que Máximo Kirchner sea Cristina o Néstor Kirchner, tenemos un problema de expectativas".

El gobernador bonaerense camina el territorio, teje alianzas y gestiona sin enviar señales hacia el Instituto Patria, sabe que el kirchnerismo duro le pasará la factura en cuanto tenga la oportunidad. La gran diferencia de este escenario respecto a ciclos anteriores radica en una realidad irreversible: por primera vez, Cristina Kirchner se encuentra imposibilitada de ser candidata debido a su situación judicial.

Sin su nombre en la boleta, el peso de su dedo pierde fuerza de cara al cierre de listas. Ella definió las candidaturas clave en 2017, ungió a Alberto Fernández en 2019, habilitó las concesiones de 2021 y terminó por cerrar el acuerdo con Sergio Massa en 2023. En 2025 su plan contemplaba el regreso a las urnas, pero la condena truncó esa posibilidad. El peronismo enfrenta un desafío inédito: aprender a confeccionar sus listas sin la lapicera final de Cristina Kirchner, una gimnasia política que olvidó hace ya más de veinte años.

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