27 de abril 2026 - 16:54hs

Javier Milei retuitea una foto de la periodista Luciana Geuna vestida como se visten los presos norteamericanos, de naranja y esposada. Alguien quiere a la periodista presa. Otro arenga con un "se viene". Y otra vez la foto. Las redes arden. Y esa imagen deseada por algunos libertarios en su manifestación más absurda aparece legitimada nada más y nada menos por quien ostenta la primera magistratura de la Nación.

Las respuestas del presidente Javier Milei son cada vez más desmesuradas. Desproporcionadas.

"Forzamiento violento de los límites republicanos." Así denomina esta etapa del mileísmo el hombre que integró el tribunal que juzgó a la dictadura y presidente del Colegio Público de la Abogacía, Ricardo Gil Lavedra. Y esa violencia no se circunscribe al ámbito de las redes.

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Milei desalojó de la sala de prensa de la Casa Rosada a todos y cada uno de los periodistas acreditados. La sede de la presidencia se convirtió en una zona liberada.

El argumento es pueril. Entendiendo que el programa de Luciana Geuna en TN pudo haber tenido la intención de espiar de manera ilegal un ámbito de gobierno, decide someter a todos los periodistas a la misma sanción disciplinaria. De manera absoluta, arbitraria y por tiempo indeterminado.

El gobierno denunció al programa de televisión en cuestión. Y si tiene fundadas sospechas del presunto espionaje, está bien que sea la justicia quien investigue el hecho. Podría la Casa Militar o el presidente haber suspendido la acreditación del periodista que, dicen, obró de manera ilegal. ¿Cómo explica que el resto de los medios hayan quedado afuera? Hay un apagón informativo en la Rosada más que funcional a un gobierno que no quiere incomodar al jefe de Gabinete Manuel Adorni con preguntas sobre su patrimonio y, de paso, evita que los colegas se crucen en los pasillos con uno de los dos bandos en pugna dentro del espacio libertario. Que ni el caputismo ni el karinismo den más letra a esta interna a cielo abierto que se da dentro del debilitado triángulo de hierro.

Milei también reposteó hoy desde su cuenta de X un mensaje que sostiene que la Argentina no necesita una sala de prensa en la Casa Rosada. Es obvio: sin los periodistas acreditados, y con ellos, sin el periodismo político, el país no solo no se enteraría de los principales actos de gobierno, sino que habrían quedado ocultos numerosos escándalos de corrupción.

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El presidente que no quiere saber que preside una república

Pero lo que subyace detrás de la trama del espionaje ilegal es más profundo que un "no odiamos lo suficiente a los periodistas". Hay un presidente que no sabe, o no quiere después de dos años de mandato anoticiarse, que preside una república donde impera la división de poderes. Donde ni el presidente ni nadie tiene el poder absoluto de nada. Donde por mucho que lo desee no está dentro de su competencia que la expresidenta Cristina Fernández de Kirchner, condenada por la causa vialidad y con prisión domiciliaria, continúe detenida. Porque así lo cree y así lo dijo. "Le puedo asegurar que esto es la venganza de que soy el primer presidente que tomó la decisión de que vaya presa", insistía ante la mirada de Luis Majul, que lo entrevistaba. O en la inauguración del 144.° período de sesiones ordinarias insistió: "va a seguir presa". En sintonía con su deseo de ver a Geuna con traje de presidiaria de película yanki.

A menos que en algún momento de esta agitada agenda libertaria se haya decretado estado de sitio y, por falta de vocero, no se haya comunicado, bajo ningún concepto el presidente puede disponer de la libertad de las personas. Nunca jamás. Salvo esa excepción donde quedan suspendidas todas las garantías constitucionales. ¿No lo sabe?

La democracia no está en riesgo. Las instituciones gozan de buena salud y los mecanismos institucionales están al alcance de la mano para ser utilizados. Aun así, no hay que dar nada por sentado. El gobierno juega al límite, pero con el reglamento de la Constitución. Aunque el presidente exprese deseos autocráticos cada tanto, su legitimidad de origen no puede ser cuestionada. Aunque cada tanto deban recordarle los ordenamientos más básicos de un sistema democrático. Como, por ejemplo, que no puede meter preso a nadie y que los fallos judiciales, aunque no le gusten y los cuestione horadando la ya baja credibilidad de la justicia, están para cumplirse.

Puede patalear, jurar que de aplicarse las leyes de financiamiento universitario y discapacidad implosiona el déficit cero, enviar nuevamente las leyes que ya fueron aprobadas, vetadas y ratificadas con nuevos nombres para ganar tiempo. Sí que puede. De hecho, lo hace.

Y otra vez se olvida, o lo sabe perfectamente y no le importa: es el primero que tiene que dar el ejemplo. Ya ni hablamos de las formas. Esa es una batalla sin sentido. Es de fondo. Si el presidente no es el primero en acatar las decisiones de uno de los poderes que le ponen límites, entonces ¿qué queda para el resto?

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