Bajo esa doble dinámica, la transición energética deja de ser solo una cuestión ambiental y pasa a jugarse en el terreno de la geopolítica y el control de recursos estratégicos.
En ese marco, los datos de 2025 muestran tanto un avance histórico como los límites del modelo que lo impulsa.
El récord renovable
El 2026 arranca con un dato que parece marcar un punto de inflexión en el sistema energético global. Según el último informe global de electricidad de Ember, por primera vez en este siglo, el crecimiento de la electricidad limpia fue suficiente para cubrir toda la nueva demanda de energía a nivel mundial, evitando un aumento en la generación a partir de combustibles fósiles.
El impulso vino, principalmente, de la energía solar. Solo en 2025, la generación solar creció un 30% y aportó el 75% del aumento de la demanda eléctrica global, consolidándose como el motor dominante del cambio en el sistema energético.
En conjunto, la electricidad de bajas emisiones aumentó en 887 TWh, superando el crecimiento de la demanda, que fue de 849 TWh. Como resultado, la generación con combustibles fósiles se mantuvo prácticamente estable e incluso registró una leve caída del 0,2%, un fenómeno poco frecuente en lo que va del siglo.
El hito es aún más significativo en términos estructurales: en 2025, las energías renovables superaron al carbón por primera vez en la historia moderna, alcanzando el 33,8% de la generación eléctrica global, frente al 33,0% del carbón.
¿Transición o acumulación energética?
Sin embargo, que la electricidad limpia haya logrado contener el crecimiento de los fósiles no implica necesariamente que el sistema esté transitando hacia un reemplazo estructural.
Este tipo de dinámica es leída por la especialista Aleida Azamar, profesora investigadora de la Universidad Autónoma Metropolitana, México y vicepresidenta de la sociedad mesoamericana y del Caribe de economía ecológica, como parte de un proceso más amplio. Según plantea, el proceso actual no responde a una sustitución energética sino a una acumulación: “no estamos sustituyendo el petróleo o el carbón a gran escala; lo que estamos haciendo es sumar nuevas capas de energía renovable sobre una base de consumo fósil que sigue siendo enorme y que no deja de crecer”.
En este esquema, la expansión renovable no reduce el sistema anterior, sino que lo amplía. La lógica responde a un modelo que “prioriza mantener el ritmo de la producción industrial por encima de las capacidades ambientales del planeta”, donde la transición “se vuelve engañosa si solo significa añadir más fuentes de energía para alimentar una demanda que parece no tener techo”.
El problema, según advierte, no es solo energético sino material. La construcción de paneles solares, turbinas eólicas y baterías depende de minerales finitos, en algunos casos “tan limitados o más que los combustibles fósiles”.
Esto introduce una tensión estructural: se intenta resolver una crisis de límites con una lógica que los ignora. Bajo el actual patrón de consumo, “no habrá suficientes materiales en la corteza terrestre para cubrir la demanda”.
En este contexto, la idea de que la tecnología permitirá sortear cualquier restricción material, como si los recursos pudieran expandirse al ritmo de la demanda, aparece como una extensión de la misma lógica que impulsa el problema.
La expansión de energías limpias se sostiene, así, sobre una expectativa de crecimiento continuo que no necesariamente se condice con las capacidades del sistema natural. Desde esta perspectiva, una transición efectiva no se limita a sustituir tecnologías, sino que implicaría cambios más profundos en la forma en que se organiza la demanda de energía, no solo en su origen sino también en su escala.
El resultado es un desfasaje creciente entre expansión energética y disponibilidad material, que configura un “cuello de botella geológico y social”.
El motor oculto: ¿clima o defensa militar?
En ese contexto de expansión sin sustitución y de límites materiales, la competencia por los minerales críticos adquiere una dimensión estratégica. Azamar sostiene que la dinámica actual “se mueve más por la brújula del poder militar que por una preocupación genuina por el clima”.
Estos materiales son “el corazón de la tecnología bélica moderna”, indispensables para sistemas de defensa, satélites y desarrollo tecnológico, lo que convierte su control en una prioridad de seguridad nacional. En ese marco, la transición energética “funciona como un envoltorio para una lucha geopolítica tradicional por los recursos”.
Julio Burdman, docente e investigador en la Universidad de Buenos Aires y la Universidad de la Defensa Nacional, coincide en este punto. Explica que Estados Unidos otorga carácter estratégico a estos minerales por sus “usos compartidos en la industria tecnológica y en el aparato de defensa”, y porque son “claves para el desarrollo militar de las próximas décadas”. Además, destaca que muchos de estos insumos son “prácticamente irremplazables”, lo que refuerza su centralidad en la competencia internacional.
El problema no es solo el acceso a los minerales, sino el control de su procesamiento. “El verdadero cuello de botella no está en la mina, sino en lo que sucede después”.
El refinamiento de estos materiales requiere capacidades industriales complejas que hoy están altamente concentradas. China no solo lidera la extracción, sino que domina el procesamiento, lo que le otorga una ventaja estructural en la cadena de valor.
El resultado es una dependencia difícil de revertir: incluso con recursos disponibles, países como Estados Unidos enfrentan limitaciones para transformarlos en insumos estratégicos. En este esquema, quien controla el procesamiento tiene en sus manos la capacidad de condicionar el desarrollo tecnológico y militar de otros países.
¿Aceleración o reconfiguración geopolítica?
La disputa por los minerales críticos se inscribe en un contexto más amplio de reconfiguración de la seguridad energética global.
China, hoy es el actor central en esta dinámica, arrastra una vulnerabilidad estructural: desde que se convirtió en importador neto de energía en los años 90, su dependencia de Medio Oriente y de rutas marítimas como el estrecho de Malaca ha sido vista como un riesgo estratégico. Para reducir esa exposición, Beijing avanzó en múltiples frentes. Desarrolló oleoductos terrestres desde Asia Central, Rusia y Myanmar, diversificó proveedores, con Rusia como principal abastecedor tras la invasión a Ucrania, y aceleró el despliegue de energías renovables y vehículos eléctricos, apoyado en su dominio de las cadenas de suministro de minerales críticos.
Sin embargo, esta transformación convive con continuidades estructurales. China mantiene su dependencia del carbón y sigue explorando petróleo y gas, mientras conserva una alta exposición externa: importa cerca del 70% de su petróleo y el 40% de su gas.
Al mismo tiempo, Beijing consolidó una posición dominante en la cadena de valor: concentra cerca del 70% de la refinación de minerales estratégicos a nivel global y en 2025 impuso restricciones a la exportación de tierras raras y componentes de baterías, generando interrupciones en industrias occidentales.
Frente a este escenario, Estados Unidos busca reposicionarse. Según Julio Burdman, esta estrategia se enmarca en la competencia con China y apunta a asegurar el acceso a recursos estratégicos, especialmente en el hemisferio occidental.
Ese movimiento ya se traduce en operaciones concretas. La empresa estadounidense USA Rare Earth anunció la compra de la brasileña Serra Verde por unos 2.800 millones de dólares, en una operación definida como “estratégica” para construir un líder global en tierras raras.
El activo es clave: Serra Verde es el único productor a gran escala fuera de Asia de elementos magnéticos esenciales para industrias como vehículos eléctricos, energía eólica, robótica e inteligencia artificial.
La operación se da en un contexto más amplio de avance estadounidense en la región. Washington ya había invertido al menos 600 millones de dólares en proyectos vinculados a tierras raras en Brasil y busca ampliar asociaciones para diversificar su suministro, en medio de tensiones con China.
En paralelo, toma forma la idea de una “OTAN de los minerales críticos”: un esquema de coordinación para garantizar el suministro y reducir la dependencia de Beijing, tratando estos recursos como una cuestión de seguridad nacional.
Este giro se da en un contexto de redefinición más amplia de la seguridad energética. Tras los conflictos internacionales el foco comienza a desplazarse desde la protección de rutas marítimas hacia el control de recursos internos, como el sol y el viento, menos expuestos a bloqueos geopolíticos.
En Europa, este cambio se aceleró tras la invasión de Ucrania, con el plan REPowerEU que llevó a que la energía limpia alcance cerca del 50% de la matriz eléctrica.
Embed - El Observador US on Instagram: " De Argentina a Venezuela: el mapa de minerales críticos que remodela la relación de América Latina con Estados Unidos América Latina se convirtió en el nuevo tablero de la guerra comercial por los minerales críticos. Con el objetivo de reducir el dominio de China y asegurar sus cadenas de suministro, la administración de Donald Trump comenzó el despliegue de una red de alianzas estratégicas con naciones clave de la región. Esta ofensiva diplomática busca capitalizar las vastas reservas locales para garantizar el acceso a componentes esenciales para el desarrollo tecnológico y militar. Deslizá para ver cómo queda el mapa"
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América Latina
Para América Latina, esto implica quedar en el centro de una disputa creciente. La región concentra recursos clave, pero enfrenta al mismo tiempo una presión cada vez mayor para alinear sus políticas con las necesidades de las potencias.
El riesgo es conocido: consolidar nuevamente un rol de proveedor de materias primas dentro de una competencia global donde las decisiones se toman fuera de la región y donde la capacidad de definir el propio desarrollo queda condicionada por esa dinámica.
En ese escenario, la transición energética deja de ser solo un proceso tecnológico o ambiental y pasa a convertirse en una disputa por poder, recursos y control del desarrollo en las próximas décadas.