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El 17 de junio de 1943, tras la asunción de un nuevo directorio en la Administración de las Usinas y Teléfonos del Estado, actualmente UTE, se advirtió que una de las necesidades fundamentales de la empresa pública era la centralización de las oficinas en un solo edificio “moderno y adecuado”. Hasta ese momento, según se señala en los archivos de la empresa, las oficinas del ente se encontraban dispersas en casas de familia en distintos puntos de la ciudad.

Con este cometido se creó una comisión para trabajar en el proyecto, que acordó que el lugar más adecuado para la obra era en la zona de Arroyo Seco, por su proximidad con las centrales Batlle y Ordóñez y Calcagno.

La licitación pública para la obra fue adjudicada finalmente el 3 de junio de 1946, por un monto total de $ 2.744.747 y el diseño estuvo a cargo del arquitecto uruguayo Román Fresnedo Siri.

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De esta manera, en ese mismo año se colocó la piedra fundamental del proyecto, con la presencia del presidente de la República de aquel momento, Juan José de Amézaga, el vicepresidente Alberto Guani, el intendente Juan Fabini y autoridades nacionales y departamentales de la época.

"El edificio fue concebido a modo de ser un exponente de la jerarquía de la institución y a la vez ser un aporte al progreso edilicio de la ciudad, planteando y resolviendo además, los múltiples aspectos urbanísticos que derivan de un edificio de esa importancia", sostuvo el arquitecto a cargo del proyecto en aquel momento, según datos de UTE.

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Otras fuentes, como investigaciones de la Facultad de Arquitectura de la ORT, señalan que la construcción buscaba representar un símbolo del progreso y el poder, capaz de atestiguar un momento particular de la historia uruguaya en el que el país atravesaría una nueva etapa reformista, similar a la del primer batllismo.

Una de las premisas para su construcción fue el empleo de mano de obra y materiales nacionales. Incluso artistas nacionales fueron llamados mediante concurso para realizar pinturas y relieves.

Inaugurado en 1952, el edificio cuenta con once pisos y su estructura evoca un lenguaje moderno y depurado, con elementos minimalistas y brutalistas, según datos de la ORT.

La construcción tiene además iluminación natural con ventanas que conectan la totalidad de la obra con el exterior, denotando una noción moderna de la arquitectura para el trabajo.

Para aquel momento el edificio poseía un estilo futurista, con puertas que se abrían sin tocarlas y aire acondicionado en toda la gigantesca estructura.

El proyecto original contemplaba que en torno al edificio se levantara un centro cívico, como parte de un plan urbanístico para impulsar la zona noroeste portuaria.

El Palacio de la Luz sería así parte central de esa idea y se conectaría con Agraciada a través de una avenida peatonal, con el objetivo de ampliar la perspectiva del edificio y darle mayor monumentalidad. Además, el plan incluía un rediseño integral del área.

Sin embargo, las limitaciones presupuestales hicieron que solo se construyera el Palacio, que además quedó con una altura menor a la prevista por su arquitecto.

De este modo, el edificio adoptó la forma de un gigantesco cubo, emplazado a pocos metros de la bahía y constituye hoy un elemento fundamental del skyline metropolitano.

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