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Emprendedores y especialistas de Iberoamérica contaron sus casos en un foro organizado por la Asociación de Jovenes Empresarios de Uruguay (AJE) y la Federación Iberoamericana de Jóvenes Empresarios (FIJE), donde la ciberseguridad, la biotecnología y la inteligencia artificial mostraron cómo las startups de la región salen al mundo.

Alejandro Melinsky, cofundador de Zula, presentó una plataforma de concientización gamificada en ciberseguridad, pensada para que las personas sean el primer escudo de defensa de una organización. La empresa nació en Buenos Aires pero con vocación regional desde el día uno.

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La decisión más fuerte que relató fue matar toda su suite de productos para quedarse con uno solo, el que más tracción tenía, y rebautizar la compañía.

Zula tiene más de 50 clientes desde Argentina hasta México, con Copa entre sus cuentas en Uruguay, y encara su primera ronda de inversión.

Melinsky insistió en que en seguridad la confianza es todo: "Si no te conocen, no te compran". Su consejo fue salir a hablar con todos, viajar a visitar clientes y construir relaciones antes que capital, participando en cámaras y eventos empresariales.

La segunda historia la trajo Laura Macció, bióloga uruguaya con tres patentes internacionales y CEO de metaBIX Biotech, reconocida en el World Food Forum de la FAO. Durante la pandemia desarrolló en cuatro meses un dispositivo de impresión 3D para monitorear virus, bacterias y parásitos en el aire.

Ese equipo se usó en frigoríficos para poder exportar carne a China y en ómnibus durante el pico de ómicron, la variante de covid que causó muchos contagios durante la pandemia. Pero Macció buscaba ir más allá: cerrar el gap entre detectar un patógeno y saber si efectivamente va a enfermar a los animales de una producción.

Así nació metaBIX, que hace biovigilancia ambiental: mide patógenos en el aire y, con ciencia de datos e inteligencia artificial, predice enfermedades en producción animal antes de que aparezcan los signos clínicos. Lo comercializa como software as a service y ya monitoreó más de 20 millones de animales.

Maccio contó su entrada a India, un mercado de casi 1.500 millones de personas, de la mano de un advisor colombiano y la empresa Sapiens. Allí monitorea granjas que producen más de 300 millones de aves al año. También opera en Brasil y avanza en Estados Unidos, en un mercado global que cifró en 180 billones de dólares.

Su aprendizaje más repetido fue sobre comunicación: durante años hizo mucho sin saber contarlo. Y sobre la entrada a Asia destacó la conexión humana: "A los asiáticos les gusta conocer primero a la persona y después el business", algo que dijo encajar con la forma de ser de los uruguayos.

El marco regional lo puso Esteban Campero, de la Secretaría General Iberoamericana (Segib), que recordó un dato crudo: los países latinoamericanos comercian entre sí apenas un 15%, frente al 40% de Europa y casi el 70% de Asia. El atraso, dijo, no se explica por falta de oportunidades sino por trabas y barreras.

Para revertirlo, Campero contó que junto al Consejo de Empresarios Iberoamericanos diseñaron cinco nodos en Bogotá, Ciudad de México, Madrid, San Pablo y Montevideo, con 90 multilatinas como Itaú, Telefónica, Iberia y Copa, además de un concurso de ideas que arranca en junio.

Inteligencia artificial y el factor humano

Elianne Elbaum, directora del laboratorio AI for Good de Microsoft en Uruguay, planteó la pregunta de fondo: para qué se usa la inteligencia artificial. Recordó que la humanidad genera hoy 583.000 millones de datos por día, lo mismo que produjo en los últimos 2.000 años, y que el costo de procesarlos se desplomó.

Elbaum fue clara con los modelos de lenguaje: son solo matemática. "No antropomorficemos la tecnología, no es nuestro psicólogo ni nuestro novio", dijo, y recordó que los sistemas alucinan porque se equivocan, aunque ya pasen exámenes como el bar exam o el de licencia médica en Estados Unidos.

Su laboratorio trabaja con 16 proyectos al año. Mostró dos casos: detección temprana de incendios forestales con imágenes satelitales —arden 4 millones de km² al año en el mundo— y mejora en la detección de cáncer de mama en mujeres con tejido mamario denso, donde la enfermedad es más difícil de ver.

La reflexión que dejó fue que la IA amplifica el impacto, pero el humano decide y crea. Usó la metáfora del pan del sándwich: la persona define qué se quiere hacer y controla si el sistema lo logró. Por eso pidió pensamiento crítico, autenticidad y supervisión de los agentes.

El factor humano también atravesó la charla de Brian Jaffe, fundador de WeCode, que recordó que el 80% de los chicos asocia la escuela con aburrimiento y estrés. Su propuesta es enseñar a programar a través de videojuegos, robots y apps que los niños quieran consumir, como si fuera un producto.

Desde Ecuador, Ana Cristina López repartió caramelos como broma sobre la "fórmula mágica" para conseguir seguidores y alcance en redes. Su mensaje fue directo: no hay pastilla, la audiencia se construye con confianza, trabajo y estrategia.

El cierre lo puso Álvaro Pérez, consultor de XLN, con su charla sobre experiencia del cliente. Su tesis es que toda relación comercial es human to human: aunque le vendas a una empresa, le vendés a personas, y las emociones pesan en la decisión de compra más de lo que se admite.

Pérez resumió la satisfacción en una fórmula: S = P − E, satisfacción igual a percepción menos expectativas. Recién hay valor cuando se supera lo esperado, como le pasó a él al recibir una toalla y agua tras correr en un hotel de Miami.

Con ejemplos del Ritz-Carlton y de Disney, sostuvo que esas experiencias no son magia sino procesos diseñados y una cultura donde el cliente está en el centro. Citó a Sam Walton —"hay un solo jefe, el cliente"— y advirtió que "los supuestos son las termitas de las relaciones".

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