La primera vez que Eduardo mencionó El contrabando ejemplar fue en el año 1997. Tomábamos café en un barcito espantoso que ya no existe, en la esquina de Santa Fe y Anchorena. Habían pasado unos meses desde la operación y él ya estaba más bien recuperado. Yo tenía dieciocho años, acababa de dejar de robar y no sabía si estudiar Letras o Historias. Como de costumbre, hablábamos de política. Debatíamos por enésima vez la pregunta del millón, la de Conversación en La Catedral. ¿Cuándo se jodió la Argentina? La primera vez que Eduardo mencionó El contrabando ejemplar fue en el año 1997. Tomábamos café en un barcito espantoso que ya no existe, en la esquina de Santa Fe y Anchorena. Habían pasado unos meses desde la operación y él ya estaba más bien recuperado. Yo tenía dieciocho años, acababa de dejar de robar y no sabía si estudiar Letras o Historias. Como de costumbre, hablábamos de política. Debatíamos por enésima vez la pregunta del millón, la de Conversación en La Catedral. ¿Cuándo se jodió la Argentina?

El párrafo resume bastante bien la cantidad abrumadora de proyectiles narrativos que dispara El contrabando ejemplar, la novela que le dio al escritor argentino Pablo Maurette el último Premio Herralde de novela, que entrega la editorial Anagrama. En ella caben multitudes de historias, personajes, corrientes y mitologías, que tratan de responder esa pregunta fundamental que asola al protagonista y a su autor: ¿Cuándo fue que Argentina se fue por el caño, si es que efectivamente lo hizo?

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Todo comienza con Pablo, un escritor fracasado que decide apropiarse de la novela inconclusa de su amigo Eduardo, un bon vivant que acaba de morir, y terminarla con su firma, algo que puede significarle el retorno a una especie de gloria literaria que, en realidad, jamás tuvo. Y con ese robo narrativo en el centro de su relato, esta fascinante y por momento delirante novela corre en forma simultánea por una Buenos Aires pestilente y embarrada del siglo XVII, y por una contemporaneidad que acumula huellas, miserias y ajustes de cuentas con ese pasado que va y viene, que moldea y desajusta la historia entera de una nación condenada desde su amanecer.

Sobre la historia que le dio el premio, la posteridad de la literatura y su vínculo con la idea de que esa pregunta madre es, en realidad, una pregunta que concierne a toda la humanidad, Maurette habló con El Observador durante una breve visita que hizo a Montevideo en los últimos días. Y esto es lo que dijo.

¿Te acordás cuándo fue que te hiciste la pregunta de “por qué está mal mi país"?

Creo que me pasó leyendo a Martínez Estrada, Radiografía de la Pampa. Es un texto de una violencia y una intensidad tremenda, muy crítico de cómo un país que podría haber sido una cosa terminó siendo otra. Me afectó mucho en el momento. Pero cuando empecé a escribir esta novela, para mí era evidente que la pregunta trascendía muchísimo a la Argentina. En Estados Unidos, donde vivo parte del año, Trump un poco ganó con esa consigna. Volvamos a ser lo que éramos, volvamos a ser grandes. Me interesó por eso la pregunta, y porque es una pregunta sin respuesta. Y es engañosa, porque preguntarse cuándo se jodió la Argentina es asumir que la Argentina se jodió. ¿Qué quiere decir que un país se jodió? ¿En comparación con qué o con quién? ¿En comparación con lo que quién creía que debía ser la Argentina? ¿Qué significa estar jodido? Hay mil respuestas, depende a quién le preguntes. Pero hay una tendencia en la gente, y acá voy a generalizar, de hacerse esta pregunta no sólo sobre su país sino sobre su propia vida. ¿Cuándo empezó el declive en mi pareja, en mi trabajo, en mi vocación? ¿Cuándo perdí las ganas? ¿Cuándo se me fue el entusiasmo? Creo que está muy presente en estas décadas que se pintan como décadas de desencanto. Siempre se dice que después de la Segunda Guerra Mundial hubo una oleada de optimismo y de fe en el progreso y en el futuro, y que de pronto en los últimos 20 años las clases medias de occidente se estancaron, se desencantaron y empezaron a pensar eso: ¿cuándo se fue todo al demonio? Por eso me interesó mucho más, no como pregunta argentina, sino como pregunta humana.

El protagonista, entre ellos, se lo pregunta sobre varias cosas. Una de ellas es sobre su carrera en la escritura.

Sí, se quedó sin ideas, no sabe qué escribir, no está conforme con lo que publicó. Y después está Eduardo, que también tuvo una crisis tremenda y se tiene que ir del país. De alguna manera se replica en todos los personajes esta pregunta, y una idea media como de pensamiento mágico de que si determinás el momento preciso en el que se jodió todo, quizás podés revertirlo.

¿Cómo fue el trabajo de fondo para hurgar en el paisaje y el trasfondo histórico que tiene la novela?

Siempre tuve claro que no iba a escribir una novela histórica, que no me tenía que documentar hasta el hartazgo, saber todo lo que había pasado. Pero sí leí bastante, siempre guiado por el interés personal, las cosas que no me interesaban no las leía y no las iba a incluir en la novela, precisamente porque no es una novela histórica.

De hecho, en un momento, un personaje dice que la mayoría de las novelas históricas son malas, con la excepción de Memoria de Adriano y un par más.

Sí, no soy un gran lector de novelas históricas. Las que me gustan son las que dejan volar la imaginación, pero sobre todo las novelas en las que la historia está al servicio de la ficción, y no al revés. Lo más importante es que es una novela, no historia. Y ese fue el principio que apliqué acá. Lo que me parecía que estaba bueno incluir porque le daba color a la ficción, porque daba para contar historias, lo incluía y lo que no, no. Y la suerte también es que hay muy poco material sobre la Buenos Aires del siglo XVII. Entonces eso te da mucha libertad para construir y para inventar voces, para rellenar esos espacios.

Durante la novela hay varias reflexiones sobre lo que implica escribir una. Por ejemplo: se lamentó de no haberla acometido antes cuando era joven y tenía fuerza. Hay una cuestión física de lo que implica la escritura de una novela presente en el texto. ¿Implica necesariamente una predisposición del cuerpo?

Yo lo creo. Es un enorme esfuerzo escribir una novela, no solo por una cuestión de extensión, de cantidad de palabras y de páginas, sino porque la novela es un mundo, y a diferencia del cuento, es un mundo siempre abierto. Es un mundo potencialmente infinito. Es decir, cada personaje puede ramificarse, cada historia puede multiplicarse, cada dirección puede convertirse en su propia novela, y en ese sentido es un género monstruoso. Tiene lugar para todo. El cuento, el buen cuento al menos, es un mundo cerrado. La novela es, por naturaleza, abierta y en ese sentido es que digo monstruosa. Está totalmente abierta al mundo y eso significa que el mundo la puede contaminar en todo momento.

Por ende, exige mucho control.

Requiere de estar muy metido en ese mundo. Si estás escribiendo una novela, estás inmerso en ese mundo. Y eso es desgastante.

También, por otro lado, hay un interés por dejar por escrito del acto de fe que significa escribir, aunque todo conspire contra la escritura. En un momento el protagonista se pregunta para qué escribe, si tarde o temprano el sol se va a tragar todo y no va a importar más. O cuando dice: se preguntó también si era necesario hacer lo que estaba haciendo, forzarse a hurgar en ese vacío. ¿Se trata de la recuperación del gesto inútil de la literatura?

Sí. Hay un momento en el Fedón de Platón, cuando se cuenta la muerte de Sócrates, en donde está por tomar la cicuta en 10 minutos y está con una flauta. Le preguntan qué hace con esa flauta y Sócrates dice que está tratando de aprenderse una canción que no se sabe. Le dicen "pero te vas a morir en 10 minutos". Y él dice "sí, bueno, pero no me la sé". Tiene un poco de eso la literatura. Uno se olvida de que invariablemente va a quedar en el olvido tarde o temprano. Como va a quedar en el olvido o va a ser destruido Homero y La odisea. Por ahora resiste después de más de dos mil años, pero el destino de todo es esa destrucción final y total. Entonces, el hecho de producir arte que no sirve para nada en el sentido práctico y pragmático, es un acto de fe.

¿Vos te encontrás pensando en el tiempo de existencia de las cosas que producís?

Sí, pero lo pienso con todo, no solo con lo que escribo. Me divierte pensar o tratar de pensar de manera extemporánea. Eso también aparece mucho en el libro. ¿Qué era lo que había en el edificio en el que crecí hace 400 años o hace mil? ¿Qué había ahí? Me encanta esa idea de que el espacio exacto existía. Y me encanta pensar que este libro me va a sobrevivir. De hecho, este en particular, como ganó el premio Herralde, por una cuestión meramente numérica se imprimen unos 25.000 ejemplares y por ende hay una gran chance de que haya ejemplares cuando yo esté muerto dando vueltas por ahí. Me encanta esa idea. Qué queden en un depósito, en una librería de viejo. Por ahí nadie lo lee nunca más, pero están ahí.

¿Cómo es escribir sobre la Argentina estando lejos de ella?

Para mí es la única manera de escribir sobre Argentina. Estoy seguro de que si viviera ahí, no escribiría sobre ella. Escribiría sobre otras cosas, porque siempre me atrae lo que está lejos, lo que no tengo a mano, lo que ya no es mío. Me fui de hace 22 años y mis tres novelas son sobre Argentina. Por un lado, Buenos Aires es lo más familiar para mí y cuando voy, no te digo toda la ciudad porque es enorme, pero en ciertos barrios donde crecí tengo flashes de recuerdos por todos lados. Y a la vez, cada año que pasa, la ciudad, la gente, la manera de hablar es siempre un poquito más extraña. Soy siempre un poco más extranjero. Hace poco un taxista me preguntó de dónde era. El hablante nativo cuando está en su ciudad es muy sensible al habla. Inmediatamente percibís una pequeña diferencia que te hace entender que el otro no es de ahí. Y lo que pasó es que mi manera de hablar se quedó cristalizada hace 22 años, cuando me fui.

Otro gesto literario que aparece en la novela es la apropiación. O el plagio, lisa y llanamente. ¿Qué pasa con ese concepto en esta época de valorización extrema de lo original?

La obsesión con la originalidad tiene sentido y, de hecho, es bastante joven la historia de la literatura, porque nace con la impresión a nivel masivo, los derechos de autor, y todo eso es muy reciente. La literatura existe hace miles de años y en general se entendió siempre como un acto de contar cuentos que te contaron. Un acto de repetición. Y a mí me parece mucho más razonable, saludable y mucho más sabio entenderla así. Cada palabra que usamos tiene su historia. La heredamos y la usamos, en general, copiando cosas que escuchamos, modos de decir, sentidos. Cómo uno combina esas cosas es lo que hace la diferencia. Los grandes escritores combinan las palabras heredadas, las frases, los lugares comunes, los personajes y las historias de manera muy particular, muy efectiva. Yo creo que si hay que hablar de originalidad es eso: cómo combinás lo que te han dado, pero no una creación de la nada o un acto de posesión. Eso de "esta idea es mía".

Que es muy propio de esta época. Y es una conversación que hemos vuelto a poner delante sobre todo a partir de la proliferación de inteligencias artificiales, y esta contraposición de lo nuevo frente a lo procesado que se genera.

Creo que se va a volver cada vez más difícil de determinar eso. Pensá en todo lo que ves en internet, los gifs, los memes. ¿Quién los creó? Nadie sabe. No hay autor. Es como la sabiduría popular, el ingenio popular. Por ahí hay una vuelta a ese anonimato, paradójicamente. Y la idea de autoría fuerte se vuelve un poco anticuada.

El personaje de Eduardo, en un momento, elige vivir la vida frente a dedicarse a su novela. Se lee: El arte en general compite con la vida y pierde siempre. En algún punto, elegir escribir es renunciar a un montón de cosas también, ¿no? Pero es una elección muy popular.

Mucha gente elige escribir. No sé si toda la gente que elige escribir ama escribir. O necesita escribir. O simplemente quiere escribir. O las tres cosas a la vez. Pero la escritura es tiempo. Entonces, el lugar donde uno pone su tiempo no miente. Si estás poniendo mucho tiempo en algo, por algo será. Cada hora que te pasás escribiendo es una hora que podrías haber estado, no sé, hablando con alguien, o tocando el piano, o saliendo a correr, o haciendo pesas. Uno elige en qué invertir su tiempo. Y la escritura es una inversión de tiempo muy rara. El lenguaje es algo que compartimos todos, todos lo usamos, y hay gente que lo usa de otra manera, que lo usa para perdurar, o porque quiere la gloria, o porque quiere ganar plata...

¿Y vos tenés claro por qué elegís entregar el tiempo a la escritura?

Desde que tengo uso de razón, lo hago. Nunca me planteé el para qué. Siempre lo hice. Durante mucho tiempo lo hice sin ninguna verdadera ilusión de mostrar lo que escribía. Y en un momento, poco a poco, empecé a mostrar y empecé a publicar. De hecho, durante muchísimos años supe que era lo que quería ser, pero no lo decía. Y también siempre me costó un poco presentarme como escritor. Incluso ahora me suena un poco raro. No sé por qué. Pero es lo que hice siempre y es lo que sé que voy a hacer siempre. Pase lo que pase, y pase lo que pase con los libros. Aunque los lea mucha gente o no los lea nadie, yo sé que siempre los voy a escribir.

De hecho, ahí vamos a otro fragmento del libro que tiene que ver con eso: Era una duda que me asolaba de verdad. Y lo sigo pensando. Existiendo Tolstoi, existiendo Melville, ¿quién va a elegir invertir su precioso tiempo en leer estas menudencias? Eduardo respondió: Lo estás pensando mal. Es al revés. Hay cinco mil millones de personas en el mundo. Estadísticamente hablando, es imposible que no haya lectores que apreciarían lo que escribís. Aunque sean un 0,00001%, ahí están, esperando tus cuentos sin saberlo. En ellos tenés que pensar, no en todos los demás.

Durante muchos años pensé precisamente eso, ¿a quién le puede interesar leer algo que escriba yo? Pero aún así yo seguí escribiendo. Por eso te digo, creo que es una manera de relacionarse con el lenguaje y los que tenemos esa manera de relacionarnos con el lenguaje creo que no lo elegimos. Uno lo hace o no lo hace.

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